Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.

Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

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domingo, 27 de septiembre de 2020

De norte a sur, por las rutas de la mitología argentina

Historias sobre santos populares a los que se venera con devoción, hechos sobrenaturales y relatos de criaturas mágicas que se transmiten de generación en generación y que contribuyen a nuestra a la identidad nacional argentina.



El Gauchito Gil. El santo popular correntino protagoniza esta obra de Marcos López, presentada como altar con las velas coloradas que siempre lo acompañan Crédito: gentileza Marcos López

Cada terruño, cada pueblo, cada rincón de la Argentina atesora una historia para compartir. Algunas que cuentan del pasado, de sus habitantes, de sus costumbres y tradiciones, pero muchas otras que hacen equilibrio sobre la delgada línea de lo real, quizá las más jugosas, las que no se olvidan. Las que colaboran para descubrir el país de una manera diferente, más humana, más cercana a su gente. Hay leyendas y mitos arraigados de La Quiaca a Ushuaia, desde hace siglos y también surgieron nuevos, más actuales, pero nadie se cuestiona si son verdaderos, porque eso deja de ser relevante. Lo importante, lo que les da valor, es que muchos crean profundamente en ellos.

"Cuando algo es falso, ficticio, fantasioso, no verdadero, se dice que es un mito. Pero el mito está lejos de ser una ficción y no solo por el hecho de que los pueblos que lo experimentan lo sienten un relato verdadero, distinto al cuento, en el que reconocen, sí, una ficción. El mito es verdadero sobre todo porque expresa o representa una realidad profunda, que más que a los fenómenos descritos hace a sus significados ocultos. En este sentido puede decirse que el mito constituye una parte sustancial tanto de la cultura popular como de toda forma de cultura, por lo que es necesario aprender a contar con él sin avergonzarse", escribe el antropólogo tucumano Adolfo Colombres en el libro Nuevo Manual del Promotor Cultural I.

Existen mitos de los más variados. Algunos llegaron de los pueblos originarios que habitaban nuestra patria, de la época de la conquista española; otros son historias de tierra adentro, y hasta los hay urbanos, desparramados de generación en generación, que forman parte del imaginario popular y que construyen la identidad argentina, un patrimonio simbólico de lo más valioso. Historias que muy lejos del Olimpo griego conviven a la vuelta de la esquina.

Enumerar todos los mitos y leyendas argentinos sería aventurarse en un camino sin fin. En Seres mitológicos argentinos, Colombres cataloga de forma exhaustiva más de 500 criaturas sobrenaturales que habitan en el país, como el Pomberito, la Luz Mala, al Chancho con Cadenas, la Pachamama, la Mula Anima y el Lobisón.

Tampoco se podrá buscar una versión oficial, definitiva, porque los mitos tienen la virtud de cambiar, de transformarse, sin por eso perder su esencia. No hay una voz más autorizada que otra para relatarlos. Claude Lévi-Strauss en su Antropología estructural dice que existen muchas versiones de un solo mito pero que sigue siendo el mismo mientas se lo perciba como tal. También aporta que los mitos se reproducen con los mismos caracteres y a menudo con los mismos detalles en diversas regiones del mundo. Un buen ejemplo es el de La Llorona, una mujer que ahogó a sus hijos, luego se suicidó y, arrepentida, deambula en busca de sus niños por las calles de México y también por nuestras pampas.

Buscando a Nahuelito. Relatos anteriores a la llegada de los españoles dan cuenta de un ser que vive en las profundidades del Nahuel Huapi, en Bariloche Crédito: Aníbal Greco

Algunos cruzaron las fronteras del lugar donde se originaron y se extendieron aquí y allá y otros se mantienen cautivos en su tierra natal. Por medio de estas historias populares también se recorre el país. En muchas ocasiones son los guías los encargados de contarlas durante una visita turística y que se reciben como el mejor suvenir. También se va en busca de ellos, porque muchos viajan con la única razón de acercarse a ese mito, de vivirlo, de seguirlo y adorarlo.

