Hoy elijo agradecer…
no desde la perfección,
sino desde las grietas del alma.
No porque todo esté en orden,
ni porque la vida haya sido justa conmigo,
sino porque, a pesar de todo,
sigo aquí.
Respirando.
Sintiendo.
Resistiendo.
Agradezco el latido que no se rindió,
los sentidos que aún me permiten abrazar lo simple,
la luz que entra por la ventana
aunque a veces mi corazón esté en penumbra.
Agradezco la vida que me habita,
la salud que me sostiene en silencio,
los vínculos que permanecen
y también los que se fueron,
porque en su ausencia aprendí a conocerme.
Agradezco el pan de cada día,
las mañanas que llegan sin promesas,
y la posibilidad de empezar de nuevo,
aunque el cansancio pese
y las respuestas aún no lleguen.
Sé que hay sueños inconclusos,
metas que parecen lejanas,
preguntas que el tiempo todavía no responde.
Pero también sé que, incluso sin darme cuenta,
estoy avanzando.
Creciendo.
Soltando.
Sanando.
Tal vez no estoy donde imaginé estar,
pero estoy más cerca de mí
que nunca antes.
Y solo por eso,
ya existe un motivo para agradecer.
Porque la gratitud no nace de tenerlo todo,
sino de reconocer el valor de lo que aún permanece
cuando casi todo se ha perdido.
Hoy agradezco…
porque aunque falte camino,
aunque el alma aún tenga heridas,
tengo conciencia,
tengo intención,
y un corazón que, aun cansado,
sigue buscando su rumbo.
Y con eso,
incluso en medio de la melancolía,
se puede llegar muy lejos.
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