Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.

Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

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martes, 4 de marzo de 2025

Pelea de Tigres



La danza de los tecuanes o tigres es común entre los nahuas del estado de Guerrero y parte de Morelos. El jaguar es un animal relacionado con la fertilidad y por ello aparece en los ritos asociados al ciclo agrícola. Una parte fundamental de éste es la escenificación de peleas cuyo propósito es el derramamiento de sangre; se considera que si ocurre en abundancia vendrán suficientes lluvias para los cultivos.

Con el término tecuani, “el que come hombres”, los nahuas identifican varias especies de felinos: tigres, jaguares, ocelotes, pumas, etc. Los felinos tienen un importante simbolismo: se asocian al poder por sus cualidades mágicas; se relacionan con la fecundidad y la fertilidad desde sus ámbitos en el inframundo y al interior de las montañas, lo que también los vincula con las lluvias.

(Basado en Lourdes Báez: mna.inah.gob.mx)
Tomado de “Pelea de tigres”, Arqueología Mexicana, Especial 77, pp. 48-49. https://arqueologiamexicana.mx/mexico.../pelea-de-tigres


Fuente:
Museo de las Culturas de Oaxaca 

martes, 6 de marzo de 2018

Salvando al Jaguar, la icónica – y amenazada- especie de América Latina



América Latina cuenta con más áreas protegidas que ninguna otra región del mundo. Pero este logro no ha sido suficiente para garantizar el futuro del jaguar, el felino más grande del continente americano.

En el pasado, abundantes poblaciones de jaguar habitaban desde el sudoeste de Estados Unidos hasta Argentina. Hoy solo quedan 64.000 ejemplares de Panthera onca en la vida silvestre, y 90% de ellos están confinados a la Amazonia, especialmente en Brasil.

Los jaguares de hoy ocupan la mitad de su rango histórico. La fragmentación del territorio ha vuelto cada vez más vulnerables a estos felinos, incapaces de cazar y aparearse en áreas pequeñas. En poco más de dos décadas, las poblaciones de jaguar han disminuido hasta en 25%.

La expansión urbana y agrícola es responsable de la pérdida de hábitat, pero el crimen organizado también ha cobrado su precio en la especie. Venerado por las antiguas culturas prehispánicas como un ícono de poder asociado con los dioses, el jaguar se enfrenta ahora a la codicia de los traficantes que venden partes de su cuerpo a los mercados asiáticos ávidos por su supuesto valor medicinal.

La caza del jaguar para la comercialización ilegal de sus colmillos es un crimen en ascenso en la Amazonía. (Fuente: Eduardo Estrada)

La conexión perdida entre las Américas
Hace solo 20 años las subpoblaciones de jaguar estaban interconectadas. Un lugar clave para mantener el flujo genético de la especie era Panamá, una nación repleta de bosques tropicales que enlazan el norte y el sur del continente.

Pero el rápido desarrollo urbano e industrial concentrado en los márgenes del canal interoeánico, que atraviesa al país de costa a costa, ha creado un obstáculo insalvable para la interacción entre las poblaciones de jaguar.

Hace 10 años que no se ve un jaguar en los parques naturales adyacentes al canal. La especie se vio forzada a buscar refugio en los extremos meridionales del país y en algunas zonas aisladas, explica Ricardo Moreno, investigador asociado del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales y quien preside la Fundación Yaguará, dedicada al monitoreo y la protección de los felinos.

Esta dinámica se repite en toda la región y ha desembocado en otra grave amenaza contra la especie: el conflicto con la ganadería. Ante la pérdida de territorios y presas naturales, el jaguar se ve forzado a cazar animales domésticos e inmediatamente se convierte en blanco de las represalias humanas.

Desde 1989, 360 jaguares han muerto en Panamá en manos de angustiados ganaderos.

La jaguar Fiona, rescatada en Panamá después de que su madre muriera en mano de cazadores. (Fuente: Eduardo Estrada).

La Fundación Yaguará y el Ministerio del Ambiente panameño trabajan juntos desde el año pasado para monitorear las poblaciones de felinos y educar a los campesinos sobre la importancia de las especies. Junto con otras organizaciones locales han colocado 500 estaciones de “cámaras trampa” en las selvas y han creado nuevos canales comunicación para que los ganaderos pidan asistencia oficial antes de optar por el rifle.

Amenazas emergentes
Mientras gobiernos, científicos y conservacionistas avanzan en la preservación del jaguar y su hábitat en toda América Latina, otro peligro se cierne sobre el felino: el aumento de la caza furtiva para el tráfico ilegal.

El comercio del jaguar está prohibido en todo el mundo, pues la especie tiene el máximo nivel de protección internacional. Pero la venta de productos medicinales hechos con su cuerpo y la exportación a Asia de partes como colmillos o genitales revelan un creciente mercado ilegal. Moreno describe esta nueva amenaza como “la muerte silenciosa del jaguar”.

