Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.

Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

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viernes, 12 de julio de 2024

Juana Azurduy, amazona de la libertad



Qué bueno que el nombre de una mujer remita a canción y a poema gracias a aquel maravilloso trabajo de Félix Luna y Ariel Ramírez, “Mujeres argentinas” que inmortalizó la querida voz de Mercedes Sosa. Aquellas melodías y palabras permitieron que muchos argentinos se anoticiaran de la existencia de una extraordinaria luchadora que lo dio literalmente todo por la independencia de esta parte de América.

Y nunca está de más recordar que la lucha de las mujeres fue fundamental en aquella guerra gaucha, esa guerra corajuda y desigual que se libró sin recursos pero con mucho ingenio y una audacia sin límites. De un lado los ejércitos del rey, los mismos que venían de vencer a Napoleón. Del otro un pueblo decidido y comandado por gente que no hacía gala del ejemplo, lo ejercía. Aquellas mujeres no solamente eran excelentes espías y correos sino que algunas de ellas, como doña Juana Azurduy, comandaban tropas en las vanguardias de las fuerzas patriotas. Esta maravillosa mujer había nacido en Chuquisaca el 12 de julio de 1780, mientras estallaba y se expandía la rebelión de Túpac Amaru. Su familia la pensó monja y ella se pensó libre. Ganó Juana y hubo que sacarla del convento de Santa Teresa, según el parte de la Madre Superiora, por su irreductible conducta altiva. Afuera la esperaba la lucha y el amor de la mano del comandante Manuel Ascencio Padilla, aquel que le contestaba al General Rondeau: “vaya seguro Vuestra Señoría de que el enemigo no tendrá un solo momento de quietud. Todas las provincias se moverán para hostilizarlo; y cuando a costa de hombres nos hagamos de armas, los destruiremos. El Perú será reducido primero a cenizas que a voluntad de los españoles.” 1



Juana era lo que se dice una revolucionaria de la primera hora. Participó con Padilla en la revoluciones de Chuquisaca y La Paz en 1809, y un año después alojó en su casa a Juan José Castelli, uno de los comandantes de las tropas patriotas que iba a cumplir su sueño de hacer la revolución en el Alto Perú. Juana colaboró hasta con lo que no tenía para abastecer a las tropas libertadoras que venían desde Buenos Aires.

Tras la derrota de Huaqui los realistas lograron rodear su casa en la que resistió como pudo junto a sus hijos, hasta que Padilla en una acción absolutamente temeraria logró liberar a su familia.

Juana ayudó a crear una milicia de más de 10.000 aborígenes y comandó varios de sus escuadrones. Libró más de treinta combates, siempre a la vanguardia, haciendo uso de un coraje desmedido que se fue haciendo famoso entre las filas enemigas a las que les había arrebatado personalmente más de una bandera y cientos de armas. Su accionar imparable permitió recobrar del dominio español las ciudades de Arequipa, Puno, Cuzco y La Paz.

La pareja de guerrilleros defendió también a sangre y fuego del avance español la zona comprendida entre el norte de Chuquisaca y las selvas de Santa Cruz de la Sierra. El término guerrillero, que puede sonar setentista, es el que usaba el insospechable de tal cosa hasta por cuestiones cronológicas, general Mitre. En su muy interesante trabajo: “Las guerrillas en el Norte”, incluido en su Historia de San Martín, don Bartolomé describe el sistema de combate y gobierno conocido como las “republiquetas”, que consistía en la formación, en las zonas liberadas, de centros autónomos a cargo de un jefe político–militar. Hubo ciento dos caudillos que comandaron igual número de republiquetas. La temeridad de estos jefes revolucionarios y la crueldad de la lucha fue tal que sólo sobrevivieron nueve de ellos.

Quedaron en el camino jefes notables, de un coraje proverbial, extraordinarios patriotas como Ignacio Warnes, Vicente Camargo, el cura Ildelfonso Muñecas, quien redactó una proclama que decía: «Compatriotas, reuniros todos, no escuchéis a nuestros antiguos tiranos, ni tampoco a los des­naturalizados, que acostumbrados a morder el fierro de la esclavitud, os quieren persuadir de que sigáis su ejemplo; echaos sobre ellos, despedazadlos, y haced que no quede aun memoria de tales monstruos. Así os habla un cura eclesiástico que tiene el honor de contribuir en cuanto puede en benefi­cio de sus hermanos americanos». La historia oficial los ha condenado a ser sólo calles, escamoteándoles a la mayoría de los argentinos sus gloriosas historias.

Juana lo fue perdiendo todo, su casa, su tierra y cuatro de sus cinco hijos, Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes, en medio de la lucha. No tenía nada más que su dignidad, su coraje y la firme voluntad revolucionaria. Por eso, cuando los Padilla estaban en la más absoluta miseria y un jefe español intentó sobornar a su marido, Juana le contestó enfurecida: “La propuesta de dinero y otros intereses sólo debería hacerse a los infames que pelean por mantener la esclavitud, más no a los que defendían su dulce libertad, como él lo haría a sangre y fuego”.

Juana salvó a su marido que había caído prisionero en febrero de 1814 en una operación relámpago que dejó sin rehenes y sin palabras al enemigo.

El 3 de marzo de 1816 Padilla y Juana atacaron al general español La Hera cerca de Villar; allí Juana al frente de treinta jinetes, entre ellos varias amazonas, logró detener a los realistas, quitarles el estandarte, recuperar fusiles y cubrir la retirada de su compañero.

Juana fue una estrecha colaboradora de Güemes y por su coraje fue investida con el grado de teniente coronel de una división explícita llamada “Decididos del Perú”, con derecho al uso de uniforme, según un decreto firmado por el director supremo Pueyrredón el 13 de agosto de 1816 y que hizo efectivo el general Belgrano, quien debía entregarle el sable correspondiente, pero prefirió brindarle el suyo, el que lo había acompañado en Salta y Tucumán y durante el heroico éxodo jujeño.

Tres meses después, en el combate de Villar fue herida por los realistas. Su marido acudió en su rescate y logró liberarla, pero a costa de ser herido de muerte. Era el 14 de septiembre de 1816. Juana se quedaba sin su compañero y el Alto Perú sin uno de sus jefes más valientes y brillantes.

Juana siguió peleando junto a los comandantes Francisco Uriondo, el “moto” Méndez y los hermanos Rojas, para alistarse luego nuevamente en las tropas de Güemes. Cuando el “padre de los pobres” fue asesinado a traición en junio de 1821, decidió volver a su tierra. Estaba en Chuquisaca con su hija Luisa y su nieta Cesárea aquella tarde de noviembre de 1825 cuando al abrir la puerta se encontró nada menos que con el general Simón Bolívar, que quería tener el honor de conocerla. Fue un abrazo profundo, con pocas palabras, estaba todo muy claro pero para el Libertador se hizo necesario decir: “esta república, en lugar de hacer referencia a mi apellido, debería llevar el de los Padilla”.

