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Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Calfucurá: El poderoso




Calfucurá -Piedra Azul, en castellano- fue el último Señor de las Pampas que negoció con gobernantes y combatió contra el ejército criollo, hasta que en su vejez fue vencido por tropas del presidente Domingo Faustino Sarmiento en la batalla de San Carlos, actualmente el partido bonaerense de Bolívar.

Según la tradición, Calfucurá nació al oeste de los Andes en Llaima, en el Ngulu Mapu; sin embargo, otra versión sitúa su nacimiento entre Pitrufquén y el lago Colico, también en el actual territorio chileno. Posiblemente entre 17603 y 1780. E incluso en una fecha tan tardía como 1790. Sería por tanto, un moluche (nguluche, “occidental”) desde el punto de vista de los mapuches asentados al este de los Andes, posiblemente huilliche o pehuenche con algo de sangre huilliche, ya que al llegar a las pampas iba acompañado precisamente de jinetes de esos grupos étnicos. Era hijo del cacique Huentecurá (piedra de arriba), nacido hacia 1730, uno de los jefes que había ayudado a José de San Martín en su cruce de los Andes.3 Tenía por hermanos a Antonio Namuncurá (pie de piedra), padre del cacique Manuel Lefiñancú, y al poderoso toqui Santiago Reuquecurá o Renquecurá (piedra que hace dos -lava de volcán-), que vivió entre 1800 y 1887, líder de numerosas tribus pehuenches, podía poner en pie de guerra más de 2.500 hombres.

Calfucurá, el soberano absoluto de su pueblo durante unos 40 años, murió de pena, rodeado por la “chusma” (mujeres), pocos años después de que reconociera que, al caer sus lanzas, estaba todo perdido para los suyos. Una de las consecuencias de la derrota fue que su tumba fuera profanada por soldados de la denominada “Campaña del Desierto” contra el indio, que encabezó Julio Argentino Roca desde 1879, y que sus huesos terminaran en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Más allá del respeto por todos los caciques que surcaron estas tierras, los descendientes de los “antiguos” sienten por Calfucurá una admiración especial por haber sido el último gran emperador de la extensa Pampa, desde Mendoza hasta Buenos Aires.
La historia de poderío de este araucano llegado de Chile puede comenzar a contarse a partir de 1829, cuando Rosas asumió el gobierno de la provincia de Buenos Aires y dijo que negociaría con los indios pacíficos y enfrentaría a los insumisos. El entonces líder de los rebeldes era el cacique pampa Toriano, secundado por Calfucurá y su hijo Namuncurá (padre de Ceferino, “el santito de las pampas”), finalmente vencido por tropas de Rosas y de sus amigos indios borogas. Tras el fusilamiento de Toriano en Tandil, los borogas comenzaron a perseguir y matar a los vencidos y cometieron varias masacres, hasta que tres años después Calfucurá los emboscó, mató a unos mil guerreros y se llevó cautivas a todas sus mujeres.

La venganza de Calfucurá provocó un incesante avance de tropas de Rosas, que mataron uno a uno los caciques que encontraban y ese fue el momento en que “Piedra Azul” tomó el mando de todas las tribus conformando la Confederación Araucana, tras matar al cacique chileno Railef. El cuartel central del nuevo caudillo pampa fueron las tolderías de Salinas Grandes, donde, en forma inteligente, formó espías y perfeccionó su lenguaje castellano para comenzar a negociar de palabra y por escrito con Rosas (y después de la caída del Restaurador de las Leyes en la batalla de Caseros, con otros gobernantes).

Al descubrir que los nuevos gobernadores no tenían la mano dura de Rosas, pero persistían en usurpar las tierras pampas, Calfucurá lanzó una nueva campaña de grandes malones, saqueando estancias y pueblos enteros.

Mientras tanto, recibía los diarios de Buenos Aires y Paraná y se enteraba que, aprovechando la desunión nacional, podía negociar con el caudillo entrerriano Justo José Urquiza.

Tras sellar la paz con Urquiza, desconoció todo poder bonaerense y sus “conas” (guerreros) llegaron con sus “chuzas” (lanzas) hasta pocos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y hasta vencieron en la batalla de Sierra Chica (Olavarría) a Batolomé Mitre. Luego de Mitre fue el turno del general Hornos, quien enfrentó al poderoso ejército de Calfucurá en Tapalqué y también resultó vencido, por lo que los porteños, con la indiada a sus puertas, comenzaron a padecer el terror de ser invadidos en la propia gran ciudad.

Cuando su poderío parecía no tener límites, Calfucurá intentó una decisiva hazaña y le declaró formalmente la guerra al presidente Sarmiento. Fue su último gran error: resultó impensadamente vencido en la batalla de San Carlos y nunca más volvió a guerrear. Recluído en Salinas Grandes, Calfucurá pasó en adelante sus días inmerso en la tristeza hasta que el 4 de junio de 1873 dejó el legado de “no abandonar Carhué al huinca”, porque ese era el paso obligado hacia el centro de la Confederación, y murió.

Calfucurá fue sepultado con los honores de un gran cacique y en su tumba fueron colocados sus ponchos, sus armas, su platería y unas 20 botellas de anís y ginebra, las que fueron bebidas por sus saqueadores años después, sin que les importara el valor sagrado de esas ofrendas. El teniente Levalle fue el encargado de recolectar los huesos y las pertenencias de quien había sido el temerario dueño y señor de las pampas, las que finalmente recalaron a fines del 1800 en el museo platense.

El éxito de la Campaña del Desierto terminó dándole la razón a Calfucurá como gran estratega de la guerra contra el “huinca”: tras su muerte, Roca ordenó a su ejército ingresar por Carhué, arrasar Salinas Grandes y terminar con Choele Choel, el lugar secreto por el que la Confederación traficaba ganado a Chile.

Leyendas
En torno a la figura de Calfucurá se han tejido numerosas leyendas, incluso mientras estaba con vida. Se decía, por ejemplo, que tenía dos corazones o que tenía a su servicio a un witranallwe (jinete fantasmal) que le ayudaba en las batallas.

Según creían sus seguidores cuando Calfucurá era niño recibió una pequeña piedra cherüwfe (meteorito) de color azul de manos de un huecufu (espíritu maligno), convirtiéndolo en invencible. Fue por los años 1780 o 1790. Cuentan que apareció en el wall-mapu, una brillante luz surcando los cielos. Que una roca cayó a la tierra cerca de una aldea en Llaima, la parte occidental del país de los mapuches. Al tiempo que caía del cielo se oía el llanto de un recién nacido, y como la piedra era de color azul, bautizaron al niño con el nombre de “Calfu-Cura” que en mapudungun (la lengua mapuches) quiere decir piedra azul.

Hicieron con un fragmento de la roca un amuleto que colgaron al cuello, porque según dijo la machi (la chamán), era un regalo de Ngueñechen para proteger al elegido que lideraría a su pueblo a la libertad.

Cuentan también que el día de su nacimiento, se despertaron los pillanes (espíritus de los volcanes) para entregarle en ofrenda dos corazones que lo harían invencible.

Cafulcurá llegaría a ser conocido como uno de los más grandes caciques de la nación mapuche.

Fuente
AIM Agencia de Informaciones Mercosur (Paraná – Entre Ríos -  Argentina – 1 de Junio de 2.017

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