Productos hechos con partes del felino, como la grasa, se ofrecen en casi todos los pequeños mercados regentados por ciudadanos chinos en las comunidades panameñas de la selva del Darién, el vasto bosque que también cubre parte de Colombia, dice Moreno.

En los próximos años, la caza furtiva podría convertirse en la amenaza número uno contra la especie, alerta otro biólogo Enzo Aliaga-Rossel, investigador asociado del Instituto de Ecología de la Universidad Mayor de San Andrés, en Bolivia.

Quedan entre 2.000 y 3.000 jaguares en el país andino. Pero si se tiene en cuenta el número de colmillos decomisados, es posible que la caza ilegal haya arrasado con más de 200 de estos ejemplares en los últimos años, calcula Aliaga-Rossel.

“El tráfico de colmillos de jaguar puede estar relacionado a la reciente llegada de compañías chinas involucradas en grandes proyectos de desarrollo. Un gran número de trabajadores chinos puede significar gran número de potenciales clientes de los productos de vida silvestre, y también potenciales comerciantes”, indica Aliaga-Rossel.

Los traficantes se aprovechan de la pobreza de los campesinos bolivianos: les ofrecen grandes sumas de dinero por los cadáveres de jaguar y lo hacen en los espacios públicos y en las radios comunitarias.

“El tigre se redujo dramáticamente debido al tráfico; tememos que los jaguares enfrenten el mismo destino si no se toman inmediatamente acciones preventivas”, alerta Aliaga-Rossel.

Un jaguar adulto en cautiverio en la Ciudad de Panamá. (Fuente: Eduardo Estrada)

Luchando por los jaguares
Grandes esfuerzos tienen lugar en la región para proteger a la especie. Gracias a estas iniciativas, en la peninsula de Yucatán en México, por ejemplo, la población de jaguar aumentó 10% en los últimos ocho años, alcanzando los 2.000 individuos.

"México ha invertido fuertemente en la preservación del jaguar, ya que es una especie tan emblemática", explica Antonio de la Torre, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México. 

Este instituto lidera uno de los proyectos más exitosos para proteger al felino, en la reserva de la biosfera de Calakmul, en la península de Yucatán. Seiscientos jaguares viven en este paraíso verde donde los esfuerzos de conservación comenzaron hace 20 años.

"Los proyectos exitosos combinan investigación científica, medidas de gestión ambiental y políticas públicas, con una visión a largo plazo; pero, sobre todo, requieren la participación de las comunidades locales ", agrega De la Torre.

Además de los esfuerzos de los países de la cuenca del Amazonas, que es el mayor bastión de jaguares en el mundo, varias iniciativas están ayudando las poblaciones de jaguares a prosperar nuevamente. Ese es el caso en el Parque Nacional de Iguazú en Brasil y del Gran Chaco en Paraguay.

Proteger a los grandes felinos es el llamado del Día Mundial de la Vida Silvestre 2018 el 3 de marzo. La campaña pretende impulsar el apoyo a las numerosas acciones mundiales y nacionales que se están llevando a cabo para salvar estas especies icónicas.

La campaña Feroz por la Vida de ONU Medio Ambiente también lucha para proteger a los grandes felinos del mundo, con un llamado mundial para detener el tráfico ilegal.

Fuente
ONU – Medio Ambiente – 28 de Febrero de 2018
https://www.unenvironment.org/es/news-and-stories/reportajes/salvando-al-jaguar-la-iconica-y-amenazada-especie-de-america-latina?utm_content=buffer0b290&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer




viernes, 5 de enero de 2018

El reino menguante del jaguar


El esquivo depredador americano es venerado como un símbolo espiritual. 

Hoy este felino se enfrenta a peligros que podrían convertir su imagen en un mero recuerdo.


Cámara trampa
El rayo infrarrojo de una trampa fotográfica pilla por sorpresa a un jaguar de 10 meses de edad cuando regresa a la seguridad de un árbol en la región brasileña del Pantanal, el humedal tropical más grande del mundo y uno de los últimos bastiones del jaguar. Las madres alientan a los cachorros a que trepen a los árboles cuanto antes para que aprendan a escapar de los depredadores.