Quién no escuchó hablar de la Luz Mala, que desde la época de los gauchos despierta temores por diferentes provincias. Un fuego, un rayo de luz, que se ve a la distancia, generalmente de noche y que representa un ánima en pena, el alma de personas que murieron injustamente. Que vuelven para pedir justicia, pero que pueden agredir a quienes las vean. El consejo para evitar algo malo, que viene de aquel entonces, es morder la vaina del cuchillo...

En Bariloche, al navegar por el imponente Nahuel Huapi hasta el más incrédulo intenta descubrir en las profundidades al ya famoso Nahuelito o al menos alguna explicación posible de estas apariciones extrañas, que, según se dice, continúan produciéndose desde los tiempos anteriores a la conquista española. Incluso hace pocos meses, en enero, se viralizaron videos con movimientos extraños en el agua, donde parecería que un animal emergía y se sumergía en el lago, que siguen avivando, como el alcohol en el fuego, el mito.

Tampoco se podrá buscar una versión oficial, porque los mitos tienen la virtud de cambiar, de transformarse, sin por eso perder su esencia. No hay una voz más autorizada que otra para relatarlos.

Las conjeturas sobre esta criatura acuática, que los pueblos originarios llamaban "el cuero", son variadas.

Para muchos es un sobreviviente de la época de los dinosaurios, probablemente un plesiosauro, para otros, una mutación de algún animal local o hasta un submarino de origen desconocido. También se habla de mantarrayas, aunque nunca pudo confirmarse la presencia de estos peces. En ocasiones se lo describió como una criatura que medía entre 5 y 7 metros de largo.

A Capilla del Monte, en el norte cordobés, se la conoce más por las historias de ovnis que la sobrevuelan que por sus paisajes de sierras y quebradas. Las apariciones extraterrestres en la zona siguen siendo el centro de atracción y el cerro Uritorco, el faro que, por alguna razón, las atrae. Todo comenzó en enero de 1986 cuando una noche se vio una luz que sobrevoló el terreno y a la mañana siguiente apareció una gran marca ovalada de pasto quemado de 122 metros de largo por 64 de ancho en el cerro El Pajarillo. Nuevediario con José de Zer al micrófono se encargó de la divulgación nacional y de sembrar definitivamente las semillas del turismo esotérico y de un campo energético en el Uritorco. Miles de viajeros comenzaron a llegan en busca de esas luces de otro mundo, que muchos aseguran ver con asiduidad y que se aprecian en fotografías y videos. Los ufólogos Fabio Zerpa primero y luego el peruano Ricardo González, contribuyeron con testimonios, estudios y abundante bibliografía. Hasta la NASA, según publicó el New York Times, tendría informes sobre avistamientos de vehículos aéreos inexplicables en el Uritorco.

OVNI en Córdoba. La entraña mancha de pasto quemadode historias extraterrestres en el Uritorco Crédito: Natacha Pisarenko
Al Bosque Energético de Miramar, que se extiende a lo largo de dos hectáreas sobre un tramo de la ruta 11, es otro de los lugares donde se llega en busca de algo, aunque no se sepa muy bien de qué. Hace años que está asociado con fuerzas sobrenaturales, energías que desafían las leyes magnéticas y la gravedad, como la prueba habitual que realizan los guías que muestra como una ramita puesta sobre otra en forma T se queda sin caerse, haciendo equilibrio. Este campo magnético especial se lo atribuyen a la caída de un meteorito hace más de 3,5 millones de años en la zona. El mito siguió creciendo: algunos residentes aseguran haber visto luces de colores sobrevolando el bosque de noche, que se pierden en el mar y otros, afirman que entes invisibles aparecen en fotos.