Pero más allá de los halagos, Juana seguía en la miseria y no recibía ni la pensión que le correspondía ni los sueldos adeudados por su rango de coronela. Fiel a su historia, tomó la pluma y escribió: “Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una hija que no tiene más patrimonio que las lágrimas.” 2

Bolívar le concedió a la heroica luchadora una pensión vitalicia de 60 pesos, que fue aumentada por el presidente de Bolivia, Mariscal Sucre, pero que Juana cobraba cada tanto hasta que dejó de cobrarla cuando la burocracia le ganó una de las pocas batallas que perdió en su vida. Juana murió en la soledad, el olvido y la pobreza, paradójicamente en una casa en la calle “España” en un humilde barrio de Chuquisaca, el 25 de mayo de 1862.

Referencias:
1 Carta de Manuel Asencio Padilla al general José Rondeau fechada el 21 de diciembre de 1815, en Gumucio Baptista, Otra historia de Bolivia, La Paza. 1989.

2 Joaquín Cantier, Doña Juana Azurduy de Padilla, La Paz, Editorial Ichtus, 1980.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Escrito por Felipe Pigna



sábado, 6 de marzo de 2021

Mariano Moreno y la defensa de los pueblos originarios



Escrito: Felipa Pigna
Para fines del siglo XVIII, la revolución de Túpac Amaru y Túpac Catari había dejado hondas huellas en todo el norte del virreinato, particularmente en el Alto Perú. Su influencia se haría sentir incluso en parte de la elite criolla que comenzaba a cuestionar el “orden” colonial y que, influida por las ideas de la Ilustración, buscaba poner fin a sus injusticias. En los sectores más revolucionarios, la transformación incluía a los “indios” o “naturales”.
Quizás uno de los textos previos a 1810 más expresivos de este cambio sea la tesis doctoral de Mariano Moreno, para recibirse en la Universidad de Chuquisaca, titulada “Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios en general, y sobre el particular de yanaconas y mitarios”, 1 que ponía en tela de juicio no sólo las terribles condiciones de explotación sino la conquista misma. En este escrito, leído ante la junta calificadora el 13 de agosto de 1802, en pleno régimen colonial, Moreno tomaba el toro por las astas desde el inicio:
Al paso que el nuevo Mundo ha sido por sus riquezas el objeto de la común codicia, han sido sus naturales el blanco de una general contradicción. Desde el primer descubrimiento de estas Américas comenzó la malicia a perseguir a unos hombres, que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con opulencia. Cuando su policía y natural cultura eran dignas de la admiración del mundo antiguo, no trepidó la maledicencia dudar públicamente en la capital del orbe cristiano acerca de su racionalidad; y para arruinar un delirio, que parecía no necesitar más anatemas que los de la humanidad, fue necesario que fulminase sus rayos el Vaticano.”
Aquí Moreno se refiere al “debate” emprendido por los conquistadores sobre si los “indios” eran seres “dotados de un alma racional”, que recién fue zanjado en 1537 por el papa Pablo III, al “reconocer” que eran humanos, aunque eso no implicó de ninguna manera que fueran tratados como tales.
Sigue alegando Moreno: “Si esta calumnia injurió notablemente a los habitantes de estas provincias, no fue menor la herida que recibieron con el tenaz empeño de aquellos que solicitaron despojarlos de su nativa libertad. Impelidos por bárbaros ejemplos de la antigüedad, o más bien seducidos por los ciegos impulsos de su propia pasión, no dudaron muchos sostener que los indios debían según toda justicia vivir sujetos bajo el grave y penoso yugo de una legítima esclavitud.
Moreno escribía siguiendo el ejemplo de Victorián de Villava, fiscal de la Audiencia de Charcas y uno de los autores que bregaba por el fin de la servidumbre indígena. Pero sobre todo con el corazón aún dolido por los tremendos niveles de explotación que él mismo había visto en Potosí, en un viaje realizado poco antes de escribir su disertación:
“Basta considerar el insufrible e inexplicable trabajo que padecen los que viven sujetos a este penoso servicio, para que cualquier imparcial quede plenamente convencido de la repugnancia que en sí encierra con el Derecho de Gentes, de la libertad y aun de la misma naturaleza”
Es importante recordar que Derecho de Gentes era el nombre dado tanto al derecho internacional como a la noción de un conjunto de normas comunes a toda la humanidad, por encima del derecho legislado de cada Estado.
Continúa Moreno: “Los sitios desabridos y estériles de las minas, sus olores y exhalaciones intolerables, el aire pestilente y escaso, la perpetua noche que los ocupa, el humo de las velas que sirven para desterrarla, no pueden menos que ocasionar en nuestra máquina tales disposiciones que sean principios de penosas y aun mortales enfermedades.
Para repudiar todas las formas de “servicio personal” de los indígenas, Moreno recurría al argumento jurídico que estaba incluido dentro de las Leyes de Indias: que los “indios” eran súbditos libres de los reyes de España. Una “libertad” que no existía ni para los sometidos a la mita, ni para los miles de yanaconas que trabajaban en las haciendas del norte del virreinato, ni para los “reducidos” en “pueblos de indios”:
¿podrá darse cosa peor que despojar a los indios del principal privilegio de su libertad, precisándolos a la dura condición de no poder salir del lugar de su domicilio? Gravamen es éste que aun la bárbara antigüedad no acostumbraba ponerlo sino a los esclavos o libertos, a quienes se habían dejado alimentos para el efecto […]. Se ven continuamente sacarse violentamente a estos infelices de sus hogares y patrias, para venir a ser víctimas de una disimulada inmolación. Puestos contra las Leyes en temples 2 enteramente diversos de aquellos en que han nacido, se ven precisados a entrar por conductos estrechos y subterráneos cargando sobre sus hombros los alimentos y herramientas necesarias para su labor, a estar enterrados por muchos días a sacar después los metales que han excavado sobre sus mismas espaldas, con notoria infracción de las Leyes, que prohíben que aun voluntariamente puedan llevar cargas sobre sus hombros, padecimientos que unidos al maltrato, que les es consiguiente, ocasionan que de las cuatro partes de indios que salen para la mita, rara vez regresen a sus patrias las tres enteras.
Y, usando de argumento a las leyes que estaban vigentes sólo en el papel, lanzaba una idea revolucionaria que pocos “blancos” estaban dispuestos a admitir:
Permítaseme ahora hacer sobre este pensamiento una sola pregunta a los partidarios de la mita: ¿será este penoso servicio compatible con la privilegiada libertad que se tiene declarada a los indios? ¿Será este involuntario y penoso trabajo compatible con la declaración, que tienen hechas nuestras Leyes, de que se trate a los indios del mismo modo que a los antiguos vasallos de la Corona de Castilla?
Esta idea de igualdad defendida por Moreno en su disertación sería compartida por los mejores hombres de la Primera Junta. Belgrano la pondría en práctica al organizar los pueblos de las Misiones, durante su campaña al Paraguay, y Castelli la proclamaría solemnemente en las ruinas de Tiahuanaco al celebrar el primer aniversario de la Revolución, el 25 de mayo de 1811.
Referencias:
1 En Mariano Moreno, Escritos (prólogo y edición crítica de Ricardo Levene), Clásicos Argentinos, Estrada, Buenos Aires, 1956, tomo I, pág. 5-34, de donde están tomadas las citas, modernizando la grafía.
2 Climas. Se refiere, principalmente, a la terrible altura en que se encuentran los yacimientos mineros de Potosí, que en las condiciones de trabajo impuestas rápidamente destruía la salud de los mitayos llevados desde tierras más bajas.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

