Antes de llamarse América, este continente tuvo varios nombres.
Uno de los más antiguos y documentados es Abya Yala, término del pueblo Kuna (Guna), usado mucho antes de 1492 y que significa tierra viva, No nombraba una posesión, sino un organismo vivo.
En Mesoamérica, los pueblos nahuas llamaban a su mundo Cem Anáhuac, “la tierra rodeada por aguas”.
En el sur andino, el gran territorio era conocido como Tawantinsuyu, “las cuatro regiones unidas”, una concepción a la vez geopolítica, espiritual y cósmica.
Ninguno de estos nombres implicaba descubrimiento ni conquista. Eran nombres nacidos desde dentro, desde la relación profunda entre los pueblos y la tierra.
El quiebre ocurre en 1507, cuando el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publica el mapa Universalis Cosmographia y decide llamar a estas tierras “America”, en honor a Américo Vespucio. No fue un gesto inocente: fue el primer acto cartográfico de apropiación simbólica. Cambiar el nombre fue reescribir el origen.
Pero el segundo acto fue aún más profundo.
Durante siglos se consolidó un tipo de mapa donde el Norte siempre aparece arriba. No es una ley natural. Esta elección se volvió norma con la proyección de Gerardus Mercator en 1569, diseñada para facilitar la navegación europea y adoptada por los imperios coloniales. Europa quedó centrada, agrandada y elevada; África y América del Sur, reducidas y relegadas.
El mapa empezó a enseñar una idea sin decirla.
Arriba significaba poder.
Abajo significaba subordinación.
Recién en 1943, el artista y pensador uruguayo Joaquín Torres García rompe conscientemente con ese esquema y dibuja su célebre mapa América Invertida. No fue un error ni una provocación estética. Fue una declaración política y cultural. Él mismo lo dijo con claridad:
“Nuestro norte es el Sur”.
Torres García invirtió el mapa para descolonizar la mente, para mostrar que la orientación tradicional no es neutral, sino una construcción cultural al servicio del poder. Su mensaje era claro, América del Sur no es un apéndice del mundo, sino un eje con identidad propia.
Esta lectura conecta con lo que plantea El Misterio de Belicena Villca, la historia de estas tierras fue fragmentada y ocultada porque aquí existía una memoria distinta del tiempo, del origen y del sentido del mundo. Cambiar los nombres, orientar el mapa, distorsionar el pasado, todo forma parte del mismo mecanismo. Ocultar la verdadera historia de la humanidad y nuestros orígenes, para evitar que el mundo descubriera que las civilizaciones antiguas guardaban un gran conocimiento y nunca fueron primitivos como nos han hecho creer.
El mapa no solo muestra territorios.
Muestra lo que conviene que recordemos y lo que conviene que olvidemos.
Y cuando el mapa se invierte, ya no solo cambia la geografía.
Empieza a invertirse la historia.
La historia no es como nos la cuentan.

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