Fotografia Steve Winter

Atracción turística
En algunas algunas regiones de Brasil y otras zonas del área de distribución del jaguar, los ecologistas trabajan para que el turismo se convierta en un acicate que impulse la economía local y garantizce la supervivencia de estos felinos.
Fotografia Steve Winter


Curandero peruano
El curandero peruano maestro Juan Flores se deja fotografiar junto al río Hirviente, otrora evitado por los lugareños por la presencia de jaguares y de fuerzas sobrenaturales. Hoy los únicos jaguares que hay son los que él invoca apelando al mundo de los espíritus. El maestro buscó curaciones tradicionales en este lugar tras recibir un tiro en las piernas; después fundó el centro de sanación chamánica de Mayantuyacu.
Fotografia Steve Winter


A la zaga de la presa
Las nutrias gigantes del Pantanal de Brasil colaboran entre ellas para ahuyentar a los felinos. Este jaguar las observa con recelo, sin atreverse a meterse en el agua.
Fotografia Steve Winter


Cachorros de jaguar
Una madre acicala a sus cachorros a orillas del río Três Irmãos en el Pantanal. Los jaguares se aparean en cualquier época del año y las hembras paren una camada de entre una y cuatro crías al cabo de unos cien días. Cuando los cachorros tienen un par de meses, la madre les ofrece presas heridas para que empiecen a destetarse y aprendan las habilidades de la caza.
Fotografia Steve Winter

Arte rupestre
El jaguar domina el arte rupestre descubierto en más de 80 paredes y afloramientos de roca del colombiano Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete. Durante décadas fue imposible acceder a est parque, ubicado en una de las selvas más salvajes de América del Sur, por la presencia de grupos armados en guerrilla contra el ejército regular. Los científicos creen que algunas de las representaciones de jaguares y otros símbolos podrían tener hasta 20.000 años de antigüedad
Fotografia Steve Winter

Los aprendices del maestro Juan Flores me ofrecieron la llave de entrada al mundo espiritual de los jaguares dentro de un pequeño cáliz de plástico. Contenía «la medicina», una decocción parda y densa a base de hojas de chacruna y lianas de ayahuasca que habían hervido durante dos días y decantado en botellas de agua recicladas. Para comenzar la ceremonia, el maestro consagró la infusión con exhalaciones de humo de mapacho, el tabaco silvestre amazónico. Acto seguido empezó a llenar el cáliz: una pequeña dosis para cada uno de los presentes.

Nosotros aguardábamos sentados en esteras, con mantas y cubos de plástico para recoger los vómitos, bajo el techo de paja de un amplio pabellón sin paredes llamado maloca. Éramos 28, procedentes de Estados Unidos, Canadá, España, Francia, Argentina y Perú. Todos habíamos ido en busca de alguna cosa hasta aquel puesto remoto de la Amazonia peruana, levantado a orillas de un curso de agua extraño y letal llamado río Hirviente.

Algunos confiaban hallar la cura de dolencias graves; otros buscaban orientación; los había que simplemente deseaban echar un vistazo a otro mundo, el rincón más esotérico de lo que Alan Rabinowitz denomina «el corredor cultural del jaguar». Este dominio –geográfico y cultural– abarca los hábitats y rutas migratorias que su organización conservacionista, Panthera, intenta proteger para garantizar la supervivencia de los cerca de 100.000 jaguares que quedan en el mundo y la vitalidad de su acervo genético.

Ritual con ayahuasca
La medicina se repartió en silencio, sin más sonido que el rumor del río, donde guirnaldas de vapor se mecían enremolinos de aire fresco nocturno. Cuando los aprendices se acercaron a mí, me puse de rodillas, tal vez por la antigua costumbre católica o por la simple imitación de la postura de todos los demás. Un aprendiz me tendió el cáliz; otro sostenía un vaso de agua.

Como quien se dispone a saltar al abismo, vacilé, recordando lo que el curandero don José Campos me había dicho unos días antes en la bulliciosa ciudad portuaria de Pucallpa, en Perú. «Usted no toma la ayahuasca –me dijo–. La ayahuasca lo toma a usted». Incliné la copa y bebí.

Había venido a ver al maestro juan a Mayantuyacu, el centro de sanación chamánica que él fundó en la década de 1990 con la idea de aprender más cosas sobre los jaguares, en especial aquellos aspectos que no pueden captarse con una cámara trampa.

Panthera onca es el carnívoro superdepredador de América del Sur y del Norte. Al tiempo majestuoso y feroz, sigiloso sin rival, se mueve como pez en el agua en los ríos, en el suelo de la selva y en las ramas de los ár­­boles. Sus ojos brillan en la oscuridad por acción del tapetum lucidum de sus retinas de visión nocturna.
Su mordedura es la más potente –en relación con su tamaño– de entre los grandes felinos. Y posee una característica que lo distingue de todos ellos: no muerde a sus presas en la garganta, sino en el cráneo, a menudo perforándoles el cerebro y causándoles una muerte instantánea. Su penetrante rugido gutural se antoja el sonido grave de la mismísima fuerza vital.

