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Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

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viernes, 10 de febrero de 2017

Empatía


"Ser civilizado no significa que se tengan estudios superiores, sino que se sabe reconocer la plena humanidad de los otros, aunque sean diferentes" 


Tzvetan Todorov 





"Cada uno de nosotros es un extranjero en potencia" - Tzvetan Todorov



Tzvetan Todorov, ensayista y filósofo fallecido este 7 de Febrero de 2.017   , nacionalizado francés tras huir de la Bulgaria comunista, ganó el Príncipe de Asturias en 2008.

"El extranjero no solo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia", dijo el recientemente.

El ensayista franco-búlgaro pronunció estas  palabras durante el discurso de agradecimiento del Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, premio que ganó en 2008. Siguen vigentes para quienes observamos desde el lado amable las crisis migratorias actuales que enfrentan Europa y Estados Unidos.

"Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización", afirmaba Todorov en el Teatro Campoamor de Oviedo al recibir el galardón. Lo hizo ante los que eran en ese momento los príncipes de Asturias, Felipe de Borbón y Letizia Ortiz.

Todorov (Sofía, 1939) se trasladó a Francia huyendo de la Bulgaria comunista y obtuvo la nacionalidad gala en 1973. Su condición de exiliado marcó su obra. Las reflexiones acerca de cómo el hombre se comporta ante el que considera extranjero son una constante en títulos como Nosotros y los otros (1989), El miedo a los bárbaros (2008) y La conquista de América, la cuestión del otro (1982).

Su autobiografía El hombre desplazado ofrece un punto de vista personal sobre este asunto, al que dedicó el discurso en el Príncipe de Asturias, que ahora revive con motivo de su fallecimiento y que sigue de plena vigencia en estos días.

"Ser civilizado no significa que se tengan estudios superiores, sino que se sabe reconocer la plena humanidad de los otros, aunque sean diferentes", decía el filósofo y lingüista en 2012, en uno de los artículos que publicó en El PAÍS en la última década.

Este es el discurso de Tzvetan Todorov durante la entrega del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008>


Antes de la época contemporánea, el mundo jamás había sido escenario de una circulación tan intensa de los pueblos que lo habitan, ni de tantos encuentros entre ciudadanos de países diferentes. Las razones de tales movimientos de pueblos e individuos son múltiples. La celeridad de las comunicaciones incrementa el prestigio de los artistas y de los sabios, de los deportistas y de los militantes por la paz y la justicia, poniéndolos al alcance de los hombres de todos los continentes. La actual rapidez y facilidad de los viajes invita hoy a los habitantes de los países ricos a practicar un turismo de masas. La globalización de la economía, por su parte, obliga a sus elites a estar presentes en todos los rincones del planeta y a los obreros a desplazarse allá donde puedan encontrar trabajo. La población de los países pobres intenta por todos los medios acceder a lo que considera el paraíso de los países industrializados, en busca de unas condiciones de vida dignas. Otros huyen de la violencia que asola sus países: guerras, dictaduras, persecuciones, actos terroristas. A todas esas razones que motivan los desplazamientos de las poblaciones se han sumado, desde hace algunos años, los efectos del calentamiento climático, de las sequías y de los ciclones que este conlleva. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, por cada centímetro de elevación del nivel de los océanos, habrá un millón de desplazados en el mundo. El siglo XXI se presenta como aquel en el que numerosos hombres y mujeres deberán abandonar su país de origen y adoptar, provisional o permanentemente, el estatus de extranjero.
Todos los países establecen diferencias entre sus ciudadanos y aquellos que no lo son, es decir, justamente, los extranjeros. No gozan de los mismos derechos, ni tienen los mismos deberes. Los extranjeros tienen el deber de someterse a las leyes del país en el que viven, aunque no participen en la gestión del mismo. Las leyes, por otra parte, no lo dicen todo: en el marco que definen, caben los miles de actos y gestos cotidianos que determinan el sabor que va a tener la existencia. Los habitantes de un país siempre tratarán a sus allegados con más atención y amor que a los desconocidos. Sin embargo, estos no dejan de ser hombres y mujeres como los demás. Les alientan las mismas ambiciones y padecen las mismas carencias; sólo que, en mayor medida que los primeros, son presa del desamparo y nos lanzan llamadas de auxilio. Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia.
Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. Pero nosotros, que hoy recibimos este gran honor, tenemos la responsabilidad de dar un paso hacia un poco más de civilización.