Milagros y devoción

No pertenecen al santoral de la iglesia católica ni de ninguna congregación religiosa, pero se los venera como a un santo, se les rinde tributo, se podría decir que tuvieron su canonización popular. Tienen sus altares, santuarios y estampitas y se viaja especialmente para verlos, porque según se cree, hacen milagros. Y les dedicaron libros que cuentan sobre su devoción, como Santos ruteros. Difunta Correa al Gauchito Gil, de Gabriela Saidon o el reciente Gauchito Gil, un libro fotográfico de Dagurke, que da cuenta del fenómeno.

La Difunta Correa, desde San Juan, conmovió con su historia muy conocida de muerte y vida. Deodelina fue en busca junto con su bebe, de su marido, que había sido capturado. En el camino murió deshidratada, pero el hijo sobrevivió porque siguió manando su leche, el primer milagro que se le atribuye. Unos arrieros la encontraron y rescataron al bebe. En el segundo milagro, muchos años más tarde, se dice que reunió el ganado perdido de otro arriero. Y así comenzó la historia de devoción y peregrinación constante a Vallecito, a 64 km de la capital sanjuanina, lugar de su muerte, donde se levanta el santuario en su honor.

El Gauchito Gil, que era devoto de San La Muerte, otro santo popular, tiene su santuario principal sobre la ruta nacional 123, cerca de la ciudad correntina de Mercedes y muchas sucursales desparramadas por el país, incluso altares al costado de las rutas, adornados con cintas rojas. Hay muchas versiones sobre su vida: que era un ladrón de ganado y ayudaba a los pobres, que era un matón autonomista, que era un desertor de guerra. Un 8 de enero de hace casi 150 años, a Antonio Mamerto Gil Núñez, tal su nombre completo, lo mataron colgándolo de un algarrobo. Según cuentan, le dijo a su verdugo que cuando regrese a su casa encontraría a su hijo muy enfermo, que lo invoque, que él lo curaría. Y así fue, el niño se recuperó y el Gauchito Gil con los años se transformó en el santo pagano más importante del país.

Quizás menos conocida es la historia del Angelito Milagroso, de Villa Unión, en La Rioja, un bebé que murió hace más de 50 años, su cuerpo se mantiene prácticamente intacto, como una momia (no se sabe por qué se conserva de esa manera) y que aseguran, hace milagros. Miguel Ángel Gaitán nació el 9 de julio de 1966 y cuando estaba por cumplir su primer año murió de meningitis. Lo sepultaron en el cementerio de Villa Unión, donde tiene su mausoleo y recibe visitantes que llegan especialmente para pedirle y agradecerle.

La historia de milagros comenzó siete años después de su muerte: luego de una fuerte tormenta, se encontró el mausoleo donde descansaba destruido. Se volvió a construir. Al poco tiempo, otra vez se volvió a destruir, pero sin ninguna explicación y luego dos veces más. "Mi mamá y papá contaban que el nicho se derrumbaba y el cajoncito quedaba sobre los ladrillos hechos polvo. Lo volvían a construir y pasaba lo mismo. Una vez que fuimos al cementerio la tapa del ataúd estaba corrida y pudimos ver la cara del bebé, intacto", recuerda Cristina Gaitán, hermana de Miguel Ángel, desde Villa Unión. Noche tras noche la tapa del ataúd aparecía corrida: "Mi hermano no quería que lo tapen, quería ser visto. La historia se desparramó por el pueblo y empezamos a encontrar cartas y pedidos", agrega.

Leyendas de los pueblos originarios

Las leyendas que provienen de los pueblos originarios aportan una cuota mágica para explicar accidentes geográficos, flora y hasta fauna, como la de la creación de la Cataratas. Entre los imponentes saltos de Iguazú y la exuberancia de la selva misionera se esconde una leyenda guaraní que da cuenta que una malvada serpiente, furiosa detuvo la huida de una pareja de enamorados partiendo el curso del río. Convirtió al muchacho en árboles, y la chica fue transformada en las potentes caídas de agua.