La doble vida de los jaguares
Pero durante miles de años los jaguares han llevado una doble vida, una existencia figurada que domina el arte y la arqueología de las culturas precolombinas en prácticamente la totalidad del área de distribución histórica de la especie, desde el sudoeste de Estados Unidos hasta Argentina. Fueron divinizados por los olmecas, los mayas, los aztecas y los incas, que esculpían efigies de jaguar en sus templos, en sus tronos, en las asas de sus ollas, en las cucharas que tallaban en los huesos de llama…

Su imagen aparecía entretejida en chales y sudarios de la cultura chavín, surgida en Perú en torno al año 900 a.C. Algunas tribus amazónicas bebían su sangre, comían su corazón y vestían con sus pieles. Muchos creían que las personas podían transformarse en jaguares y los jaguares, convertirse en personas. Para los desana del noroeste de Colombia, eran la manifestación del sol; para los tucano, su rugido anunciaba la lluvia.

La palabra maya balam denota tanto al jaguar como al sacerdote o hechicero. En la cultura mojo de Bolivia, el candidato por excelencia para el puesto de chamán era el hombre que había sobrevivido al ataque de un jaguar. Incluso hoy, cuando la especie ha sido expulsada de más de la mitad de su territorio original, siguen apareciendo por doquier manifestaciones modernas de esa relación milenaria.

Cada mes de agosto, por ejemplo, en el festival de La Tigrada, los vecinos de Chilapa de Álvarez, en el sudoeste de México, desfilan por las calles con máscaras de jaguar y disfraces moteados para pedir al dios jaguar Tepeyollotl lluvias y cosechas abundantes. Es posible encontrar la imagen de un jaguar rugiente en cualquier objeto imaginable, desde la lata de una de las cervezas más populares de Perú hasta toallas de playa, camisetas, mochilas, pescaderías y bares de ambiente.

Sin duda el elemento más misterioso de la doble vida del jaguar se oculta en los dominios del chamán y losextraordinarios estados de conciencia que los pueblos indígenas del alto Amazo­nas llevan milenios explorando a base de plantas psicotrópicas. En este universo esotérico en que los curanderos nativos afirman poder identificar el origen de todas las dolencias y hallar su cura con ayuda de los espíritus, el jaguar se erige como un aliado, un guardián, una presencia vital capaz de expulsar enfermedades, catalizar transformaciones y ahuyentar fuerzas malignas.

Entre la cornucopia de espíritus amazónicos que supuestamente moran en los lagos y ríos, en los animales y en las 80.000 especies de plantas estimadas que conforman uno de los ecosistemas más prodigiosos del planeta, el jaguar no tiene parangón. Mayantuyacu está a unos 50 kilómetros al sudoeste de Pucallpa. «Hace cuatro años no había carretera», dijo Andrés Ruzo cuando nuestra camioneta salió de la autopista de arcilla y grava para incorporarse a una pista precaria abierta sobre un terreno recién deforestado por los rancheros.

Al pie de una colina empinada había un santuario de cabañas y construcciones con techo de paja en medio de los árboles, en los que reverberaba el carillón gorjeante de las oropéndolas. Ruzo había llegado a conocer bien Mayantuyacu y al maestro Juan en los siete años que había es­tado estudiando el río Hirviente para su doctorado por la Universidad Metodista del Sur, de Texas, financiado parcialmente con becas de National Geographic.

Un río a 100ºC
El río, de unos seis kilómetros de longitud, se alimenta de unas aguas que se calientan a gran profundidad y ascienden por fallas de la corteza terrestre. En algunas zonas el río ronda los 100 °C, una temperatura capaz de acabar con cualquier criatura que se precipite a sus aguas.

Generación tras generación, los lugareños han visto en esta anomalía geológica un lugar de im­­portancia espiritual. La mayoría ni siquiera se acercaban al río, temerosos de los espíritus que habitaban sus vapores y de los jaguares que merodeaban en la selva circundante. Pero los curanderos –como muchos prefieren que los llamen– llevan toda la vida acudiendo a él para participar de su poderosa medicina.

Estudiosos de un tipo de ciencia diferente, la de los efectos de las plantas, adquirían sus conocimientos de fitoterapia en un proceso llamado «la dieta», en el que consumían y estudiaban los efectos de diversas recetas preparadas con hojas, raíces, cortezas y savias. Su plan de estudios incluía también la adquisición de conocimientos bajo los efectos de la ayahuasca, el medicamento psicotrópico por excelencia y la base de la vida espiritual de más de 70 pueblos indígenas y culturas mestizas de la Amazonia.

En nuestra segunda noche en Mayantuyacu, Ruzo nos llevó al fotógrafo Steve Winter y a mí a la cabaña del maestro Juan, uno de los curanderos más famosos de Perú. Estaba tumbado en una hamaca, sin más ropa que los pantalones, fumando un mapacho. A sus 67 años, parecía ser un hombre de pocas palabras, mesurado, estoico, observador; hablaba español con fluidez, pero era de esas personas que no se prestan a confianzas ni a interrogatorios.

Tiene 14 hijos, de entre 13 y 30 años. Algunos trabajan en Mayantuyacu. Hijo de curandero, se crio en la pequeña aldea de Santa Rosa, a 16 kilómetros al este del río Hirviente. Un día su padre salió sin la pipa y sin la protección del maestro espíritu del tabaco; le cayó encima un árbol y murió.