Fuente>Diario El País (España) – 8 de Febrero de 2.017

miércoles, 8 de febrero de 2017

Libro > La conquista de América-El problema del otro de Tzvetan Todorov:


Escrito> EUGENIO SÁNCHEZ BRAVO

Tzvetan Todorov: La conquista de América. El problema del otro. Flora Botton Burlá (tr.) 1ª ed. 1982. Madrid: Siglo XXI, 2009.
Reedición de este libro clásico de Tzvetan Todorov, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2008. Todorov nació en Bulgaria en 1939. En 1963 huyó a Francia para estudiar con Barthes y escapar del totalitarismo comunista. Durante los años sesenta y setenta, su obra gira en torno a la difusión de los formalistas rusos, la filosofía del lenguaje y la crítica literaria. En los ochenta da un giro hacia la historia, predominando los estudios sobre la conquista de América y los campos de concentración, tragedias que comparten entre sí “el problema del otro”. A lo largo de los noventa destacan sus textos sobre el pensamiento ilustrado: Rousseau, Benjamin Constant y otros. Actualmente es profesor y director del Centro de Investigaciones sobre las Artes y el Lenguaje, en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de París.El libro está dedicado a la memoria de una mujer maya devorada por los perros. Ya contaba Frazer en La rama dorada que en algunas culturas existe la creencia de que si el hombre va a la guerra y su mujer no le es fiel podría causarle la muerte. Por querer salvar a su marido y no poder complacer sexualmente a los españoles fue hecha “aperrear”. Doble tragedia: ser india y ser mujer.

La conquista de América se divide en cuatro interesantísimos capítulos:
 1. “Descubrir”, acerca de Colón,
 2. “Conquistar”, en torno a Cortés,
 3. “Amar”, sobre el debate de Valladolid en 1550 entre Sepúlveda y Las Casas y
 4. “Conocer”, del mestizaje de culturas.

Acerca de Colón, Todorov nos revela que su motivación principal en el descubrimiento de América era conseguir oro suficiente para iniciar de nuevo las Cruzadas y recuperar Jerusalén. Paradójicamente, los ideales del hombre que abriría las puertas del mundo moderno eran absolutamente medievales. Otra faceta más moderna de Colón era la pasión por descubrir, por conocer, sin otro fin que el conocimiento mismo. En lo que toca a los indios pasa de un primer momento en el que ve posible su evangelización y asimilación a considerarlos caníbales que no merecían otro trato que el de esclavos. Termina refiriéndose a ellos como a cabezas de ganado: 
“Envié a una casa que es de la parte del río del Poniente, y trujeron siete cabezas de mujeres entre chicas e grandes y tres niños. (Diario, 12-11-1492)”
En cuanto a las hazañas de Cortés la primera pregunta que cualquiera se plantea es cómo fue posible que con unos pocos cientos de hombres lograse apoderarse del imperio azteca de Moctezuma, que disponía de cientos de miles de guerreros. La respuesta ha de incluir necesariamente diversos factores entre los cuales no ha de contarse la superioridad armamentística pues la efectividad de caballos y arcabuces era muy limitada:
·  Cortés aprovechó las disensiones internas entre los distintos pueblos indígenas de México. Entre los Tlaxcaltecas, tiranizados por los aztecas, Cortés apareció como un liberador. Su apoyo a Cortés los convirtió en “los verdaderos amos del país en el siglo posterior a la conquista”.

·  Al contrario que los estadounidenses en su reciente invasión de Irak, Cortés no desmanteló las instituciones del Imperio, sino que las aprovechó para consolidar su dominio. Por ejemplo, respeta siempre los lugares de culto y se limita a sustituir las imágenes.

· La sociedad azteca era una sociedad demasiado ritualizada donde todo tenía que encajar en un plan previsto. Cortés, por el contrario, se caracterizaba por su capacidad para la improvisación y la adaptación. Así, en cuanto tuvo conocimiento del mito de Quetzalcóatl se hizo pasar por el dios retornado. Mientras leemos la descripción que realiza Todorov del mundo azteca no podemos dejar de pensar en la sociedad ideal descrita por Platón en La República donde la tradición y el ritual dominan todos los aspectos de la vida. Ese Estado ideal que Platón pensaba indestructible se mostró en la historia real como un gigante con pies de barro.

·         La reacción ante el otro que tuvieron los españoles fue bastante ventajosa pues no dudaron en considerar a los indígenas bárbaros e inferiores. Los aztecas, en cambio, no supieron encajar a los conquistadores más que en el papel de dioses.

