Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.
Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.
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lunes, 8 de diciembre de 2025
Misiones Jesuíticas del Guayrá
El 8 de diciembre de 1609 el gobernador Hernandarias impulsa el desarrollo de la las Misiones Jesuíticas del Guayrá con indios guaraníes. Los indígenas guaraníes fueron reducidos en grupos por la Compañía de Jesús, desde el año 1550, con las llamadas misiones o reducciones jesuíticas, adoptando junto con las enseñanzas del Evangelio, hábitos de trabajo e ideas de organización social. Llegaron a la provincia de Misiones (Argentina), desde la región de la Guayrá, territorio comprendido por los ríos Iguazú, Paraná y Tieté y la línea del Tratado de Tordesillas -área oeste del actual estado brasileño de Paraná- que formaba parte de la Gobernación del Río de la Plata y del Paraguay hasta su división en 1617 cuando quedó incluida en la Gobernación del Paraguay.
El 8 de diciembre de 1609, con instrucciones del jesuita Diego de Torres Bollo y el gobernador Hernandarias, salieron a la región los padres José Cataldino y Simón Masseta. En 1610 fundaron la reducción de Nuestra Señora de Loreto, en la confluencia de los ríos Pirapó y Paranapanema, que devino en el centro de las Misiones Jesuíticas del Guayrá, base para la fundación de otras reducciones en la región. En 1612 unos 50 km. al este se crea a reducción de San Ignacio Miní. El éxito inicial entusiasmó a las autoridades que establecieron nuevas misiones, en las cercanías de los principales ríos de la región (Tibagi, Ivaí y Piquiri). Pero, en 1627 se iniciaron las invasiones de los bandeirantes que capturaban nativos para venderlos como esclavos en las haciendas; para 1631 habían destruido nueve pueblos y capturado 60.000 indígenas.
Los sobrevivientes se concentraron en las dos misiones que permanecían sin atacar (Loreto y San Ignacio Miní). A fines de 1631 se produce el éxodo guayreño, un traslado épico de más de 12.000 guaraníes hasta la provincia de Misiones en Argentina. Tres días después de la salida, las dos misiones fueron destruidas.
Dirigidos por el sacerdote jesuita Antonio Ruiz de Montoya (Perú, 1585 - 1652) debieron recorrer cerca de 1000 km, la penosa travesía -solo llegó un tercio del contingente inicial- finalizó en 1632 con la refundación de las reducciones a orillas del arroyo Yabeviry e incorporadas a las Misiones del Paraná y Uruguay.
Nuevas migraciones concentraron e la actividad misionera a lo largo de las márgenes de los Ríos Paraná y Uruguay, y se consolidaron 30 pueblos organizados con más de 100.000 Guaraníes, con sus yerbatales, algodonales y estancias.
La autoridad máxima era el cabildo compuesto por caciques. Los curas eran los administradores de bienes y atendían lo concerniente a lo espiritual, económico, cultural y social. Les respetaban a los guaraníes su organización familiar, sus fiestas indígenas, etc.
A cada familia indígena se le otorgaba una parcela de tierra para el cultivo que era denominada abá-mbaé o "propiedad del indio", la explotación de la misma era controlada por los misioneros quienes vigilaban que los indios sembrasen y cosechasen sus productos. La casa del cacique era igual a las otras, pero estaba ubicada en un lugar privilegiado.
Los jesuitas establecieron los talleres, donde enseñaron a los guaraníes una serie de oficios: carpintería, fabricación de vajilla, hornos para cocer tierra, fundición de metales, tejeduría de algodón, confección de sombreros, instrumentos musicales.
En uno de los extremos de la plaza, estaba el rollo. Las cárceles eran muy raras en las misiones. Aquél que faltaba a la ley, se lo colgaba del rollo para ser castigado en forma pública. Este monumento presente y a la vista de todos era el símbolo de la justicia y la vergüenza pública. Aquél que había violado de alguna forma alguna de las normas, era atado y azotado en público. Luego debía arrepentirse y pedir perdón.
Dentro de las misiones había un orden comunitario, sin riquezas ni lujos, donde todos trabajaban y consumían por igual. Los guaraníes estaban exentos de prestar servicio personal a los encomenderos y por lo tanto debían pagar tributo a la Corona. Como este pago debía hacerse en metálico y en las reducciones no existía el dinero, había que elaborar el producto que se pudiera vender en el mercado. Es así como nace la industria de la yerba mate y por su calidad, llegó a conocerse no solo en España, sino en Chile, Méjico, Perú y Portugal.
Escribe en 1774 José Sánchez: "Los españoles no quitan los palillos de las ramas, sino que con las hojas los quebrantan y mezclan, por eso su yerba se llama con palos, y no es muy estimada. Los guaraníes, muelen solamente sus hojas. Esta es la yerba Caamiri tan afamada." Un dato curioso: los guaraníes, usaban el agua fría, son los españoles quienes la sirvieron con agua caliente. Dentro de las misiones reinó una organización comunitaria en orden. Este funcionamiento comenzó a competir con el sistema aristocrático propio de la corona española que decidió expulsar a los jesuitas de todos sus territorios en 1767 cuando el Rey Carlos III de España, firmó el Decreto de expulsión, pero recién se ejecutó en las Misiones en 1768. A partir de allí comienza una decadencia lenta. San Ignacio Miní sobrevivió hasta que fue parcialmente destruido, como otros pueblos, durante las guerras de fronteras por las tropas paraguayas.
