Todos estamos de paso
en el viaje de la vida.
Nada nos pertenece para siempre,
ni las personas,
ni los momentos,
ni siquiera los lugares que llamamos hogar.
Por eso, procuremos dejar huellas
y no cicatrices.
Huellas que acompañen,
que enseñen,
que abracen aun cuando ya no estemos.
No marcas que duelan
cada vez que alguien recuerde nuestro nombre.
No siempre podremos quedarnos,
pero sí elegir cómo pasar.
Con palabras que sanen
y silencios que respeten.
Con gestos simples
que hagan más liviano el camino del otro.
La vida ya es suficientemente dura
como para ir dejando heridas.
Seamos alivio,
seamos luz breve
en la historia de alguien más.
Porque al final,
cuando el viaje termine,
no importará cuánto tuvimos,
sino cómo hicimos sentir a los demás
mientras caminamos juntos.
Me gustó mucho
D.R.

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