·         Una de las desventajas más curiosas de los aztecas es su incapacidad para disimular la verdad. Todorov afirma que los aztecas estaban menos desarrollados en el plano semiótico, simbólico. Sus gritos de guerra, en lugar de atemorizar a los españoles, les advierten de su situación, y los adornos de los jefes no asustan, sino que revelan su condición y los convierten en objetivos fáciles.
· El fundamentalismo religioso está a favor de los conquistadores. Los aztecas se ofrecieron desde el primer momento a incorporar al dios cristiano entre los demás de sus panteones. Sin embargo, los españoles insistían en que era el dios único y verdadero. “La intransigencia siempre ha vencido a la tolerancia” (p. 115).

· La ventaja esencial de Cortés consistió en la importancia que dio a comprender la lengua y la historia de los indios. Desde el primer momento Cortés se rodeó de intérpretes sin los cuales su triunfo no habría sido posible. Destaca entre ellos la Malinche o Doña Marina, amante de Cortés y traductora azteca.

·  Cortés supo explotar desde el principio su gusto por las acciones espectaculares. Aunque los trabucos no marcasen ninguna diferencia militar, el espectáculo de luz y sonido que pone en escena atemoriza verdaderamente a los guerreros aztecas. En definitiva, si el lenguaje puede tener dos funciones, la verdad y la manipulación del otro, podemos decir que los aztecas estaban anclados en la primera y Cortés era un experto en la segunda.

El tercer capítulo, “Amar“, comienza con el siguiente tópico: ¿por qué el esfuerzo de Cortés por comprender la civilización azteca viene aparejado con la conquista y la destrucción de dicha civilización? ¿Es posible romper esta cadena comprender-tomar-destruir? El problema es que la comprensión de Cortés no es tal pues es incapaz otorgar al otro el papel de sujeto equiparable con el yo que los concibe. Los españoles hablan mucho de los indios, con frecuencia bien, pero nunca los indios.
La incapacidad de los españoles para aceptar la diferencia, para comprender al otro tendrá unas consecuencias catastróficas, un auténtico genocidio. De los 80 millones que habitaban el continente americano quedan 10 a mediados del siglo XVI. De los 25 millones que vivían en México en 1600 sólo queda un millón. ¿Cuáles fueron las causas de este exterminio? Durante siglos los españoles han intentado relativizar la leyenda negra de la conquista atribuyendo el papel principal en la muerte de los indios a las epidemias o a la dureza de los trabajos en las minas. Pero, con todo, es necesario poner de manifiesto la violencia y crueldad sin igual de los conquistadores: se echaba a los niños a los perros delante de sus madres, se afilaban las espadas pasando a cuchillo a pueblos enteros, se torturaba y esclavizaba a los indios de un modo inhumano. El ansia de oro no explica suficientemente esta explosión de barbarie.