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lunes, 14 de septiembre de 2020

Artigas, el padre de los pobres.



Autor: Felipe Pigna

A comienzos de la década de 1810, en la ribera oriental del Río de la Plata, soplaba un vendaval desatado por un hombre que había nacido en Montevideo un 19 de junio de 1764 y que desde muy chico, tras estudiar en el colegio franciscano de San Bernardino, se había dedicado a las tareas rurales en las estancias de su padre. Ya mayorcito comenzó a ganarse la vida comprando cueros en la campaña para venderlos a los exportadores de Montevideo. En 1797 ingresó como soldado de caballería en el regimiento de Blandengues y en 1806, durante las invasiones inglesas participó en la reconquista de Buenos Aires y en la defensa de Montevideo a las órdenes de Liniers.
Pero el oriental no había nacido para estar a las órdenes de nadie y al producirse la Revolución de Mayo, el entonces capitán Artigas desertó de la guarnición de Colonia y se puso a disposición del gobierno porteño para combatir al gobernador español Javier de Elío que se negaba a reconocer a la Junta revolucionaria de Buenos Aires y que había sido nombrado Virrey del Río de la Plata.
Artigas fue reclutando un verdadero ejército popular formado por los gauchos orientales, empobrecidos por la escandalosamente corrupta administración de Elío. Repartió entre sus paisanos las tierras y los ganados que les iban “recuperando” a los españoles. Con estas fuerzas, el 18 de mayo de 1811 derrotó a los realistas en el combate de Las Piedras y, puso sitio a Montevideo hasta que, sorpresivamente y sin consultarlo, el Primer Triunvirato firmó el 20 de octubre un armisticio con Elío por el cual se comprometía a retirar las tropas patriotas.
Seguido por sus milicianos y la mayoría de la población oriental, Artigas se retiró hacia Entre Ríos para reorganizar la lucha. De todos lados llegaban familias huyendo de la persecución a colocarse bajo su protección y a ofrecerse para luchar contra los españoles y los portugueses, que habían comenzado a penetrar desde el norte de la Banda Oriental por pedido de Elío. Mil carretas y unas 16 mil personas, hombres, mujeres y niños, con sus pocos ganados y pertenencias, cruzaron el río Uruguay y se instalaron en Ayui, cerca de la actual Concordia, Entre Ríos, preparados para continuar la lucha. Era el famoso éxodo del pueblo oriental. Pero el Primer Triunvirato era poco afecto a las epopeyas populares y decidió enviar a Manuel de Sarratea para reemplazar a Artigas en el mando de las tropas orientales. Sólo cuando a fines de 1812, tras la caída del Primer Triunvirato, Sarratea fue reemplazado por Rondeau, y se le devolvió su mando a Artigas, los orientales aceptaron unirse a las tropas porteñas para sitiar Montevideo.
Al inaugurarse la Asamblea del Año XIII, la Banda Oriental eligió a sus representantes en un Congreso y, por inspiración de Artigas, les dio precisas instrucciones de contenido federalista y revolucionario: inmediata declaración de independencia, constitución republicana, libertad civil y religiosa, igualdad de todos los ciudadanos, gobierno central con respeto a las autonomías provinciales y el establecimiento de la capital fuera de Buenos Aires.
La Asamblea presidida por el centralista Carlos María de Alvear rechazó los diplomas de los diputados orientales, argumentando que no habían sido elegidos legalmente. Era una vil excusa ya que los únicos delegados elegidos por voto popular eran precisamente los orientales.
La clase alta porteña temía que la influencia del caudillo oriental y su enorme popularidad se extendieran al resto de las provincias. Veía en la acción de Artigas un peligroso ejemplo que propugnaba un serio cambio social. El reparto de tierras y ganado entre los sectores desposeídos concretado por Artigas en la Banda Oriental, bien podía trasladarse a la otra margen del Plata y poner en juego la base de su poder económico.
El Director Supremo Gervasio Posadas, tío de Alvear, lo declaró «traidor» y puso precio de 6.000 pesos a su cabeza. José Artigas fue el primero en plantear claramente en el Río de la Plata las ideas del federalismo, entendiendo que el reparto equitativo de la riqueza por regiones era una condición imprescindible para su entera concreción.
Del otro lado del Río y de la Historia José Gervasio Artigas ponía en práctica la ley agraria más avanzada que se conozca hasta estos momentos en estos lares del Río de la Plata. Fundó una colonia agrícola que combinaba las tradiciones comunitarias de los abipones y guaycurúes del Chaco, tan artiguistas como los charrúas, quienes ya tenían destinada en propiedad la zona de Arerunguá para su subsistencia.
Para 1814, la popularidad de Artigas se había extendido a varias de las actuales provincias argentinas, afectadas, al igual que la Banda Oriental por la política de libre comercio y puerto único, promovida por Buenos Aires que arruinaba a los artesanos y campesinos del Interior. Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba se unen a los orientales, formando la Liga de los Pueblos Libres. Como Protector de la Liga, Artigas luchó junto con los jefes litoraleños contra el centralismo del Directorio. La liga formó una especie de mercado común regional en el que se protegía a los productores nacionales y se fomentaba la agricultura a través del reparto de tierras, animales y semillas. No pagaban impuestos las máquinas, los libros y las medicinas y derivaba el comercio del Litoral al puerto de Montevideo.
En 1815 Artigas recuperó Montevideo, ocupada hasta entonces por las tropas porteñas y convocó en Concepción del Uruguay el 29 de junio de 1815 al Congreso de los Pueblos Libres que se reunió en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Allí estaban los delegados de la Banda Oriental, Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Misiones. Sus primeros actos fueron jurar la independencia de España y de “todo otro poder Extranjero cualquiera que sea”, izar la Bandera tricolor –celesta y blanca y con una franja diagonal roja- y enviar una delegación a Buenos Aires para concretar la unidad.
Mientras en Buenos Aires se sancionaba el Reglamento del tránsito de Individuos que decía: “Todo individuo que no tenga propiedad legítima será reputado en la calidad de sirviente y será obligatorio que se muna de una papeleta de su patrón visada por el juez. Los que no tengan estas papeletas serán reputados como vagos y detenidos o incorporados a la milicia”, Artigas proclamaba su Reglamento Oriental para el fomento de la campaña que establecía la expropiación de tierras a “emigrados, malos europeos y peores americanos” y su reparto entre los desposeídos del país para “fomentar con brazos útiles la población de la campaña”.
Diferenciándose del liberalismo económico desenfrenado, Artigas promulgó el 9 de septiembre de 1815 un Reglamento de Comercio que establecía: “Que todos los impuestos que se impongan a las introducciones extranjeras, serán iguales en todas las Provincias Unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio”. 1
En la sesión del 19 de julio del Congreso de Tucumán, uno de los diputados por Buenos Aires, Pedro Medrano, previendo la reacción furibunda de San Martín que estaba al tanto de las gestiones secretas en las que estaban algunos congresales y el propio Director Supremo encaminadas a entregar estas provincias, independientes de España, al dominio de Portugal o Inglaterra, señaló que “antes de pasar al ejército el acta de independencia y la fórmula del juramento, se agregase, después de ‘sus sucesores y metrópoli’; esto más: ‘de toda dominación extranjera’, para sofocar el rumor de que existía la idea de entregar el país a los portugueses”
Medrano sabía que lo de “entregar el país a los portugueses” era mucho más que un rumor. El ministro argentino en Río de Janeiro, el inefable y omnipresente Manuel José García le había escrito al Director Supremo Pueyrredón: “Creo que en breve desaparecerá Artigas de esa provincia y quizás de toda la Banda Oriental. Vaya pensando en el hombre que ha de tratar con general Lecor”.
Lecor era nada menos que el jefe del ejército invasor portugués a quien el Director Supremo de las Provincias Unidas llamaba “Jefe del Ejército de Pacificación” y le escribía en estos términos: “El interés recíproco de ambos gobiernos demanda imperiosamente que Artigas sea perseguido hasta el caso de quitarle toda esperanza de obrar mal a que lo inclina su carácter. 2
A fines de 1819 la Liga estaba entre dos fuegos, por un lado los directoriales y por el otro los portugueses. Artigas concibió un plan militar. Él atacaría el campamento portugués en Río Grande mientras que las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe atacarían Buenos Aires. Pero mientras el caudillo de Santa Fe, Estanislao López, y su compañero de Entre Ríos, Francisco Ramírez, invadían exitosamente Buenos Aires y triunfaba en Cepeda, Artigas era derrotado por los portugueses en Tacuarembó.
Aprovechando esta situación de debilidad de su antiguo jefe, los caudillos firmaron a espaldas de Artigas el Tratado del Pilar, abandonando a su suerte al líder oriental. Artigas decidió unir sus escasas fuerzas con las de Corrientes y Misiones. Ingresó en Entre Ríos dispuesto a someter a Ramírez, pero fue derrotado definitivamente en Las Huachas y debió marchar hacia el exilio en el Paraguay.
Allí vivió humildemente, bajo la protección de los sucesivos gobernantes paraguayos, Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López. Habitó en una modesta chacra donde vivió en el ostracismo por 30 años. Murió el 23 de septiembre de 1850, rodeado de indios y campesinos que lo llamaban en guaraní Caraí Marangatú, ni más ni menos que el Padre de los pobres.