Por entonces Juan tenía 10 años, pero pudo continuar sus estudios gracias a que un curandero ashaninka lo tomó como aprendiz. A partir de ahí estudió con curanderos de muchos pueblos indígenas y contextos diferentes. Fundó Mayantuyacu tras haber visto la muerte muy de cerca cuando pisó una trampa de caza y el disparo resultante le destrozó la tibia. Para cuando pudieron llevarlo al hospital, había perdido tanta sangre que los médicos temieron por su vida. Tenían claro que nunca volvería a caminar sin muletas.

Una enfermera le insinuó que si era un gran curandero, entonces debería ser capaz de sanarse a sí mismo. Así que, transcurrida una semana desde el accidente, agarró las muletas y emprendió una ardua peregrinación río Pachitea arriba y selva a través hasta que se topó con un came renaco (Ficus trigona) que crecía inclinado sobre el río Hirviente, las ramas envueltas en vapor. Con aquel árbol preparó unos tratamientos cuya finalidad era el fortalecimiento óseo.
En cuestión de meses tenía la pierna como nueva. Poco después se casó con la enfermera que lo había desafiado y juntos fundaron Mayantuyacu, cerca del came renaco que lo había sanado.

Pero ahora, más de 20 años después, la salud de la región entera pasa malos momentos. Buena parte de la selva de los alrededores ha sido talada o quemada para hacer sitio al ganado. La mayoría de los animales han sucumbido a la caza. Hasta cuesta encontrar lianas de ayahuasca: ahora Mayantuyacu las importa de otras zonas de Perú o Brasil. En 2013, año en que se construyó la ca­­rretera, el came renaco que había encontrado el maestro Juan cayó al río Hirviente y murió.

Steve Winter sacó el portátil para mostrar a nuestro anfitrión las fotografías de jaguares que había tomado en el Pantanal brasileño.

El curandero sonrió y bajó la guardia. Fue como si estuviese contemplando fotos de una rama de su familia que se hubiese mudado lejos. Se entusiasmó como un chiquillo al visionar la filmación de un jaguar que se lanzaba a un río y salía de él con un caimán de 70 kilos en las fauces.

Terminado el espectáculo y cerrado el portátil, el maestro Juan encendió un mapacho.

El último jaguar de la zona
«Al último jaguar de esta zona lo mataron hace dos años», dijo. La mayoría de la gente de Mayantuyacu, sus aprendices, los trabajadores que preparaban las lianas de ayahuasca, jamás habían visto uno, excepto cuando los invocaban en ceremonias y se les aparecían en visiones. Para ellos el jaguar solo existía en el mundo espiritual. El maestro Juan comentó que solía invocar a los espíritus de los jaguares para proteger la entrada a la maloca durante las ceremonias.Había dos: uno vinculado con el jaguar moteado, el llamado otorongo, y otro relacionado con una variedad mucho más rara, el jaguar negro, al que se refirió como yanapuma.

Yo debía plantearle una pregunta dolorosa, porque saltaba a la vista que el maestro Juan era consciente del apocalipsis a cámara lenta que tenía lugar a su alrededor: un modo de vida estaba desapareciendo a medida que la selva ardía, la caza se esfumaba y el jaguar dejaba de rugir. ¿Cómo puede invocarse a los espíritus de los jaguares de la selva si en la selva no hay jaguares? «Los espíritus no se borran –dijo–. El cuerpo puede haber muerto, pero el espíritu sigue aquí».

Y, sin embargo, seguía rezando por el regreso del jaguar, pues sabía que una selva con jaguares es más sana que una selva sin el gran cazador que mantiene a raya a las demás especies. «Son buenos –dijo en voz baja–. Ojalá vuelvan». Sabía un poco a tierra, la ayahuasca del cáliz, acre y dulce a la vez, un poco como la melaza. Repartida la última dosis,se apagaron las luces y nos inundó la oscuridad de la selva, una oscuridad tan formidable como el rostro del jaguar negro cuya mirada desafiante habíamos visto de cerca, refulgiendo tras las barras de acero de una jaula de Pucallpa.

¿Cómo puede invocarse a los espíritus de los jaguares de la selva si en la selva no hay jaguares?

Media hora más tarde el maestro Juan, indicando que empezaba a sentir los efectos de la medicina que también él había bebido, empezó a entonar el primer icaro, una salmodia monótona que incorpora frases en distintos idiomas y sílabas sin sentido.Estaba sentado con las piernas cruzadas.

Llevaba una larga túnica de rayas, un tocado de plumas de loro de intenso color verde y collares cuyas cuentas eran grandes conchas marrones de caracol, huayruros (unas semillas carmesíes) y colmillos de jaguar. Daba la impresión de que su cántico movía la energía por la sala.