San Cosme y Damián
Fundada en 1632 por el Padre Adriano Fornoso, sus habitantes tuvieron que trasladarse cuatro veces, hasta que en el año 1760 se ubica definitivamente al norte del Paraná, donde se encuentra actualmente (cercana a la ciudad de Encarnación, Paraguay).
Fue el principal centro astronómico de América del Sur.
El Padre Buenaventura Suárez inició desde 1.703 trabajos y estudios sobre astronomía. Ayudado por los indígenas construyó telescopios, cuadrantes y un reloj de sol, que aunque rudimentarios eran exactos en su funcionamiento, realizando con ellos trabajos de investigación que fueron dados a conocer en Europa, causando asombro en la universidad de Upsala (Suecia). De aquel centro científico hoy queda un reloj de sol que asombra por su exactitud.
Fuentes:
#efemerides #historia
miércoles, 17 de septiembre de 2025
Los jesuitas: el imperio invisible que nació en la selva y murió en la política
Escrito por Roerto Arnaiz
27 de Agosto de 2025
Imagínese usted, amigo, una orden de hombres que juraban obediencia ciega, castidad y pobreza, y que en vez de esconderse tras los muros húmedos de un convento, decidieron lanzarse a los pantanos, a las selvas oscuras donde el aire se mastica y el mosquito pica hasta al sol, donde la fiebre amarilla derriba cuerpos como hojas podridas en un zanjón. Eso fueron los jesuitas. No buscaban el oro en pepitas, ni la gloria en los uniformes. Eran soldados de otra guerra: la del alma.
Hijos de Ignacio de Loyola, un vasco testarudo como una mula de montaña, que tras ser herido en Pamplona cambió la espada por el crucifijo, y en 1540 convenció al Papa de fundar la Compañía de Jesús. No era una orden cualquiera: era un ejército sin cañones, disciplinado como legión romana, con un lema que todavía suena como un latigazo en los oídos: Ad maiorem Dei gloriam, “para la mayor gloria de Dios”. Pero detrás de esa frase, tan limpia y solemne, había una maquinaria precisa de poder, estrategia y obediencia absoluta. Su táctica no era tomar fortalezas, sino fundar colegios; no levantar trincheras, sino dirigir conciencias; no dominar tierras con armas, sino con rezos y la astucia del saber.
Y América fue su gran laboratorio. Llegaron a fines del siglo XVI, cuando la colonización española ya había cubierto de sangre los caminos del continente. Desde México hasta el Río de la Plata, los conquistadores habían dejado tras de sí pueblos deshechos, idolatrías arrasadas, minas convertidas en tumbas y encomenderos que exprimían cuerpos como si fueran limones. En ese escenario de látigo y codicia, los jesuitas inventaron otro camino: las Misiones. No eran perfectas, pero eran distintas. Allí no reinaba el encomendero con su látigo, sino el cura con su campana. Y en esas campanas comienza una historia que todavía hoy, entre ruinas rojas y selvas devoradoras, resuena como una leyenda interrumpida.
El experimento de las Misiones
Entre los ríos Paraná y Uruguay levantaron un mundo que parecía salido de una utopía barroca en medio de la selva. Fundaron más de treinta pueblos que tenían plaza central, iglesia monumental, chacras fértiles, talleres de carpintería y herrerías donde los martillos sonaban como un coro metálico contra el silencio verde del monte. En las cocinas olía a pan recién horneado, a mandioca cocida, a maíz tostado, mientras en la plaza retumbaban los tambores guaraníes mezclados con violines construidos en los mismos talleres de las reducciones. Imagine usted la paradoja: órganos europeos resonando entre chicharras y sapos, coros en guaraní que parecían competir con el rugido de la selva.
Los guaraníes, que hasta entonces habían sido perseguidos como ganado por encomenderos y bandeirantes, se convirtieron en protagonistas de un orden distinto. Aprendieron técnicas de cultivo, a trabajar la madera y el hierro, a leer partituras y tocar música que hasta en Roma envidiarían. Eran campesinos y artesanos, pero también músicos, impresores y soldados. El indio, tantas veces reducido a bestia de carga en la economía colonial, se transformaba en un sujeto nuevo: ciudadano de una república cristiana que no figuraba en los mapas.
No era, sin embargo, un paraíso ingenuo. Cada campana que sonaba al alba recordaba que allí la vida era orden y disciplina. El día estaba pautado: rezar, trabajar, almorzar, ensayar cantos, dormir. Nadie vivía para sí, todos vivían para la comunidad. La libertad individual era un lujo enterrado bajo las piedras de la plaza. Pero frente al infierno del encomendero, que azotaba hasta la muerte para sacar oro o algodón, las Misiones eran un respiro. Allí el látigo estaba prohibido. Allí nadie podía vender a su hermano. Allí la tierra no tenía dueño privado: pertenecía a todos.