Referencias:

1 Eduardo Gallicchio Esteva, Documentos para el estudio de la historia constitucional del Uruguay, Tomo 1, Montevideo, Editorial Industria Gráfica Nuevo Siglo, 1993, pág. 146.

2 Edberto Oscar Acevedo, La independencia de Argentina, Buenos Aires, Editorial MAPFRE, 1992, pág. 166.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar











domingo, 13 de septiembre de 2020

13 de Septiembre: Día del Bibliotecario Argentino





En 1954 se dicta el decreto que fija el 13 de septiembre como "Día del Bibliotecario" en homenaje a la labor de los bibliotecarios en favor de la comunidad.
En Argentina, una resolución de la Primera Junta de Gobierno de 1810, alertando sobre la excesiva concentración de jóvenes en las tareas de armas descuidando su educación, creaba la Biblioteca Pública de Buenos Aires el 13 de septiembre de 1810. Esta iniciativa estaba relacionada con otras impulsadas por Mariano Moreno, como la creación de un órgano de publicidad de la Junta (Gazeta de Buenos Ayres) y la traducción y edición de El Contrato Social, de Jean-Jacques Rousseau.
El día 13 de septiembre fue establecido como “Día del Bibliotecario” por el Congreso de Bibliotecarios reunidos en Santiago del Estero en el año 1942 y fue instituido como "Día del Bibliotecario" a nivel nacional, en 1954, mediante sanción del Decreto Nro.17.650/54, en homenaje a los bibliotecarios de todo el país.
Este día se corresponde con la edición de la "Gaceta de Buenos Aires" del 13 de septiembre de 1810, en la que apareció un artículo titulado Educación, escrito por Mariano Moreno, en el que informaba sobre la creación por la Junta de Mayo de la Biblioteca Pública de Buenos Aires, hoy Biblioteca Nacional y de los nombramientos del Dr. Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez, quienes fueron los primeros bibliotecarios oficiales de la nueva era de la Independencia de la República.
Fuentes: El Historiador / Biblioteca de la Universidad Nacional de San Luis.
Ilustración: Pablo Bernasconi

jueves, 30 de abril de 2020

Andrés Guacurarí, nuestro guaraní gobernador




Sobre Andresito como se lo conoce entre quienes lo quieren y lo han convertido en el máximo prócer de nuestra provincia de Misiones, algunos dicen que nació en San Borja (ubicada en el actual Estado brasileño de Rio Grande do Sul) y otros en Santo Tomé, actual Corrientes en una fecha que, presumiblemente, sería el 30 de noviembre de 1778, unos meses después que su vecino José de San Martín. Su infancia transcurrió en Santo Tomé donde pudo educarse desarrollar un muy buen nivel de lectura y escritura y aprender a ejecutar diversos instrumentos musicales.

Tampoco está muy claro cuándo conoció a quien sería su padre adoptivo y del corazón y su jefe político-militar, José Artigas. Aunque seguramente tiene razón uno de sus principales biógrafos, Jorge F. Machón, cuando afirma que la relación era ya de larga data al momento de nombrar a su hijo Andrés en 1815 Comandante general de Misiones, un cargo equivalente al de gobernador. Su primera misión militar fue recuperar los pueblos misioneros ocupados por los paraguayos.