Aquellos asistentes que no percibían ningún efecto ingirieron una segunda dosis, alumbrándose el camino hasta el maestro con la luz de sus iPhones. El maestro Juan entonó una invocación de los espíritus de determinadas aves. Más tarde lo oí llamar a los jaguares a la maloca. Abrí los ojos y constaté que había seguido el círculo de esteras y estaba sentado justo delante de mí.

Después me explicó que los jaguares habían llegado y se habían sentado en la entrada de la maloca, pero solo un momento. «Pronto volvieron a internarse en la selva», dijo. Yo no los vi. La ayahuasca no me hizo ver jaguares ni ningún otro animal del mundo de los espíritus. Pero lo que sí vi en aquellas tres horas fue una de las experiencias más reveladoras de mi vida. El instante en que la ayahuasca se apodera de ti se denomina «la mareación», palabra que no hace justicia a la sensación de ser transportado a otro mundo; en mi caso, no al de los espíritus de los jaguares, sino al reino secreto de las plantas.

De pronto tuve la sensación de comprender cómo es avanzar por los dominios oscuros y claustrofóbicos de las raíces, elevarse desde el suelo por bóvedas catedralicias de luces y sombras como los zarcillos de una trepadora. Y cómo es saber, igual que uno conoce intrínsecamente el amor o la aflicción, que las plantas están tan vivas como cualquier animal, que tienen inteligencia y capacidad de sentir, que poseen lo que en verdad se me antojaba un modo de espíritu.

Me sentí embargado por lo que el poeta Dylan Thomas describió como «la fuerza que por el verde tallo impulsa la flor», dando a entender que en el universo existe un genio mucho mayor que el nuestro, órdenes ascendientes de genialidad tren­­zada en el ADN de todos y cada uno de los seres vivos. Oí a otros cantar, como en celebración de la misma epifanía: canciones religiosas en español entonadas por los peruanos de la zona que asistían a las ceremonias dos o tres veces por semana, salmodias del maestro Juan y sus aprendices, y algunas de las arias sin palabras más exquisitas que jamás había oído, icaros improvisados en el momento, reverberando de puro júbilo.

Me quedé despierto casi hasta al amanecer, tomando notas en mi diario, sabiendo que nada de lo que pudiese escribir expresaría la belleza y la extrañeza de aquella noche, las avalanchas de una nueva percepción, los ataques de risa que me sacudieron al darme cuenta de cuán absurdos son mi ciego materialismo y la locura de la vida neoyorquina, donde la naturaleza se reduce a ratas, cucarachas y los agobiados árboles de Central Park. En el desayuno me senté junto a un exaprendiz del maestro Juan que había sido mi vecino de estera la víspera. Me dijo que durante mi ataque de risa me había echado humo de tabaco, temiendo que me estuviese volviendo loco. Intenté ex­­plicarle que nunca me había sentido más cuerdo.

Con todo, debía preguntarme hasta qué punto había sido real todo aquello. La ciencia tiende a minimizar los efectos alucinógenos de la aya­huasca y atribuir muchas de las sanaciones de los curanderos al efecto placebo o a la sugestión, el hábil uso chamánico del escenario y el contexto. Los espíritus no se pueden verificar ni cuantificar.

Me inquietaba pensar en el joven canadiense que había conocido: tenía un tumor canceroso en la pierna, pero había rechazado la cirugía y la radiación y pensaba curarse con un tratamiento de fitoterapia e iluminación inducida por la ayahuasca.

La ciencia tiende a minimizar los efectos alucinógenos de la aya­huasca y atribuir muchas de las sanaciones de los curanderos al efecto placebo o a la sugestión.

En la misma línea, a la mañana siguiente la convicción del maestro Juan de que la naturaleza era un hervidero de espíritus ya no me parecía tan ridículo. Nada ridículo, de hecho. Él vivía en un mundo que no se había convertido en una máquina. Donde yo oía el ruido del río como simple agua discurriendo sobre roca, él oía un coro de voces, incluida a veces la de su hermana, que siendo niña se había ahogado en un lago y años después se le aparecía en forma de sirena.

¿Quién era nadie para negar su realidad? Con su medicina, el maestro había mostrado a todos los presentes en la maloca aquello que conocía de un mundo distinto. Lo que quisiésemos creer de esa realidad dependía de nosotros.

Un gran número de europeos y estadounidenses viaja a Mayantuyacu y otros centros chamánicos de Perú con la esperanza de hallar algo del «espíritu del jaguar» dentro de sí mismos. La lección general que a mí me enseñó la ayahuasca fue que el rugido del jaguar es una de tantas voces de la sinfonía ecológica, y que con demasiada frecuencia nos centramos en las especies emblemáticas –singularmente en los grandes felinos– y olvidamos que una parte crucial de su identidad es el entorno en el que viven y su convivencia con otros miles de organismos, incluidos nosotros.