Por eso los guaraníes defendieron esas aldeas con una ferocidad inesperada. Cuando los portugueses del Brasil, los bandeirantes, entraban a cazar esclavos, se encontraron con pueblos que sabían disparar mosquetes, organizar escuadras y hasta resistir con cañones. En más de una ocasión, esas milicias indígenas, entrenadas por los propios jesuitas, pusieron en fuga a los cazadores de carne humana. Fue entonces cuando en Madrid se encendieron las alarmas: indios armados, indios disciplinados, indios que obedecían más a sotanas negras que al Rey. Un ejército invisible se estaba gestando en la frontera, y los que mandaban en la península empezaban a sospechar que las campanas de las reducciones no solo llamaban a misa: también podían estar anunciando el nacimiento de un poder paralelo.
La magnitud de un imperio invisible
Aquí conviene detenerse en la dimensión de lo que lograron. A mediados del siglo XVIII, en las reducciones jesuíticas vivían entre 140.000 y 150.000 guaraníes organizados en más de treinta pueblos. ¿Y cuántos vivían en Buenos Aires, la capital del virreinato? Apenas unos 30.000 habitantes. El contraste es brutal: las Misiones tenían más población que la ciudad que presumía ser el centro del poder.
Y si abrimos el foco todavía más, encontramos un dato que revuelve la conciencia: cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata en 1776, se estimaba que todo su territorio, desde el Alto Perú hasta la Patagonia, contaba con alrededor de 400.000 a 500.000 habitantes. Es decir, casi un tercio de toda la población del virreinato estaba bajo la órbita de las reducciones jesuíticas. Una paradoja de hierro: el corazón político era más pequeño que el experimento religioso levantado en la selva.
La economía de esas comunidades era tan poderosa como disciplinada. Yerba mate, algodón, tabaco, cueros, tejidos, madera. Producían vino, pólvora, imágenes religiosas, instrumentos musicales. Se fabricaban violines, se tallaban retablos, se imprimían libros en guaraní y en castellano. Era un mundo que respiraba barroco y sudor indígena. Todo bajo un sistema comunitario: nadie era dueño individual, los excedentes se acumulaban en un fondo común.
Pero la riqueza no quedaba encerrada en la selva. Los jesuitas habían entendido algo que los comerciantes criollos aprendían a golpes: sin mercado, la producción se pudre. Por eso establecieron en Buenos Aires procuradurías, oficinas comerciales donde sus representantes manejaban la contabilidad, organizaban el embarque de yerba y cueros, compraban herramientas y colocaban sus productos en los puertos del Atlántico. Era como si hubieran montado un ministerio paralelo con su propia contaduría, en pleno centro porteño. Durante más de 160 años, desde la fundación de San Ignacio Guazú en 1609 hasta la expulsión en 1767, esa maquinaria funcionó como un reloj.
Mientras en Buenos Aires los comerciantes lloraban por el contrabando portugués y peleaban por migajas de importación, las Misiones llenaban barcos con yerba y tabaco. Mientras en la capital los vecinos discutían en pulperías sobre política y pleitos de cabildo, en los pueblos guaraníes se rezaba al amanecer y se cerraban negocios al atardecer. Esa conjunción de oración, trabajo y comercio convirtió a las Misiones en un imperio invisible que inquietaba a los burócratas de Madrid y a los mercaderes criollos. Porque nada molesta tanto al poder como un modelo que funciona mejor que el suyo. Y cuando el poder colonial siente celos, la historia ya sabe su desenlace.
El choque con el poder
En Europa, los jesuitas crecían como hiedra en los palacios: se enroscaban en las cortes, aconsejaban a reyes, abrían colegios donde se educaban príncipes y ministros, manejaban conciencias como si fueran marionetas de un teatro invisible. En América, administraban territorios más extensos que muchos principados europeos. Tenían tierras, poblaciones, ejércitos indígenas entrenados, una red económica aceitada que llegaba hasta los puertos del Atlántico. Era demasiado.
En el siglo XVIII, las monarquías absolutas —Borbones en España, Braganzas en Portugal, Luis XV en Francia— se hartaron de ese poder paralelo que no respondía ni a las coronas ni a sus virreyes. Veían en cada sotana negra un conspirador del Papa, un enemigo interno.
En España, el rey Carlos III decidió arrancar de raíz esa hiedra que crecía demasiado rápido. En 1767 firmó la Pragmática Sanción: los jesuitas debían ser expulsados de todos los dominios. El decreto era frío, pero su ejecución fue brutal. Se hizo de madrugada, con sigilo de conjura.
Imagine usted la escena: soldados rodeando colegios en Buenos Aires, en Córdoba, en Asunción, en Paraguay. Puertas golpeadas a culatazos. Padres sorprendidos medio dormidos, algunos rezando en camisón, otros abrazando crucifijos con manos temblorosas. No hubo apelaciones, no hubo juicios. Solo la voz áspera del oficial leyendo el edicto: “Por orden de Su Majestad quedan desterrados de estos reinos”.
