Cuenta la tradición que Isapí, hija de un cacique indígena, jamás derramó lágrimas ante las desgracias de su pueblo. Su falta de llanto fue vista como indiferencia, y Tupá decidió castigarla transformándola en un árbol de ramas caídas y melancólicas.
Así nació el sauce llorón, cuyas hojas parecen llorar eternamente lo que Isapí nunca expresó.
Las leyendas nos recuerdan que sentir, llorar y honrar el dolor también es una forma de amar a nuestra gente.

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