Es el olor del café por la mañana,
el suave sonido de la lluvia
golpeando la ventana,
el resplandor de una puesta de sol
que por un instante
detiene el tiempo
y aquieta el alma.
Las cosas más simples
tienen una fuerza silenciosa.
No hacen ruido,
no se anuncian,
pero sostienen.
Nos recuerdan que,
en medio del caos,
lo que realmente importa
no es lo que podemos acumular,
sino los momentos
que somos capaces de sentir.
La simplicidad guarda una magia discreta.
Está en la risa sin razón,
en la flor que florece
en medio del concreto,
en el abrazo apretado
de alguien que amamos
y que nos hace sentir en casa.
Son esos detalles pequeños
los que nos revelan
que no necesitamos mucho
para sentirnos completos.
A veces basta una pausa,
un instante de presencia,
un gesto sincero.
La vida se mueve rápido,
demasiado rápido.
Y la belleza está en aprender
a bajar la velocidad,
a mirar con calma
lo que siempre estuvo frente a nosotros
pero olvidamos apreciar.
Porque al final,
no son los grandes logros
los que definen nuestra historia,
sino los pequeños gestos,
esos que tal vez nadie ve,
pero que llenan el alma
y le dan sentido a todo.

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