Afuera, los indígenas lloraban y gritaban en las puertas de las reducciones. Veían cómo se llevaban a quienes habían sido sus guías, sus maestros, sus protectores contra el látigo del encomendero. Los niños corrían detrás de las carretas, las campanas repicaban como si fueran campanas fúnebres. Los jesuitas tuvieron pocas horas para recoger lo mínimo: un breviario, un crucifijo, alguna ropa. Después, embarcados como delincuentes en naves rumbo al exilio.
La razón oficial era elegante: los jesuitas acumulaban riquezas, enseñaban a obedecer al Papa antes que al Rey, ponían en riesgo la unidad del imperio. La razón real era más brutal: su poder resultaba intolerable. Eran un Estado dentro del Estado, un imperio invisible que humillaba a la corona con su eficacia. Y los reyes, ya se sabe, no toleran rivales ni en los templos.
El abandono de las Misiones
Cuando los expulsaron, las Misiones quedaron como barcos a la deriva, sin capitán ni brújula. Los guaraníes, que habían vivido por décadas bajo un orden férreo de campanas y rezos, se encontraron de golpe solos, arrojados a un vacío que no entendían. Los padres ya no estaban para repartir las tareas, para organizar las cosechas, para anotar en sus libros el pulso de la comunidad.
Los órganos, que cada mañana estallaban en coros barrocos, callaron de golpe. Las campanas dejaron de sonar al amanecer, y el silencio se volvió un ruido insoportable. Los campos que antes se araban en fila, con disciplina de ejército, empezaron a cubrirse de maleza. El trigo se secaba en los surcos, las huertas se llenaban de malezales. Las iglesias, antes llenas de cánticos en guaraní, quedaron vacías, con murciélagos colgados de los retablos.
Algunos pueblos fueron arrasados sin piedad por los portugueses, que aprovecharon la debilidad para saquear lo que podían: ganado, herramientas, hombres para la esclavitud. Otros se despoblaron poco a poco, no por guerras sino por algo más cruel: el hambre, las enfermedades, el tedio de no tener ya un horizonte. Los guaraníes emigraban hacia los montes o caían presos del alcohol y la miseria.
Lo que había sido un experimento social único en América se desmoronó como un castillo de arena. En unas pocas décadas, los pueblos que habían sido modelo de orden y prosperidad se convirtieron en ruinas devoradas por la selva. La naturaleza, con su implacable paciencia, borró los caminos, partió los muros, se trepó por las paredes de piedra.
Belgrano y las ruinas de 1810
Cuando en 1810 estalló la Revolución de Mayo, Manuel Belgrano —abogado de Salamanca, hombre de libros antes que de armas— fue enviado al norte con una misión imposible: levantar al pueblo, organizar ejércitos improvisados y resistir al poder español en el Alto Perú. En ese camino, Belgrano se encontró con las ruinas de lo que alguna vez había sido el gran experimento jesuítico.
Lo que vio le quedó grabado para siempre. Pueblos desiertos, iglesias abandonadas, chacras que habían sido fértiles convertidas en yuyales. Restos de lo que había sido una civilización indígena disciplinada y productiva, ahora reducida a la miseria por la expulsión de los jesuitas. Donde antes hubo 150.000 guaraníes cantando coros, ahora quedaban centenares dispersos, arrinconados, sobreviviendo como podían.
Belgrano, que no era ciego ni ingenuo, entendió rápido: esos pueblos arrasados no eran solamente ruinas coloniales; eran la prueba de que los indígenas podían ser ciudadanos productivos si se los trataba con dignidad y justicia. Y por eso redactó el Reglamento para los Treinta Pueblos de las Misiones en 1810. Un documento revolucionario, mucho más radical que cualquier proclama de cabildo.
En ese reglamento proponía devolverles tierras a los guaraníes, asegurarles escuelas y maestros, fomentar la agricultura, repartir instrumentos de trabajo, y —algo que sonaba a herejía en una sociedad todavía colonial— reconocerlos como hombres libres con derechos plenos. No como menores de edad perpetuos, no como siervos de encomendero, sino como miembros de una nación nueva.
Belgrano sabía que estaba predicando en el desierto. La élite porteña lo miraba con desprecio. “¿Indios con derechos? ¿Indios con escuelas?”, murmuraban. Pero él había visto con sus propios ojos lo que los jesuitas habían logrado y cómo lo había destruido el capricho de un rey. Y en ese espejo roto proyectó un futuro distinto: una patria que no excluyera a quienes habían sido la mayoría y los primeros dueños de la tierra.
Ese reglamento no se aplicó como él lo soñó. La política mezquina, las guerras, la indiferencia lo sepultaron. Pero quedó como testimonio de que, en medio de la pólvora y las derrotas, hubo un revolucionario que pensó en serio que la patria debía ser para todos. Y que las campanas mudas de las Misiones todavía podían volver a sonar.
El destino de los jesuitas
¿Y ellos? Los arrancaron de raíz como si fueran maleza peligrosa. Los subieron a barcos rumbo a Italia, encadenados en la obediencia de su voto pero también en la humillación del destierro. En Roma, en Bolonia, en Ferrara, los jesuitas se convirtieron en sombras de sí mismos: maestros sin alumnos, soldados sin misión, predicadores sin púlpito. La orden que había levantado pueblos enteros en América pasó a ser un fantasma, vagando entre conventos europeos, sobreviviendo a duras penas gracias a la protección del Papa.