En El Calafate se cuenta la leyenda tehuelche sobre el origen del fruto azul y pequeño habitualmente utilizado en mermeladas, que le da nombre al pueblo que custodia los imponentes glaciares de Santa Cruz. Según la historia, una vieja hechicera se quedó sola durante el invierno, mientras todos fueron en busca de comida, que escaseaba. Cuando regresaron, en la primavera, se había convertido en una planta de calafate, una hermosa mata espinosa de flores amarillas que más avanzado el verano da lugar a frutas moradas de abundantes semillas. Todos comieron esos frutos y nunca más faltó la comida, por eso se dice que el que come calafates, vuelve.

Los fotogénicos cardones del Norte también tienen su origen mágico. Cuenta la leyenda que los cardones que hay en los valles son indios que aún vigilan el lugar y velan por la felicidad de sus habitantes. En épocas de la conquista española, el inca, envió emisarios para organizar las tropas y dar un golpe mortal al invasor. Los guerreros se apostaron en puntos clave por donde pasarían los conquistadores, esperando la orden de atacarlos por sorpresa, pero esta orden nunca llegó: los chasquis enviados fueron capturados y el inca asesinado. La Pachamama fue haciendo parte de ella a los indios y los cubrió de espinas para evitar que los dañaran.

Estos son solo algunos relatos, porque el acervo de la Argentina es inagotable.

Por: Andrea Ventura 
Diario La Naciòn (Buenos Aires) - 27 de Septiembre de 2020
https://www.lanacion.com.ar/cultura/de-norte-a-sur-por-las-rutas-de-la-mitologia-argentina-nid2458953







lunes, 2 de abril de 2018

Los mitos y leyendas populares: Luz Mala, Almas en pena, El hombre lobo, Fantasmas y Seres Embrujados que habitan la cultura y el mapa de la Argentina


Fábulas y cuentos que nacen todos los días desde raíces folklóricas y se instalan para siempre en todo el mapa del país

Escrito por MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar


EL FANTASMA DE QUIROGA DEAMBULA POR LOS CORREDORES DE SU VIEJA CASA, COMO SI QUISIERA EFECTUAR EN LA MUERTE UN REGRESO QUE NO CUMPLIÓ EN VIDA” / WEB

“Después supe que al finao/ Ni siquiera lo velaron/ Y retobao en un cuero / Sin rezarle lo enterraron / Y dicen que dende entonces/ Cuando es la noche serena/ Suele verse una luz mala/ Como de alma que anda en pena…”, dice Martín Fierro, en alguna de sus escasas alusiones a una de las leyendas más características de la pampa: la luz mala. Muchas estrofas después, en la Vuelta: “Pues si va a hacer la revista,/ se vuelve como una bala/ es lo mesmo que luz mala/ para perderse de vista”.
Son referencias concisas sobre un extendido mito rural. El cantor argentino no necesita describirla ni decir más, por cuanto a la luz mala basta con mencionarla. El oyente de esa copla, el lector, ya conoce lo que significa. Lo sabe más por sentimiento, que por razón. La luz mala pertenece al sentir popular y esa convicción acendrada no se discute.



LUZ MALA / WEB

Viajeros iluminados por extrañas fosforescencias, almas en pena de personas muertas que vagan en los campos, hombres lobos, fantasmas que deambulan por viejos castillos de una ciudad, seres embrujados que viajan aún hoy en los últimos subtes de las noches porteñas, encuentros con diablos que parecen pájaros, son incontables los mitos y leyendas que cubren el mapa de la Argentina, desde el Noroeste hasta la baldía Patagonia, desde Cuyo hasta el Litoral y la llanura bonaerense cruzada por relatos legendarios que los juglares transmiten , desde el fondo de la historia hasta hoy.

La luz mala, bajo la forma de claridades que aterrorizaban a quienes vivían en la llanura.


