Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.

Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

sábado, 10 de junio de 2017

La verdad detrás de los sacrificios humanos en el México prehispánico


Sádicos, salvajes y bestias son sólo algunos de los calificativos que las culturas prehispánicas, especialmente los mexicas, reciben cuando la ocasión da cuenta de la tradición de sacrificios humanos, arraigada en esta y otras culturas de la América precolombina. Una práctica cuya difusión raya en la desinformación, el amarillismo y el sensacionalismo, pues para los ojos de la sociedad global de la actualidad resulta más que inaceptable. 

No obstante, el horror contemporáneo ante el sacrificio humano que practicaban los pueblos mesoamericanos y su exageración sensacionalista no tuvo sus orígenes en la humanidad y la razón, ni siquiera en una cualidad moral “más alta” con apego a la dignidad de cada persona, sino en la justificación ideológica que acompañó el espíritu de la conquista que se llevó a cabo en América.


Toda invasión a sangre y fuego requiere de un motivo lo suficientemente poderoso y aceptable para justificar el sometimiento, la subyugación y desaparición de una cultura a manos de otra. Mientras en el esplendor del Imperio Romano las campañas militares eran justificadas so pretexto de la barbarie de los pueblos más allá de Roma, para la Alemania Nazi la superioridad racial y cultural marcó el camino a seguir para exterminar a todos a quienes consideraban indignos.

En el caso de los pueblos prehispánicos de América, el genocidio, la subyugación, el exterminio del pensamiento y de las tradiciones nativas encontraron su mejor argumento en la “cualidad de salvajes” de los prehispánicos, por no corresponder a los valores cristianos de ultramar. El papel de la conquista española enarboló la moral y a partir de ese derrotero, miró con inferioridad a los mexicas como un pueblo sádico, hambriento de sangre y muerte a través de horrendos sacrificios humanos.

Si bien es innegable que los mexicas eran un pueblo belicoso que históricamente sometió a las demás culturas establecidas en el Valle de México y sus alrededores a su poderío militar, lo cierto es que el sacrificio provocado por esta y otras civilizaciones antiguas no se trataba de un acto de tortura o cualquier implicación dedicada a infligir sufrimiento a partir del aprovechamiento de un estado de indefensión o cualquier factor social. Se trataba de un acto con profundas implicaciones religiosas, políticas y culturales que permeó la cosmovisión prehispánica mientras existieron estas civilizaciones.


Las piedras donde ocurrían los sacrificios, téchcatl, y los cuchillos utilizados para tal fin son los principales medios que confirman que el sacrificio humano era una práctica extendida en las culturas americanas. No obstante, resulta imposible aislar un hecho de tal magnitud de su contexto histórico y extrapolarlo para juzgarlo moralmente en el presente, con la ética, los valores y todas las herramientas tanto científicas como sociales con que se cuenta en la actualidad para tal tarea. Hacer lo anterior sólo lleva a crear distorsiones, representaciones simplistas que no caben en ningún análisis concienzudo de la historia o de cualquier otra ciencia.

Una diferencia fundamental entre un sacrificio humano prehispánico y alguna forma de tortura, radica en que el sacrificado no era humillado, perseguido ni cargaba con un estigma, sino todo lo contrario.

Algunos eran considerados nextalhualtin (restituciones) y se creía, era necesario entregarlos a los dioses como la parte más valiosa de una ofrenda para agradecer, comunicarse o calmar la ira divina en el trato irrompible entre vida y muerte: el precio y la consecuencia directa de estar vivo, reflejada en los distintos mitos originarios que encarnan a dioses que viven, mueren y renacen como una forma de conservación de un ciclo.

Los menos, aquellos que eran llamados teteo imixiptlahuan (imágenes de los dioses), eran elegidos por designio divino como un espacio físico de aparición de los dioses. En palabras de Fray Bartolomé de las Casas, citado por López Austin:


«El día dedicado al dios del agua, que llamaban ezalcoaliztli, era muy solemne y festival entre ellos. Antes que viniese, veinte o treinta días, compraban un esclavo y una esclava y los hacían morar juntos como casados, marido y mujer. Llegado el negro día para ellos, vestían el esclavo con las insignias o vestiduras de Tláloc, que debía ser algún dios, y a la esclava de las de Chalchiuhcueye, su mujer. Vestidos, bailaban todos los días hasta la media noche que llegaba su sant martín».


De esta forma, los mexicas –y muchos otros pueblos prehispánicos– cumplían con un ritual cuyo significado va más allá de la simple occisión, incomparable con cualquier tortura o suplicio por lo opuesto de su naturaleza. Se trata de una práctica que apelaba al origen de su cosmogonía, la dualidad eterna entre vida y su muerte, el plano del hombre y el de los dioses en que se desdobla lo divino y lo terrenal, principio indivisible que marcaba el tránsito del día y la noche, de las estrellas, de las cosechas y las estaciones y con todas ellas, del devenir histórico de cada civilización antigua.
Referencias

López Austin, Alfredo y López Luján, Adolfo: “El sacrificio humano entre los mexicas“, 2008.

López Austin, Alfredo, “La cosmovisión de la tradición mesoamericana“, Revista Arqueología Mexicana, núm 70, Nov-Dic, 2005.

Escrito por Alejandro Lopez para Cultura Colectiva el 31 de Mayo de 2.017 

No hay comentarios:

Publicar un comentario