La persecución no fue solo española. En Francia los acusaban de conspiradores; en Portugal los trataban de herejes disfrazados. Fueron, durante décadas, los parias de la Iglesia: demasiado poderosos para dejarlos tranquilos, demasiado útiles como para borrarlos del todo.
Y entonces, como todo en la historia, la rueda giró. En 1814, tras el huracán napoleónico que había puesto de rodillas a medio continente, el Papa Pío VII los restableció oficialmente. La Compañía de Jesús volvía a la vida, pero ya nada era igual.
En América, la selva había devorado los pueblos. Los órganos estaban carcomidos, las plazas eran ruinas, los guaraníes habían sido dispersados o esclavizados. Y sobre todo, las guerras de independencia estaban ardiendo: San Martín cruzaba los Andes, Bolívar avanzaba en el norte, Belgrano resistía en el Alto Perú. Ya no había lugar para el viejo imperio jesuita: la política se escribía a cañonazos y no con catecismos.
Algunos regresaron al Río de la Plata. Fundaron colegios, volvieron a enseñar matemáticas, filosofía, retórica. Recuperaron el prestigio intelectual, esa capacidad de moldear mentes jóvenes. Pero el “imperio jesuita” de la selva había muerto para siempre. Lo que había sido un proyecto colosal quedó reducido a aulas con pupitres y bibliotecas silenciosas.
Los viejos jesuitas, al mirar las ruinas desde lejos, debieron sentir el peso de una ironía cruel: habían levantado un reino en la espesura y lo habían perdido por un decreto real. Volvieron, sí, pero volvieron como sombras de lo que fueron, obligados a aceptar que su utopía no estaba ya en la tierra, sino en las páginas amarillentas de sus memorias.
La paradoja de la historia
Los odiaban porque imponían disciplina de cuartel en pueblos de indios. Los acusaban de maquiavélicos, de tejer intrigas como arañas en la penumbra. Decían que querían gobernar el mundo con rezos y matemáticas. Y sin embargo —ironía de hierro— fueron los únicos que ofrecieron a los guaraníes algo parecido a dignidad, en un continente donde la norma era la esclavitud, la encomienda y el látigo.
Sus pueblos eran orden y trabajo, sí; también eran vigilancia y control. Eran campanas que despertaban a las cinco de la mañana, listas de asistencia, castigos leves pero constantes. Pero a la vez eran también comida asegurada, tierras en común, música y escuelas. Refugio y prisión. Paraíso y cárcel. Una utopía barroca que incomodaba a los poderosos porque funcionaba demasiado bien.
Y por eso la destruyeron. Porque la verdadera herejía de los jesuitas no fue su lealtad al Papa antes que al Rey. Fue haber demostrado que el indio podía producir, comerciar, cantar en latín y leer en guaraní. Fue probar que se podía organizar una sociedad distinta a la que los mercaderes criollos y la corona querían imponer. Ese experimento adelantado a su tiempo fue borrado de un plumazo, con un decreto que pesó más que 160 años de campanas.
La monarquía española quiso borrarlos del mapa. Lo que no soportaba no era la fe ni el método, sino el espejo incómodo que las Misiones devolvían: un mundo en el que los pobres y los indios podían ser más libres y productivos que los súbditos de Madrid. Y las coronas, se sabe, no toleran rivales, ni siquiera si visten sotana.
El eco en el presente
Hoy, cuando uno camina por San Ignacio y mete la mano en las piedras calientes de sol, siente todavía el murmullo de los coros guaraníes mezclados con el zumbido de los insectos, como si la selva se empeñara en repetir lo que el tiempo quiso borrar. En esos muros rojos carcomidos por la humedad, en esas columnas torcidas donde se trepan los líquenes, hay una pregunta que golpea como martillo: ¿qué quedó de aquella utopía? ¿Fue salvación o condena?, ¿refugio o jaula?, ¿esperanza o espejismo? La respuesta, como siempre, está en la mirada de quien se atreve a escuchar.
Y aquí, amigo, viene el aguijón de Arlt: ¿qué hacemos hoy con nuestras propias utopías? ¿Las dejamos caer, como aquellas misiones, devoradas por la selva del olvido y el cinismo? ¿O aprendemos que, aun en la rigidez y la disciplina, había una chispa de dignidad que hoy nos falta? Porque lo más incómodo de esas ruinas no es su silencio: es el espejo que nos tienden. Nos muestran que hubo un tiempo en que los condenados de la tierra, los indios cazados como bestias, pudieron levantar ciudades, cantar misas, cultivar campos y vivir sin látigos.
Los jesuitas quisieron levantar un reino de Dios en la tierra. Lo lograron por un siglo y medio. Y lo perdieron en una sola noche de expulsión. Nosotros seguimos caminando entre sus ruinas, oyendo las campanas invisibles que todavía suenan, preguntándonos qué demonios hicimos con los sueños… y si todavía nos queda el coraje de inventar otros nuevos.