Lo hace al mando de su ejército indígena de 500 combatientes armados como pueden, con lo que tienen que no es mucho y que compensan con coraje y su conocimiento del terreno palmo a palmo. En poco tiempo recupera Candelaria, Santa Ana, San Ignacio, Loreto y Corpus.

El único gobernador indígena de nuestra historia ejerce una conducción humana, justa y socialmente revolucionaria, recordando y aplicando la máxima artiguista al anunciar la primera reforma agraria de América “que los más infelices sean los más privilegiados”. Ante todo abolió la servidumbre en todas sus formas y repartió tierras a los que las habían perdido a manos de la conquista, el saqueo, la estafa o todo eso a la vez. Durante su gobierno, se eliminaron del territorio bajo su jurisdicción todos los símbolos, escudos y emblemas que pervivían de la colonización española, y recobraron su vigor los cabildos de los pueblos originarios que tenían una función central en la administración del territorio fomentando la producción y comercialización de la yerba mate y la fabricación de pólvora y hasta la instalación de hornos para fabricar puntas de lanzas.

En aquel año 1816, se desató sobre la Banda Oriental la devastadora invasión portuguesa, realizada por 30.000 soldados con el mejor armamento de la época y bajo el asesoramiento de nuestro viejo conocido, el otrora invasor inglés William Carr Beresford, contratado por la corte de Río para reorganizar su ejército. Iban por Artigas y su gente, a poner fin a la experiencia más democrática y popular de esta parte del mundo, a exterminar de raíz ese “mal ejemplo” que podía acarrear el riesgo de contagio. El 12 de septiembre de aquel año el jefe guaraní al mando de 1.000 valientes en varias pelotones cruzo el río Uruguay por Itaquí. Obtuvo sus primeros triunfos en San Juan Viejo y en Rincón de la Cruz donde derrotó a 300 portugueses. Esto le permitió avanzar a Sao Borja y sitiarla el 21 de septiembre. El ejército indígena ya sumaba unas 2.500 voluntades. Andresito demoró quizás demasiado el ataque para no dañar a la población local ocupada por los lusitanos y esto le dio tiempo al enemigo de rearmarse y recibir refuerzos y derrotar al ejército popular artiguista.

La derrota de Andresito y las instigaciones porteñas animaron a los portugueses a pasar a la ofensiva al mando del brigadier Farancisco das Chagas Santos. Un primer intento fue abortado por Tiraparé el 19 de enero de 1817 lo que le dio tiempo a Andresito y sus hombres a replegarse en La Cruz que sería ocupada por los portugueses tras la retirada de Andresito a la ciudad natal de San Martín, Yapeyú. Poco después ambos pueblos fueron arrasados y destruidos por los portugueses que en otros frentes habían destrozado Concepción, Santa María la Mayor, San Javier y Mártires, Apóstoles, San José y San Carlos. Cuando todo parecía perdido, Andresito y sus heroicos paisanos se lanzaron a la contraofensiva y para mediados de año Andresito había logrado recuperar buena parte del territorio provincial y el milagro de recomponer en parte un ejército de 1.000 hombres que concentró en Apóstoles, San Carlos y San José. Das Chagas fue a su encuentro con sus mejores 500 hombres. Aquel 2 de julio de 1817 tras varias horas de combate Andresito y sus jinetes indígenas lograron el repliegue portugués. Apóstoles fue recuperada. Tras el triunfo de Apóstoles, José Artigas le pide marchar sobre Corrientes para reponer en su puesto a su aliado el gobernador Juan Bautista Méndez, derrocado por un golpe apoyado por Buenos Aires dirigido por José Francisco Vedoya. Su presencia no fue bien recibida por los sectores latifundistas de la provincia, herederos muchos de ellos de los encomenderos españoles, quienes se negaron a asistir a una representación en su honor brindada por “ese indio”. Andresito desairado los obligó al día siguiente a debutar en estas cosas del trabajo y a limpiar minuciosamente la Plaza.

De Corrientes Andresito volvió a Misiones y contra todos los pronósticos, pasó a la ofensiva desde San Nicolás derrotando a Chagas Santos hasta obligarlo a replegarse a Palmeiras. Los portugueses no tardaron en lanzar una poderosa contraofensiva y Andresito decidió marchar al encuentro de Artigas pero al intentar cruzar el Uruguay fue capturado por una patrulla enemiga que lo tomó prisionero y llevó caminando junto a muchos de sus hombres a Porto Alegre y luego a la prisión de la Lague. Fue liberado en abril de 1821 pero tras una riña callejera fue nuevamente encarcelado. Tras un nuevo calvario y un nuevo sumario aquel hombre que había dicho El derecho es el ídolo y objeto de los hombres libres por quien se ven empapados en su propia sangre, poco se sabe sobre su destino y mucho sobre la paciente labor de quienes siguen tratando infructuosamente de enterrarlo en el olvido para siempre.

Escrito: Felipe Pigna
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Manuel Belgrano y la donación de 40.000 pesos para la fundación de escuelas




Al año de triunfos y de expansión que siguió a mayo de 1810, sucedió en 1812 un período crítico, con la guerra en dos frentes, en el norte y en la Banda Oriental, sin mandos experimentados, sin ejércitos organizados, sin armamentos ni recursos. A comienzos de 1812, Manuel Belgrano fue designado al frente del Ejército del Norte, en reemplazo de Pueyrredón. Hacia fines de junio, en retirada, el ejército revolucionario evacuó Salta y Jujuy, cuando tuvo lugar el denominado “éxodo jujeño”. Instalado en Tucumán, Belgrano disponía de no más de mil seiscientos hombres, mientras el ejército realista bajaba ganando posiciones. Luego de un efímero triunfo en Las Piedras, a comienzos de septiembre, se produjo el espectacular triunfo en Tucumán, en el Campo de las Carreras. Alentado por los reclamos de la población tucumana, Belgrano decidió desobedecer las órdenes impartidas desde Buenos Aires y mantuvo posición, esperando la batalla. Luego de la importante victoria, en la que también se destacó Manuel Dorrego, Belgrano se dedicó a instruir y armar a sus tropas, esta vez con la renuencia del recién constituido II Triunvirato, y avanzó hacia Salta, donde también derrotó a los realistas, ya en febrero de 1813, retomando el control de la región. Entonces, la Asamblea Constituyente premió a jefes y soldados y obsequió a Belgrano un sable con guarnición de oro y cuarenta mil pesos señalados en valor de fincas fiscales. Pero Belgrano respondió con abnegación y desinterés: el dinero –creía- degradaba la virtud y el talento entregado en defensa de la revolución.