HOMBRE LOBO / SHUTTERSTOCK

Es mucho más rica la imaginación y la expresividad populares que la documentación literaria que intenta transmitir esa cultura, nacida en inhallables usinas folklóricas o heredada de ancestros ya olvidados. Apenas si pueden los investigadores racionales con tantas tradiciones orales, con tanta imaginería dispersa que crece espontánea en cada paisaje y en cada paisano.

El estudioso Adolfo Colombres, autor de culto de una antología de literatura popular bonaerense, rescata la importancia de quienes reproducen, a veces de manera anárquica y hasta pobre, el tesoro de cuentos y leyendas: “ El habla de la comunidad y el narrador deben estar presentes en toda su fuerza, pero no hasta el extremo de distraer al buen lector de lo universal del relato, de su sustancia narrativa, ni de alimentar la idea de que esa gente nada tiene que ver con la literatura”, dijo.

En esa obra, Colombres exalta el proceso recopilador que se inició en 1926 en Catamarca con la publicación del Cancionero Popular de esa provincia, de Juan Alfonso Carrizo, seguido en 1947 por el Primer cancionero popular de Córdoba, de Guillermo A. Terrera, sin perjuicio de exaltar allí los valiosos trabajos recopiladores de la literatura oral, que hicieron Berta Vidal de Battini, Ventura R. Lynch, Estanislao Zeballos, Jorge M. Furt, Robert Lehmann-Nitsche, Horacio Jorge Becco e Ismael Moya, entre otros investigadores.

LUZ MALA, FUEGOS FATUOS
La temida luz mala se presentó bajo la forma de claridades o pequeñas hogueras de luz que aterrorizaron a los habitantes de la llanura. El gaucho y también el indio temieron a esos fulgores que aparecían suspendidos a baja altura, que a veces se movían y parecían perseguirlos cuando ellos pasaban cerca.

Acá mismo, en nuestra zona y no hace tanto, fueron vistas luces malas brillando por donde hoy está el Mercado Regional, en tierras que antes fueron sede del primer cementerio público de nuestra ciudad. Es que a esas extrañas luces se las relacionó siempre con la muerte. Se decía que cuando la luz aparecía blanca, era porque pertenecía a un hombre de alma buena. Ahora, si la luz era rojiza, bueno, la creencia popular comenzó no sólo a llamarla “luz mala”, sino, también, “farol del Diablo”.

En el Norte del país, dicen, no hay que salir a caminar de noche los 24 de agosto, que es el día en que el Diablo anda suelto. La luz mala es la creencia más extendida, que recorre a todo el país. Los que la investigaron saben que brilló sobre cementerios indios, sobre todo lugar en el que hubiera huesos humanos u osamentas de animales. Justamente, después la ciencia comprobó que se trata de una fosforescencia que despiden los huesos enterrados a baja profundidad. Pero la comprobación no tranquilizó a nadie y la luz mala sigue mereciendo hasta hoy el temeroso respeto de todo viviente.

En casi todas las culturas occidentales se habla de los “fuegos fatuos”, una especie de seres malvados que suelen vivir en los cementerios y vienen a representar a las almas en pena, una suerte de diablos de menor cuantia que se presentan bajo la forma de pequeñas llamas danzantes y temibles. De allí que se los emparenta con la luz mala. “Un fuego fatuo (en latín ignis fatuus) es un fenómeno consistente en la inflamación de ciertas materias (fósforo, principalmente) que se elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y forman pequeñas llamas que se ven andar por el aire a poca distancia de la superficie”, dijo en 1560, con ánimo tranquilizador, el sacerdote jesuita José Luis Achieta.

Ahora bien, ¿por qué se suele decir de alguien que es un “fatuo”? Fatuo es toda persona engreída en sus actitudes, en definitiva, aquel que nos reclama que veamos que, sobre él, supuestamente brillan extrañas claridades intelectuales o físicas. De modo que la luz mala o los fuegos fatuos, también llamados almas en pena, farol de Mandinga o farol del Diablo no los tendríamos tan lejos nuestro. A lo mejor trabajan a nuestro lado, son conocidos cotidianos que más valdría mantenerlos a distancia prudencial.