Bibliografía:
Sarreal, Julia J.S. The Guaraní and Their Missions: A Socioeconomic History. Stanford University Press, 2014.
Wilde, Guillermo. Religión y poder en las misiones de guaraníes. Editorial SB, Buenos Aires, 2009.
Ganson, Barbara. The Guaraní under Spanish Rule in the Río de la Plata. Stanford University Press, 2003.
Necker, Louis. Indios guaraníes y chamanes franciscanos. Plural Editores, La Paz, 1990.
Furlong, Guillermo. Misiones y sus pueblos de guaraníes. Kraft, Buenos Aires, 1962.
Mörner, Magnus. The Political and Economic Activities of the Jesuits in the La Plata Region: The Habsburg Era. University of Stockholm, 1953.
Maeder, Ernesto J.A. Misiones del Paraguay: Construcción jesuítica de una sociedad cristiano-guaraní. Editorial Universitaria, Asunción, 1996.
Page, Carlos A. Los jesuitas en la Argentina: su historia y legado. Editorial Alción, Córdoba, 2008.
Jackson, Robert H. Missions and Frontiers of Spanish America: A Comparative Study of the Impact of Environmental, Economic, Political and Socio-Cultural Variations on the Missions in the Rio de la Plata Region and on the Northern Frontier of New Spain. University of New Mexico Press, 2005.
Bartomeu Meliá. El guaraní conquistado y reducido. Biblioteca Paraguaya de Antropología, Asunción, 1986.
domingo, 1 de diciembre de 2024
Reducciones jesuíticas guaraníes, un legado para la humanidad
Escrito por María Elena Hipólito
Se cumplieron 40 años de la declaración de la Unesco como patrimonio mundial de los pueblos de San Ignacio Miní, Santa María La Mayor, Nuestra Señora de Loreto y Santa Ana. El camino recorrido y el desafío de mantener las majestuosas construcciones respetando su identidad.
"Estas ruinas no durarán ya mucho, la naturaleza y los hombres de por allí, que no ven en ellas sino montones de piedras ya talladas, y que presentan comodidad para ser empleadas en obras que le reporten utilidad, concluirán la obra destructora si las autoridades no toman medidas severas para contrarrestar ese vandalismo.
"Para Misiones, las ruinas de los pueblos jesuitas representan un venero de riqueza futura.
"Cuando haya mayor facilidad de transporte y el turismo se haya generalizado más en nuestro país, muchos, muchísimos se dirigirán allí para visitarlas, y ese vaivén continuo de turistas coadyuvará al adelanto del territorio, dejando mucho dinero y aportándole su contingente de progreso".
La apreciación quedó plasmada en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino (tomo XVI en 1896) producto del tercer viaje por Misiones en el que el viajero e investigador Juan Bautista Ambrosetti, visitó "las famosas ruinas de los antiguos jesuitas" en San Ignacio. Ya en ese entonces el pionero argentino en arqueología y etnografía reparaba sobre la importancia de que estos vestigios de las reducciones jesuíticas guaraníes, once en la provincia de Misiones, se conserven para la posteridad por su importancia para la civilización.
Este año se cumplieron cuatro décadas de la declaración de la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1984 a cuatro reducciones del territorio del territorio misionero: San Ignacio Miní, Santa Ana, Nuestra Señora de Loreto y Santa María La Mayor; en la lista hay una más, la de San Miguel de las Misiones, en Brasil, que se había incorporado un año antes. En la misma declaratoria están las Cataratas del Iguazú.
Tal fue su visión que los dos escenarios que planteó Ambrosetti se hicieron realidad y mucho tuvo que pasar para que hoy tengan un poco del valor merecido, aunque largo camino hay todavía por recorrer, sobre todo para aquellas que no tienen el sello de patrimonio, como la de San Javier, en la que hace menos de un mes gracias a los vecinos se frenaron obras que ponían en peligro su estructura.
Las misiones jesuíticas fundadas por los sacerdotes de la Compañía de Jesús son testimonios impresionantes de un sistema religioso, político, económico, legal y cultural de los siglos XVII y XVIII. Fueron 30 en total de las cuales once están en Misiones, cuatro en Corrientes, siete en Brasil y ocho en Paraguay.
En este empeño para el reconocimiento de la Unesco se resalta la figura de la arquitecta Mary Edith González (91), que fue quien lo impulsó. "Cuando tuve que hacer este trabajo tuve que ir a visitar todas las reducciones y la gente usaba el terreno para plantar, se llevaban las piedras para hacer edificios", recordó la siempre estudiosa Mary en diálogo con este medio.
Para ser incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial, los sitios deben tener un valor universal excepcional y cumplir al menos uno de diez criterios de selección. En el caso de las cuatro reducciones jesuíticas se usó el criterio 4 (iv) que describe: "Ser un ejemplo sobresaliente de un tipo de edificio, conjunto arquitectónico o tecnológico o paisaje que ilustre (una) etapa(s) significativa(s) de la historia humana".