Días después Ruzo me relató la visión que experimentó uno de los aprendices del maestro Juan durante la ceremonia. Había visto un esqueleto completo de jaguar, tendido de costado a orillas del río Hirviente. El maestro Juan y Ruzo habían debatido extensamente sobre aquella visión.

El maestro Juan interpretaba que el esqueleto significaba que el jaguar –en todas sus formas– ya no puede proteger la selva que rodea Mayantuyacu. No tiene la menor duda de que ahora depende de él, de Ruzo y de todos los conservacionistas que veneran el poder y la elegancia del jaguar, que la selva se mantenga indemne.

Escrito
Chip Brown

Fuente
National Geographic - 1ro de Enero de 2.018




lunes, 20 de noviembre de 2017

Jaguares en peligro: un estudio revela que su estado de conservación es crítico


Jaguar (Pantera Onca). Foto: PROCAT Colombia

Fuente: Mongabay Latam

Escrito : María Lourdes Zimmermann @mongabaylatam

“Las manchas del jaguar son más oscuras de lo que parecen”, es la metáfora que utilizó José Fernando González-Maya, investigador colombiano costarricense, para explicarle a Mongabay Latam la crítica situación que afronta esta especie.  En una investigación publicada a comienzos de año en la revista internacional Oryx, González-Maya y otros científicos del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México confirmaron que el jaguar (Pantera Onca) se encuentra en peligro y podría desaparecer.

Desde hace  20 años, la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (UICN), entidad internacional encargada de catalogar el riesgo de extinción de todas las especies en el mundo, tiene clasificado al jaguar o Pantera onca en estado de Casi Amenazada, explica González-Maya. La alta distribución de la especie que habita todo el continente americano desde el norte de México y parcialmente el sur de Estados Unidos, hasta el norte de Argentina, ocupando la gran mayoría de hábitats por debajo de los 2000 m.s.n.m., hacía suponer que reducía las probabilidades de que la especie desapareciera a corto plazo precisamente por estar presente a lo largo y ancho del continente.

Sin embargo, los científicos Antonio de la Torre, José F. González-Maya, Heliot Zarza, Gerardo Ceballos y Rodrigo Medellín, responsables de la investigación y expertos en conservación, identificaron que esa realidad no era uniforme en todo el espacio de distribución de esta especie, es decir, que no era igual para todo el continente, así como tampoco el riesgo de perder la especie a nivel de sus poblaciones locales. En resumen, el estado de conservación de la especie es mucho más crítico de lo que se pensaba según lo consignado en las listas de la UICN.

La grave situación del Jaguar
A través de diversos estudios, los investigadores analizaron todas las variables que les permitieron concluir que: “de las 34 poblaciones que se calcula que existen en toda América, 25 de ellas deberían ser consideradas En Peligro Crítico y ocho en Peligro de Extinción, siendo solo la población amazónica la única que podría ser categorizada como de Menor Preocupación”.

En total, el estudio determinó que el jaguar ha perdido el 48 % de su distribución original en la estimación más optimista, y un 55 % en una estimación más ajustada, lo que implica por lo menos la pérdida de la mitad de los jaguares en el último siglo.

La evaluación del estado de conservación de la especie calculó la distribución de las poblaciones a lo largo del continente y determinó el número aproximado de animales que quedan, su grado de aislamiento, amenazas y el estado actual de cada una de las poblaciones. Las cifras indican que solo quedarían en América 64 000 jaguares, según lo determina la investigación, y que la Amazonía albergaría hoy 57 000 ejemplares, lo que representa un 89 % del total de los jaguares.

José Fernando González-Maya le contó a Mongabay Latam con preocupación que el 97 % de las poblaciones de jaguar (33 de las 34 identificadas) están en peligro crítico de desaparecer, poniendo en riesgo no solo la supervivencia de la especie a largo plazo, sino también la estabilidad y salud de los ecosistemas de la mayor parte del continente.

El jaguar es una especie controladora y por eso es importante asegurar la  conservación de las poblaciones de este felino, porque los cambios en la presencia y abundancia de la especie en los ecosistemas podrían repercutir en el incremento de algunas presas, especialmente de herbívoros y mesodepredadores (depredadores de tamaño mediano que suelen aumentar cuando se eliminan los depredadores más grandes), así lo indican investigadores como Kevin R. Crooks y Michael E. Soule en un artículo publicado en Nature.

Las poblaciones de jaguares, por ejemplo, se encargan de controlar especies como el zaino o cerdo de monte, animal que depreda semillas y funciona como dispersor, pero que de no ser controlado por los jaguares podría convertirse en una plaga y afectar el equilibrio de los bosques al depredar la vegetación disponible, las semillas y frenar la regeneración del mismo. Este caso grafica muy bien la importancia de la presencia de controladores en la naturaleza.

Las alertas recientes de deforestación en Colombia amenazan el hábitat de los jaguares. Foto: PROCAT Colombia.