Fuente: Abad de Santillán, Historia Argentina, Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires, 1981, Tomo I, pág. 471.

«Pero cuando considero que estos servicios en tanto deben merecer el aprecio de la nación en cuanto sean de una virtud y frutos de mis cortos conocimientos dedicados al desempeño de mis deberes, y que ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dineros sin degradarlos; cuando reflexiono que nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos que el dinero o las riquezas, que estos son un escollo de la virtud que no llega a despreciarlas y que adjudicarlas en premio, no solo son capaces de excitar la avaricia de los demás, haciendo que por general objeto de sus acciones subroguen el bienestar particular al interés público, sino que también parecen dirigidas a lisonjear una pasión seguramente abominable en el agraciado…; he creído de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de la patria, destinar los expresados cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras…»

Manuel Belgrano

Fuente: Felipe Pigna - El Historiador


jueves, 26 de septiembre de 2019

Felipe Pigna: “En la historia argentina hay una profunda negación sobre los pueblos originarios”



El conocido historiador Felipe Pigna analizó con sentido crítico el mal intencionado olvido y menosprecio de los pueblos indígenas en la visión de la historiografía liberal-tradicional de la República Argentina.
Con una breve disertación, donde también se refirió al proyecto de la llamada “organización nacional” que instrumentó el genocidio del pueblo indio, Pigna participó hace pocos días, en el teatro San Martín de la ciudad de Buenos Aires, de un acto de homenaje y rescate de la figura del cacique Juan Calfucurá, organizado por la Comisión Piedra Azul.
Esta es la transcripción de la charla de Pigna, a la cual asistió nuestro columnista Carlos Espinosa.
“En la historia argentina hay una profunda negación sobre los pueblos originarios. En los manuales de la escuela primaria, con los que se educan nuestros hijos, cuando se hace referencia a los pueblos originarios siempre se habla en pasado, ‘los mapuches habitaban Neuquén’ y ‘los pilagas estaban en Formosa’, dándolos por muertos. Además las descripciones de estos pueblos tienen que ver con características casi zoológicas, y se habla de usos y costumbres, y hay un desprecio que se evidencia en la forma de hablar de su arte –que es artesanía- y de sus religiones  -que son creencias, basadas en mitos y leyendas-; y de su lengua –que son dialectos-.
Es decir que toda esta caracterización marca una diferencia muy clara cuando los chicos empiezan a estudiar , por ejemplo, los pueblos europeos, y se habla de cultura, filosofía y otra cantidad de cosas que no les han sido dadas, aparentemente, a los pueblos americanos.
Partimos de un principio muy interesante acerca de cómo nuestros hijos se enteran de la existencia de estos pueblos.
Pero por suerte esto está cambiando, está apareciendo el cuestionamiento a la comunidad educativa, los chicos preguntan, aparecen textos alternativos en las escuelas. Pero lo que viene dado es bastante complejo y creo que es importante empezar por ahí y de una vez por todas ampliar esa cronología histórica, incluyendo en la historia nacional  los pueblos originarios. Porque nuestra historia no empezó en1536 ni en 1810, sino mucho antes, y es importante que los pueblos originarios no queden para una clase especial, como suele ocurrir con eso de ‘a vos te tocan los mapuches, a vos te tocan los diaguitas ’, una lámina y ya está. Esto lo digo con mucha experiencia docente, y de alumno también, y creo que no puede ser: tenemos que cambiar el programa de estudios para incorporar a una parte tan importante de nuestra historia, que aparece como marginal, sin importancia.
En cuanto al período histórico (en el que es protagonista el cacique Juan Calfucurá) me parece interesante ver cómo se cuenta la historia. Cuando se conforma la Confederación de Salinas Grandes la Argentina estaba dividida, por un lado el Estado de Buenos Aires y por el otro la Confederación Argentina, por la década del 60, un poco antes. Hay un momento en que la Argentina tiene tres Estados, pero sin embargo la historia oficial sólo habla de dos, la Confederación y Buenos Aires, negando este Estado tan interesante que fue el de Salinas Grandes.
Allí se puede ver, entonces, cómo se cuenta la historia, porque esa parte no está ni siquiera narrada, y hablamos de un Estado se conformó antes de la unificación de Alemania, o de la unificación de Italia, y sin embargo acá ni se lo menciona, no formó parte de nuestra historia.
En ese período en el que le toca vivir a Calfucurá es interesante rememorar que es la época de la llamada ‘organización nacional’ que tiene que ver con un hecho que ocurrió un día como hoy (17 de septiembre) en 1861, que fue la derrota de Pavón, y digo ‘derrota’ porque el derrotado fue el país. El triunfante fue (el general Bartolomé) Mitre, pero la derrotada fue la Nación, aunque Mitre es considerado fundador de la Nación en más de un sentido.
Lo que pasó en Pavón puso en evidencia un cambio rotundo en cuanto al país, en cuanto a lo que era el proyecto de la Confederación –contradictorio pero muy interesante- y el resto de la Argentina. Lo que comienza a producirse en ese momento es una organización del país con un modelo agroexportador y excluyente, que tiene como principal figura a Mitre.
Es interesante observar que Mitre llama a esta etapa como ‘proceso de Organización Nacional”, y muchos años después la dictadura de (José Alfredo) Martínez de Hoz y (el general Jorge Rafael) Videla eligió el nombre de Proceso de Reorganización Nacional, y la verdad es que hay puntos en común. El primero que salta a la vista es la imposición, con la fuerza y el uso de las armas, de un proyecto político, económico y social completamente antipopular. Mitre asume la presidencia en 1862 y aumenta el presupuesto militar hasta un 50 por ciento del total del presupuesto nacional. ¿Y contra quién íbamos a pelear? ¿A quién iba destinado  ese presupuesto militar?
No había ninguna  hipótesis de conflicto externo, el Ejército Nacional nace destinado a la represión interior, sus primeras campañas son contra argentinos, contra Chacho Peñaloza, contra Felipe Varela, y contra los pueblos originarios. Todo este ocurre entre 1862 y 1880, en un período que es llamado por la historiografía liberal como las ‘presidencias históricas’.
Las únicas llamadas ‘presidencias históricas’, según la historia liberal, son las de  Mitre, Sarmiento y Avellaneda, el resto no son históricas aparentemente. Esto coincide con el establecimiento de una Nación, de un Estado basado en un modelo económico agroexportador, en ese mundo que se apoya en la división internacional del trabajo y a nosotros nos toca el rol de país proveedor de materias primas y comprador de manufacturas, cuestión que había previsto  muchísimo tiempo antes Manuel  Belgrano, en 1796 cuando estaba en el Consulado de Buenos Aires y advertía que ‘los países civilizados se cuidan de exportar materia privada sin antes transformarla localmente, porque de lo contrario estarán creando desocupación en el país exportador y trabajo en el país importador’, y terminaba  recomendando ‘no exportemos cuero, exportemos zapatos’. Esta profecía lamentablemente se cumplió, porque el consejo de Belgrano no fue escuchado, porque la burguesía a estaba ocupada en otra cosa, en la exportación y la ganancia fácil, que tiene que ver con la expansión hacia el desierto y culmina con Roca. Esta valorización dela tierra que es tan diferente al proceso que se da en los Estados Unidos, donde el corrimiento de fronteras –que es una masacre igual que acá- tiene como posterior resultado totalmente un reparto de tierras con un máximo de 30 hectáreas por familia, con lo cual hay un fenómeno económico que tiene que ver con que esos pequeños y medianos productores necesitan tecnificar esos campos y esto incentivó y llevó al nacimiento de la industria en Estados Unidos. Mientras que en la Argentina después de la masacre sobrevino la apropiación por 600 familias de millones y millones de hectáreas, que resultaron improductivas y solamente se destinaron  a la especulación, porque ese es el modelo que se implanta a partir de 1862, con estas presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, que van conformando la Argentina moderna a la que Roca le pondrá la frutilla de la torta.
Es un modelo esencialmente excluyente, un modelo para pocos, un modelo donde el trabajo registrado no está garantizado, donde el trabajador no es consumidor y por lo tanto para la burguesía agropecuaria argentina cuanto menos le pague es mejor, donde el ganadero cobraba en libras y pagaba en pesos. Es un momento de alta inflación, porque la especulación tenía que ver con esto; es un momento de riqueza fácil, de grandes negocios en el período de 1862 al 80; y la conformación de un pensamiento vinculado al positivismo, a la idea del darwinismo social, la idea de que hay una raza superior que merece conquistar el mundo y en nuestro país es la raza blanca que evidentemente debe expandir sus saberes, porque como decía Kipling tiene la misión de llevar  la buena nueva por todo el mundo y en este caso, como decían Sarmiento  y Alberdi, había que combatir el desierto
Y este término aparece en la llamada conquista del desierto , que aparece como un lugar deshabitado, porque evidentemente para la generación del 80 los originarios no eran personas y entonces el concepto de desierto es altamente interesante. Incluso, en el caso de la otra conquista, que fue tremenda en el norte en el Chaco y Formosa , hablan del desierto verde, una casa bastante rara, casi un oxímoron. Y ratifican que quienes viven allí no son seres humanos, lo que conforma un ideario que se sostiene en el tiempo, con la idea del progreso en un modelo excluyente desde dos puntos de vista: desde lo económico, porque el trabajador no era un elemento interesante para el modelo, sino sólo un cliente; y desde lo político, basado exclusivamente en el fraude electoral, porque la gente no votaba ni tenía participación política.
Así que el modelo que empieza a conformarse con esta organización nacional, a partir de 1862, cierra únicamente con la exclusión y la represión, que va a tener distintos destinatarios: por un lado el llamado indio, el gaucho que es transformado de trashumante a peón de estancia, y finalmente otro perseguido va a ser el inmigrante que es portador de ideas maximalistas, lo que empieza a llamarse –como decía Cambaceres- el malón rojo. Porque una vez derrotado el indio el nuevo enemigo es el inmigrante portador de ideas revolucionarias, como las del anarquismo.”
Durante el acto mencionado también hablaron el investigador Guillermo David (autor del libro “El indio deseado, del dios pampa al santito gay” y del prólogo de la reedición de la biografía de Calfucurá por Álvaro Yunque), la historiadora Graciela Hernández y  Jorge Nahuel, de la Confederación Mapuche del Neuquén, en un panel coordinado por la socióloga Maristella Svampa.
Además se produjo la representación de un fragmento de la obra teatral  “Luna Kakana” (sobre el desplazamiento de los indios Quilmes, desde su pueblo original en Tucumán hasta el sur de Buenos Aires), y la actuó la cantante mapuche Beatriz Pichi Malen.
Finalmente se presentó oficialmente un documento con la firma de historiadores, referentes del pensamiento y el arte, miembros de organizaciones del Pueblo Mapuche, estudiantes y ciudadanes interesados en la reivindicación de las culturas indígenas,  titulado “La relevancia de Juan Calfucurá en la construcción de un Estado Plurinacional”.
Fuente: APP Agencia Periodística Patagónica (Argentina) - 25 de Septiembre de 2019