Entendiendo el legado histórico, arquitectónico y cultural que significó la convivencia del pueblo guaraní con los padres jesuitas europeos, hay numerosos investigadores que realizan trabajos de rescate en las diferentes reducciones para mantenerlas en la posteridad y estudiando para conocer cada vez más de ese riquísimo pasado, luchar contra el olvido y lograr la repatriación de piezas que se encuentran en otros sitios. Un caso de éxito es el frontis que fue recuperado el año pasado y se encuentra en el museo de San Ignacio.
"El retorno de esta pieza va a sentar precedente para que vayan retornando muchas otras, porque lamentablemente si nosotros buscamos en los sitios de venta online como Mercado Libre 'piezas jesuíticas guaraníes' te salen un montón. Están en el mercado negro, se compran y se venden, la santería más que nada, y esto ocurre porque hay una dispersión de nuestro patrimonio", aseguró la historiadora Natalia Vrubel, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Misiones (Unam).
"Que se haya rescatado ese frontis y esté en un espacio público, de acceso a todos es el valor agregado al turismo, a la educación y al patrimonio, porque no sirve únicamente para el turista sirve para las escuelas, para que nuestros niños puedan ser parte de la visibilidad de la recuperación de estos patrimonios", sumó.
La conservación de las misiones jesuíticas es un trabajo arduo y continuo, que exige tanto conocimientos técnicos como un profundo respeto por la historia y la naturaleza del lugar. Desde la restauración de las primeras estructuras en la década de 1940 hasta los trabajos actuales, las misiones fueron sido sometidas a múltiples intervenciones con el fin de preservar su arquitectura única. Se destaca que uno de los mayores retos radica en el mantenimiento de San Ignacio Miní, la mejor conservada y más estudiada.
En su máximo esplendor, detrás de una cortina de monte, sumidas en vegetación o como se las conoce ahora, las reducciones jesuíticas guaraníes siguen siendo imponentes y sacan lágrimas de asombro a los visitantes. A 40 años de la declaración de patrimonio por la Unesco de cuatro de ellas los desafíos siguen siendo gigantes en educación, concientización, formación y fondos para seguir manteniéndolas a todas, las once que están en el territorio misionero.
FuenteDiario:
Diario El Territorio - Posadas - 1ro de Diciembre de 2024.
https://www.elterritorio.com.ar/noticias/2024/12/01/842683-reducciones-jesuiticas-guaranies-un-legado-para-la-humanidad
domingo, 3 de noviembre de 2024
El legado Jesuita cumple cuarenta años como “Patrimonio de la Humanidad” en la Provincia de Misiones
Mientras comienzan a sonar voces que buscan la llegada a la tierra de los jesuitas del actual jesuita Papa Francisco en una posible visita a la Argentina, este año 2024 se conmemora un hito fundamental para la historia de Misiones, los cuarenta años de la declaración de los Conjuntos Jesuítico Guaraníes como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.
San Ignacio Miní, Santa María La Mayor, Nuestra Señora de Loreto y Santa Ana, son parte de este legado que continúa inspirando a nuevas generaciones.
En honor a este acontecimiento, el equipo de Investigación Re.Sa.Ma.Ja (UNaM-FHyCS) junto a la Junta de Estudios Históricos, el Instituto Manuel R. Giudici de Concepción de la Sierra, el ITEP de Corpus Christi y el Ministerio de Turismo de Misiones, han organizado actividades para el 2, 8 y 9 de noviembre.
Cordialmente invitan a la comunidad a ser parte de la presentación del Archivo Fotográfico Digital de los Conjuntos Jesuítico Guaraníes y a participar en las distintas acciones que buscan seguir difundiendo y preservando este valioso patrimonio, el sábado 9 de noviembre a las 9 hs en el conjunto jesuítico de San Ignacio Miní..
Prensa Concejala Graciela Juliana Lorenzo (San Ignacio)
miércoles, 20 de septiembre de 2023
Una reliquia de la iglesia principal de San Ignacio Miní regresa a Misiones después de 122 años
Una placa de piedra perteneciente a la fachada del edificio, que se encontraba en el Museo Histórico Nacional, será reubicada para exhibirse en una sala dentro de las ruinas jesuíticas.
El ministro de Cultura, Tristán Bauer, viajará este miércoles a Misiones, para llevar adelante el traslado de la placa de piedra de la fachada de la Iglesia principal de San Ignacio Miní, que vuelve a su lugar de origen después de 122 años, y será ubicada en una sala de exhibición de la cartera nacional dentro de las Ruinas Jesuíticas, se informó hoy.
Bauer concretará en Misiones la reubicación de la placa de piedra “asperón rojo” de la fachada de la iglesia de San Ignacio Miní en una renovada sala de exhibición del Ministerio de Cultura dentro de las Reducciones Jesuíticas, fundadas a comienzos del siglo XVII para evangelizar a los nativos guaraníes, informó un comunicado de la cartera nacional.
Entre 1696 y 1767, funcionó allí la misión de la Compañía de Jesús con los padres jesuitas y guaraníes. El sitio fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en 1984. La antigua construcción jesuítica es la mejor conservada de las misiones en todo el territorio argentino. De esta manera, la reliquia, elaborada por guaraníes, regresa a su tierra original, después de 122 años.