Jaguares en Colombia
La situación es alarmante. Si bien las poblaciones de la Amazonía colombiana se encuentran estables, se calcula que el número de ejemplares en el resto del país bordea con suerte los 1500, según un estudio del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México publicado en la revista internacional Oryx. De este grupo, los ejemplares distribuidos entre el Nudo del Paramillo y la Serranía de San Lucas, la Serranía de Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta al norte de Colombia, se encuentran en Peligro Crítico, mientras que los que habitan el Chocó Biogeográfico en el Pacífico colombiano están en Peligro de Extinción, como lo explicó José Fernando González-Maya.

Y a pesar de que la investigación destaca que las poblaciones más estables están en la región Amazónica —compartida entre Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Guyanas y Venezuela— se determinó que las alertas de deforestación en Colombia publicadas recientemente por el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) demuestran que en la Amazonía del país la pérdida de los bosques aumenta notablemente. Esto impacta directamente en las poblaciones de jaguares, debido a que la construcción de varias vías ilegales y de la marginal de la selva, como señala Edersón Cabrera Investigador del IDEAM, ponen en riesgo la supervivencia del jaguar por la fragmentación de su hábitat.

Según el IDEAM, el área de la Amazonía colombiana que tiene la mayor presión está localizada en el noroccidente del país, entre los municipios de Mesetas y Uribe en el departamento del Meta; en el área de manejo especial de la Macarena, en la que se encuentran los parques Serranía de los Picachos, Tinigua y  Macarena; además del Distrito de Manejo Integrado de la Macarena sur y un sector del Parque Chiribiquete. Es en estas zonas, según el instituto de investigaciones, donde las alertas tempranas por deforestación han reportado las mayores presiones, básicamente asociadas a obras de infraestructura como carreteras ilegales que ascenderían a 12, así como pistas aéreas que serían utilizadas por narcotraficantes, según lo denunció el Ministerio del Ambiente.

Edersón Cabrera precisó que en el sector sur del Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena, en el municipio de San José del Guaviare, hay numerosas alertas de deforestación asociadas al desarrollo de la vía marginal de la selva. Para el investigador “en términos de conectividad y áreas de bosques naturales, esta situación es una amenaza actual para la movilidad de una especie como es el jaguar, teniendo en cuenta la fragmentación que hay en la parte baja de los Andes de Colombia conectados con los bosques de la Amazonía central del país”. La deforestación está poniendo en peligro el desplazamiento de una especie de mamífero como el jaguar que necesita de grandes extensiones y de buena comunicación entre sus poblaciones para asegurar la estabilidad de la especie.

Las amenazas que tienen en vilo a la especie
El impacto de las actividades humanas en el bosque tiene en jaque a los jaguares. La publicación El Jaguar en el Siglo XXI, Perspectiva Continental, editada por  La Universidad Nacional Autónoma de México en el 2016 y que reúne el trabajo de diversos investigadores, concluye que “la pérdida de hábitat y su transformación para construir asentamientos humanos, cultivar comida y producir bienes económicos, causa drásticas disminuciones en las poblaciones de los jaguares convirtiéndose en un preludio a la extinción”.

Este problema que genera la pérdida de hábitat se evidencia en un conflicto reportado recientemente entre jaguares y comunidades, y que suele terminar con la muerte de los felinos, caso que se da en la mayoría de los países latinoamericanos con presencia de la especie.

Durante el año 2014, en las comunidades de El Congo, Lourdes, La Unión y Nueva Granada en el corregimiento de Siberia, departamento del Magdalena, al norte de Colombia, mataron cuatro jaguares en un período de cuatro meses por considerarlos una amenaza. La presencia de los animales en las zonas no era casual, un incendio devoró 2000 hectáreas de bosque en la Sierra Nevada de Santa Marta, según la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (CORPAMAG), lo que afectó el hábitat de los felinos y provocó que los animales salieran a buscar alimento a las fincas. Los perros, burros y el ganado vacuno se convirtieron en presas fáciles pero esto terminó por costarle la vida a cuatro jaguares. Los animales fueron sacrificados por las mismas comunidades que más tarde denunciaron el hecho ante la autoridad ambiental del departamento.

Lo que más preocupa a los investigadores es que la población de jaguares que habita la Sierra Nevada de Santa Marta, justamente en el departamento de Magdalena, es la más amenazada de las cinco poblaciones estudiadas, como explicó González-Maya.

Y aunque la legislación colombiana protege al jaguar y prohíbe específicamente su cacería desde 1973, las represalias contra la especie son repetitivas e incluso publicadas en redes sociales.

Lo anterior es solo una muestra de los múltiples factores que generan la pérdida de la especie y que han llevado a los científicos a afirmar que en Colombia solo está protegido el 3 % del rango de la especie.

Fuente: Lado  B – 24 de Marzo de 2017