Cabe hablar de un choque entre sociedades con sacrificio y sociedades con matanza, representadas por los aztecas y los españoles del s. XVI. El sacrificio es un homicidio ritual. La matanza revela la descomposición de los valores morales de una sociedad. Aprovechando la lejanía se practica la violencia pero sin sentido ni ritual alguno. “uno blande el sable por el gusto de hacerlo, corta la nariz, la lengua y el sexo del indio” por gusto, por placer. Los españoles adelantan de este modo la violencia característica de las guerras del siglo XX.
¿Cuáles fueron las justificaciones teóricas para la conquista de América? Las ideas más relevantes al respecto fueron enunciadas por Francisco de Vitoria, teólogo y jurista de la Universidad de Salamanca, considerado el fundador del Derecho Internacional. Vitoria elimina de entre las causas de guerra justa la evangelización a sangre y fuego y la superioridad natural de un pueblo sobre otro. Elabora, en cambio, una teoría de la guerra justa que busca legitimar la conquista de América en nombre de la protección de los inocentes contra la tiranía de los jefes indígenas o de sus leyes “como son las que ordenan sacrificios de hombres inocentes o permiten la matanza de hombres exentos de culpa para comer sus carnes” (p. 160) Abre aquí la puerta a la posibilidad de imponer el bien a otros pueblos. Sin quererlo, está proporcionando una base legal para las guerras de colonización.
La discusión sobre la legitimidad de la conquista de América y el trato dado a los indios alcanzará su punto culminante en el debate organizado en Valladolid en 1550 entre Sepúlveda Las Casas.
Según Sepúlveda la guerra contra los indios es legítima porque son inferiores por naturaleza, son caníbales, llevan a cabo sacrificios humanos y es necesario convertirlos a la fe cristiana. Sepúlveda se niega a otorgar a los indios la condición de humanos: además de lo ya dicho entierran vivas a las esposas junto a sus maridos, van desnudos, no tienen bestias de carga…
Todos estos rasgos apuntan, según Todorov, a un atraso en el plano de lo simbólico. Un ejemplo: era típico entre los aztecas tomar a un esclavo, tratarlo como a un dios durante meses, para luego sacrificarlo, comerlo y vestir su piel. El problema está en que no hay separación entre el símbolo y lo simbolizado, sólo hay participación e identificación. Esto le permite decir a Todorov que los españoles no sólo estaban más “avanzados” (p. 172) técnicamente sino también simbólicamente y que esta es la diferencia clave. Tómese esto en el sentido de que las sociedades con escritura son más “avanzadas” que las sociedades sin escritura.
Las Casas, al contrario que Sepúlveda, admite desde el principio a los indios como iguales. En lugar de inspirarse en las teorías de la desigualdad natural de Aristóteles toma como referencia la igualdad de todos los hombres predicada por Cristo en el Evangelio. Sin embargo, esta igualdad proyectada por Las Casas le impide aceptar al indio en su diferencia. Al igual que Colón, Las Casas en un principio ve en los indios sólo lo que quiere ver: mansos, sinceros, pacíficos, humildes, etc. Paradójicamente, el racismo de Sepúlveda le permite dar una descripción etnográfica de los indios más realista que el igualitarismo de Las Casas. Las Casas defiende la anexión de los indios, pero no con soldados, sino con sacerdotes, no con violencia sino con la palabra. Sin embargo, esto conduce a otra paradoja: para impedir el canibalismo se puede castigar a los indios con la hoguera.
A modo de conclusión sobre el debate de Valladolid, Todorov considera que es posible establecer un criterio para distinguir si la injerencia de un Estado en los asuntos de otro es legítima o no. Si es propuesta en lugar de impuesta por las armas puede estar justificada. En este caso se sustituye la conquista y la destrucción por la comunicación, por el respeto al otro en su diferencia.
El último capítulo, “Conocer“, está dedicado, entre otras cosas, a la evolución del pensamiento de Las Casas. Pasa del asimilacionismo de su juventud a un relativismo muy avanzado en su vejez. Intenta justificar incluso las prácticas caníbales de los aztecas, argumentando que también entre los europeos se han dado casos cuando hay necesidad. Este relativismo moral tiene un paralelo en el universo infinito y descentrado de Giordano Bruno.
Otros que también se esforzaron por comprender a los indios fueron:
 1. Vasco de Quiroga, que vio a los indios superiores a sus conquistadores y fundó para ellos colonias semejantes a la propuesta por Tomás Moro en Utopía.
 2. Cabeza de Vaca, a quien debemos la Relación de las cosas de Yucatán, el documento más importante para conocer la historia de los mayas.
 3.Durán, el que más profundamente estudió la religión azteca y fue consciente del sincretismo en que se estaba transformando el cristianismo en México.
 4. Bernardino de Sahagún, a quien debemos las primeras investigaciones etnográficas en las que se otorga la palabra a la lengua indígena.  



En el epílogo Todorov habla sobre la profecía de Las Casas. Aventuraba el monje que los europeos habrían de pagar todas las tropelías cometidas en América. Parece que el catastrófico siglo XX fue el cumplimiento de sus presagios.
En cualquier caso, Todorov concluye que la conquista fue posible gracias a la superioridad semiótica de los europeos, a su habilidad para entender a los otros. Esta habilidad fue utilizada por Cortés para meterse en la piel de los aztecas, comprenderlos y, a continuación, dominarlos. Sin embargo, también puede ser usada para “vivir la diferencia en la igualdad”. Esto lo consiguió, por ejemplo, Las Casas, quien logra amar y estimar a los indios no en función de su propio ideal sino del de ellos. Es este el camino que debe tomar esa superioridad semiótica de la que habla Todorov.
ACCESO AL LIBRO
https://cloudup.com/ceTRLHyL__O
Fuentes
aula de filosofia de eugenio sanchez bravo
https://auladefilosofia.net/2010/09/22/tzvetan-todorov-la-conquista-de-america/
plataforma sociologica