La reliquia, que desde aquel momento se encontraba con algunos faltantes, además de fracturada fue restaurada cuidadosamente por un equipo de la Dirección Nacional de Museos, perteneciente a la Secretaría de Patrimonio Cultural de la Nación.
El regreso de la placa representa el cumplimiento de un acuerdo con los y las habitantes de la provincia de Misiones, que desde hacía muchos años solicitaban contar con esta pieza clave para el patrimonio material de las Misiones Jesuíticas, dentro de su territorio, agrega la información oficial.
Con un peso de 1.300 kilogramos, y fragmentada en cinco partes, la pieza fue trasladada desde el Museo Histórico Nacional (MHN), en Buenos Aires, a Misiones, mediante el esfuerzo de gran cantidad de profesionales que participaron en su desmontaje, limpieza y puesta en valor, su traslado y el nuevo montaje para su mejor exhibición en el Espacio San Ignacio Miní.
El monograma en relieve de la piedra representa a la “Compañía de Jesús” y se compone de las letras iniciales “I. H. S.” (Jesús Hominum Salvador, en latín), acompañadas de una cruz y tres clavos. La obra fue labrada por nativos guaraníes de dicha reducción jesuítica.
Se trata de una pieza tallada en piedra que tiene la marca y el sello de los jesuitas y que estaba ubicada en los portales de la reducción de San Ignacio Miní antes de ser trasladada desde la provincia en 1901. Por entonces, el senador y ex presidente Carlos Pellegrini envió esta placa de la iglesia de la misión jesuítica guaraní a Buenos Aires, para ser exhibida en el Museo Histórico Nacional.
El nuevo lugar del Ministerio de Cultura donde será ubicada la placa contará con otros objetos arqueológicos que ponen de manifiesto cómo la cultura y las tradiciones de las comunidades guaraníes se relacionaron con los jesuitas y trascendieron en el tiempo.
Por expresa voluntad del ministro Bauer, y mediante gestión de la secretaria de Patrimonio Cultural, Valeria González, se encaró la transferencia de la pieza del MHN al Espacio San Ignacio Miní, dependiente de la Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos del Ministerio de Cultura de la Nación.
La placa será recibida por las autoridades provinciales junto con los representantes de la comunidad guaraní, concluyó el comunicado del Ministerio de Cultura.
Fuente: Telam
Infobae 19 de Septiembre de 2023
https://www.infobae.com/cultura/2023/09/19/una-reliquia-de-la-iglesia-principal-de-san-ignacio-mini-regresa-a-misiones-despues-de-122-anos/
sábado, 31 de octubre de 2020
San Ignacio Mini y su portal
San Ignacio Miní
El portal de la sacristía en un dibujo de Vicente Nadal Mora.
El Portal de la Sacristía de la Reducción de San Ignacio Miní es una de las expresiones más significativas del arte barroco guaraní jesuítico. Obra del Hno. José Brasanelli (1658-1728), expresa una síntesis del barroco europeo con compontes propios del entorno guaraní, como ser la flor de la yerba mate o el colibrí libando flores, en una notable estilización de las figuras.
En el año 1955 Vicente Nadal Mora publicó la obra "San Ignacio", con una introducción del P. Guillermo Furlong S.J. La obra recopiló una colección de ilustraciones realizadas por el propio Nadal Mora, cuyo eje temático fue la Reducción de San Ignacio Miní.
Los dibujos de Nadal Mora expresan en sus minuciosos trazos esa esencia de las formas y volúmenes que sin duda alguna escapan a la imagen fotográfica.
Investigación: Esteban Snihur.
lunes, 7 de septiembre de 2020
Candelaria: principio y origen de la Constitucional Nacional Argentina
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| Ruinas de los antiguos talleres de la Misión de Candelaria |
Durante su paso por Misiones, Manuel Belgrano hizo un descarnado diagnóstico sobre la situación de los habitantes de esta provincia. De ese balance surgió el Reglamento para los 30 pueblos, que si bien está fechado el 30 de diciembre en Tacuarí, está claro que se gestó en el camino y, puntualmente, en aquellos sitios en los que el ejército acampó durante un tiempo.
Uno de esos lugares fue Candelaria, el último pueblo de la actual argentina por el que pasó el ejército antes de internarse en el Paraguay.
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Diploma que reconoce a Candelaria como principio y origen de la Constitución Nacional.
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Es por ello que la Asociación Nacional de Justicia Constitucional declaró a Candelaria como “Principio y origen de la Constitución Nacional”. El reconocimiento se concretó durante el desarrollo del Congreso de Justicia Constitucional que se realizó en Puerto Iguazú, en el año 2017. Esta designación se produjo a partir de un pedido formal elevado por miembros de los tres poderes del Estado misionero, más el acompañamiento del intendente de Candelaria y el sustento documental de historiadores y especialistas.
Con anterioridad, fue Juan Bautista Alberdi, en su obra “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, el que remarcó la importancia de este documento, al que definió como el “primer ensayo constitucional de la Argentina”. Del libro “Bases” surgirá la Constitución Nacional de 1853.
Por Pablo Camogli
Fuente: Misiones On Line - 21 de Junio de 2020
misionesonline.net/2020/06/21/candelaria-principio-y-origen-de-la-constitucional-nacional/
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