Es imposible inventariar los mitos y leyendas, porque todos los días nacen más. Los hay de reciente data, como Rodrigo o Gilda, promotores de santuarios. Se trata de una población a veces prestigiosa, a veces perversa, a veces santa o pagana.

El Gauchito Gil, San La Muerte, el siempre famoso Lobizón, el hombre Tigre, la Pincoya, el abominable Trauco y el extraño Imbuche –estos tres últimos de la Patagonia-, la Salamanca, el pájaro de Chepes, el Niño que llora, el Petiso, la Novia, el Zupay y otras bestias lujuriosas, el Inti, la voluptuosa Pachamama, divinidades, leyendas y mitos que se derraman de norte a sur y de este a oeste para llenar de terror o ilusión, de amor o terror a poblaciones que los veneran.

HORACIO QUIROGA
La vida del escritor Horacio Quiroga se deslizó entre selvas, paisajes fantásticos y una literatura nutrida en su mente siempre febril, propia de un escritor maldito y, a la vez, deslumbrante. Pero a pesar del desorden que lo acompañó siempre y de los temas límites que rozó, no puede decirse que haya sido un cultor de leyendas y mitos populares.

Sin embargo, su nombre y su memoria forman parte ahora de ese universo emocional. Un escritor nacido en el Salto uruguayo, Diego Moraes, es decir de la misma ciudad en nació el autor de “Cuentos de la selva” asegura que el fantasma de Horacio Quiroga aparece asiduamente en varias casas de su ciudad natal.

“El fantasma de Quiroga deambula por los corredores de su vieja casa, como si quisiera efectuar en la muerte un regreso que no cumplió en vida”, dice Moraes. Afirma que Quiroga se había propuesto en 1902, por distintas causas que lo fastidiaban, no volver nunca más a Salto. Sin embargo, con los años, inició una suerte de íntima reconciliación con su ciudad. “ En buena medida, este propósito ya podría adivinarse considerando con atención la correspondencia quiroguiana hacia la época de su segundo exilio misionero y las reiteradas ocasiones que en ella el escritor recuerda con cariño y nostalgia las ya lejanas horas de la juventud”.

Sin embargo, el cáncer gástrico que lo afectó le impidió concretar ese regreso, hasta que en 1937 muere después de ingerir una fuerte dosis de cianuro. Lo cierto es que desde entonces “el fantasma de Horacio Quiroga se aparece todavía en tantos lugares del Salto: para conseguir, desde el más allá, la anhelada vuelta al hogar que su cuerpo humano no pudo alcanzar en vida. Tal vez también por esta razón, los lugares en que con más frecuencia se manifiesta su espectro sean las dos casas que habitó en la ciudad”.

Hasta hoy los sucesivos inquilinos de esas casas lo ven a Quiroga envuelto en una manta roja. Una de esas dos casas es una escuela y allí “suele presentarse a los niños, caseros y cocineros sentado en una silla de hamaca ubicada junto a la estufa o, en el jardín, removiendo plantaciones, sin que los lugareños se asusten demasiado. El fantasma de Quiroga se parece al de las últimas fotografías: “enflaquecido, la piel arrugada y amarillenta, la espesa barba comiéndole la cara, la mirada triste y como perdida en el vacío”. Igualmente lo ven a Quiroga paseando cerca del Mausoleo que lleva su nombre en la Costanera o, también a veces –como homenajeando a la bicicleta que hay en su casa del Chaco-“pedaleando muy orgulloso con su camiseta del Club Ciclístico Salteño”.

El de Quiroga debe ser el único caso en el que, expresamente, se han unido la imaginería y el sentimiento popular con el raciocinio propio del fenómeno literario.

Fuente:
Diario El Día (La Plata – Argentina) – 1º de Abril de 2.018