sábado, 16 de febrero de 2019

Santo y Seña de San Martín: “Con días -y ollas- venceremos”



José de San Martín nació el 25 de febrero de 1778 en el pueblo de Nuestra Señora de los Tres Reyes Magos de Yapeyú, situado en la costa del río Uruguay, en la provincia de Corrientes, del que su padre, el capitán Juan de San Martín era teniente gobernador desde 1774. Tras un breve paso por la capital virreinal, la familia se instaló en España en 1784. Allí José de San Martín recibió una sólida educación. En 1789 ingresó como cadete al regimiento de Murcia y en poco tiempo tomó parte activa en numerosos combates. Lució el uniforme español combatiendo contra moros, ingleses, franceses y portugueses.

Durante más de veinte años sirvió con denuedo al rey de España. Pero en 1811, tras enterarse de los sucesos de Mayo del año anterior, decidió regresar a su país de origen y pidió el retiro. Así lo recordaba años más tarde: “Yo serví al Ejército Español en la Península (…) hasta la edad de 34 años. En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar”.1

En marzo de 1812 San Martín arribó a Buenos Aires y empeñó todas sus energías a la causa americana. Creó el regimiento de Granaderos a Caballo, con el que triunfó en San Lorenzo en febrero de 1813. En 1814 quedó al frente del Ejército del Norte y no tardó en delinear su plan de dar libertad a Chile cruzando la Cordillera de los Andes y desde allí avanzar sobre Perú.
Pasarían varios años antes de que pudiera concretar tan ambicioso proyecto. Recién cuatro años más tarde, en la batalla de Maipú, en abril de 1818, quedó sellada la independencia de Chile, y deberá esperar más de tres años para poder lograr la independencia del Perú.

En esta última etapa de su plan de liberación, sabiendo que los españoles contaban con una fuerza superior y mejor equipada, San Martín debió agudizar el ingenio. Como detalla el texto que a continuación reproducimos, hizo entrar a Lima mensajes secretos cocidos en vasijas de barro que un indio le había ayudado a preparar. Sólo rompiendo las piezas podían sus partidarios acceder a las instrucciones del Libertador.

Fuente: Mariano Pelliza, Glorias Argentinas. Batallas, paralelos, biografías, cuadros históricos, Buenos Aires, Félix Lajouane Editor, 1885, págs. 213-218.

En una de las noches próximas a la retirada de La Serna, se había comunicado el siguiente “santo y seña” en el cuartel general de los patriotas: “Con días -y ollas- venceremos”. Los jefes y oficiales de San Martín, no obstante hallarse acostumbrados a las extravagancias de su general, extravagancias que siempre refluían en algún acontecimiento inesperado, recibieron esta vez aquel embolismo con una marcada ironía, pues que clasificaron de disparate tal ocurrencia; escasísima de chiste y despojada de toda alusión a las cosas del ejército, no como acostumbraba hacerlo el general. Y mayor fue la crítica por cuanto las interpretaciones que le dieron algunos oficiales en reserva tendían a que se comprendiesen como un reproche del general en jefe, porque el ejército deseaba venir a las manos con el enemigo, en tanto que San Martín quería ganar a Lima sin gasto de hombres ni de pólvora; pues a la verdad, no eran ni aquellos muy abundantes, ni ésta suficiente para quemarla sin urgencia y sin peligro. Pasó la noche y pasaron los días sin que nadie entendiera racionalmente el significado de tales palabras, y fue después de estar el ejército patriota en posesión de la capital, cuando San Martín en una de esas expansiones que, si no eran frecuentes, eran sinceras, refirió a sus íntimos amigos, en la tertulia de palacio, el secreto de las ollas que a la verdad era la incógnita de aquel problema.

Descubiertos constantemente sus emisarios por los espías de La Serna, pues entre los que se daban por patriotas algunos no lo eran, según pruebas que doña Rosa Campuzano, favorita del virrey, le había remitido desde la ciudad con grave compromiso de su parte; iba ya siendo imposible comunicarse de una manera segura con sus agentes de Lima. El tiempo urgía y le era preciso tener al corriente de los negocios a sus amigos que rodeaban al virrey, para que éstos a su tiempo, le comunicaran lo que pasaba en las regiones oficiales. Como no quería que nadie penetrara su secreto antes que el éxito lo abroquelase contra la sátira y la burla de los enemigos, un día que con sus ayudantes iba de Huaura a Supe vio venir un indio alfarero cargado con sus cacharros, y adelantándose hasta encontrarse solo con él detuvo el caballo, le dijo quién era, y le ordenó que al día siguiente se presentara en el cuartel general.

No faltó el indio, y habiéndole preguntado San Martín si le sería fácil fabricarle unas ollas de barro, allí en su presencia, la respuesta del viejo alfarero fue afirmativa. Volvió al día inmediato, amasó su barro, y sin más testigo que aquel singular genio y carácter se puso a modelar sus ollas. Estando ya una formada, le preguntó San Martín: de qué modo podría ponerse un papelito, en el fondo de la olla que al cocerse ésta en el fuego no se quemase ni destruyera. Le dijo el indio lo que era necesario hacer, y ensayó su procedimiento con el mejor suceso, pues, rota la olla, el papelito resultó intacto.

Contento San Martín por tan no sospechado sistema de sobres para girar su correspondencia revolucionaria, se acercó cariñoso al indio alfarero y poniéndole una mano sobre el hombro le habló así:

—Mi viejo curaca, si tú me pones una docena de ollas como ésta en poder del canónigo Luna Pizarro, que está adentro de la ciudad, ¡tú y todos tus hermanos serán libres para siempre! ¡Te lo juro por ese Sol de tus padres!

El viejo indio miró al Sol, miró a San Martín, en seguida bajó los ojos hacia la olla: se arrodilló delante del libertador de su patria y terminando su mímica, sólo dijo:

—Sí, prometo.

Sellado así aquel pacto que ahorraba la sangre y los estragos de una batalla para tomar a Lima, el indio se puso a su tarea, y San Martín introdujo cuidadosamente doce cartas en otras tantas ollas, que tuvo el cuidado de numerar o señalar con un signo cuya explicación corría en la esquela del canónigo. El trabajo salió a su satisfacción, y era ya noche cuando se dio fin al cocido de las ollas. Instruyó bien San Martín al indio, y en la primera hora de la mañana siguiente lo ponía en el camino de la capital, cargado y vendiendo su acostumbrada mercancía. Las guerrillas patriotas que circulaban en la ciudad con el título de montoneras lo dejaron pasar, y las avanzadas de La Serna, que no vieron en aquel indio viejo otra cosa que lo que representaba, ni siquiera se dieron el trabajo de interrogarlo y detenerlo; así pasó fácilmente, llegando sin tropiezo a su destino. El canónigo se hacía cruces, cuando al ofrecerle en venta una ollita el indio, cayó ésta al suelo y entre los despojos apareció una carta con su nombre escrito por letra ya para él muy conocida. Miró al indio y lo encontró con el dedo índice atravesado sobre los labios como diciéndole: “¡Silencio!” En seguida le pidió que le comprase todas las ollitas.

—¡Bien, tatita! ¿Cuánto quieres por todas?

—Dame, señor, un cortado de cuatro reales.

—¿Nada más?

—Nada más, eso es lo que valen.

—Dióle el canónigo la moneda que el indio quería y voló con ella a Supe, donde lo esperaba ansioso San Martín.

Un cuatro cortado era la contraseña, y San Martín vio que el indio, que de paso diremos se llamaba Díaz, había cumplido, y que toda su correspondencia quedaba entregada a sus amigos, porque el canónigo don Francisco Javier de Luna Pizarro era el eje sobre el que giraba la parte principal de sus maquinaciones en Lima. Cuadrando la casualidad del regreso del indio victorioso, con el momento de darse santo para esa noche, y satisfecho por el resultado de su invención, se le ocurrió consignar el suceso de la manera que lo hizo, escribiendo como una profecía, en el libro del estado mayor: “con días —y ollas- venceremos”, para que circulase como santo del ejército patriota en esa noche. Increíble parece que aquel hombre tan célebre en el gabinete, como grande en el combate; tan fuerte en la hora adversa, como humilde en los días que la victoria rodeaba su sien de resplandores, se allanase a procedimientos ostensiblemente pueriles, para conseguir frutos, relativamente pequeños, en vez de proceder como militar buscando la solución de la guerra en los campos de batalla. Pero él todo lo fiaba a la intriga en esa campaña, desde que le era preciso fecundar la idea de la emancipación, y porque no tenía a sus órdenes un ejército ni tan numeroso, ni tan bien armado como el de los realistas, para aventurar el éxito de su expedición en una batalla campal, estéril a su juicio, porque allí todo iba a depender del patriotismo de los peruanos.

Referencias:

1 Jorge Newton, Belgrano: una vida ejemplar, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1970. pág. 126.
Fuente: Felipe Pigna . www.elhistoriador.com.ar