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domingo, 17 de marzo de 2019

Greta Thunberg, el huracán ambiental


Es el rostro más visible de miles de jóvenes que reclaman medidas contra el calentamiento y repudian la desidia de las élites globales

El cuerpo menudo, las trenzas, la sencilla camisa a cuadros. Una niña subida al estrado de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, como tantas otras veces se han subido colegiales o colegialas a este tipo de eventos, a decir algo bajo la mirada condescendiente de gente ocupada que rápidamente pasará a otra cosa.

Pero en diciembre pasado, sobre ese estrado de la ONU, la adolescente de trenzas y tono monocorde -ni amable ni agresivo; ni tímido ni exultante- no se dirigió a una humanidad abstracta, sino a los muy reales y concretos funcionarios que estaban en el recinto. Y sin que se le alterara por un instante la voz los tildó de inmaduros, les reprochó desidia, les recordó la catástrofe ambiental en marcha, los responsabilizó por estar sacrificando una civilización, el futuro de sus hijos y la idea misma de un mañana. "No podemos resolver una crisis sin tratarla como una crisis. Y si las soluciones dentro del sistema son imposibles de encontrar, quizá debiéramos cambiar el sistema", dijo con firmeza. "Se quedaron sin excusas y nosotros nos estamos quedando sin tiempo", remató ante un auditorio enmudecido.

Greta Thunberg tiene 16 años, aunque aparenta menos. Hasta mediados del año pasado era una anónima estudiante sueca, una chica más bien introvertida que se sentaba al fondo de la clase y apenas formulaba palabra. Hoy, es una celebridad que algunos miran con suspicacia, otros sencillamente adoran y los adolescentes europeos -los mismos que reivindican la huelga estudiantil internacional como medida contra el cambio climático- la siguen de a miles en las redes sociales.

Al inicio, antes de la fama, hubo un gesto que parecía destinado al fracaso. Harta de leer informes sobre la gravedad de la crisis medioambiental, escuchar los llamamientos de la comunidad científica y ver cómo las propuestas del Acuerdo de París son sistemáticamente desoídas por la comunidad internacional, Greta decidió, un viernes de agosto del año pasado, no ir a la escuela. Faltaba menos de un mes para las elecciones generales de Suecia, y en los medios las vicisitudes políticas compartían protagonismo con una inusual ola de calor y devastadores incendios forestales. Greta pintó a mano un cartel que decía "Skolstrejk för klimatet" (huelga escolar por el clima), se plantó frente al Parlamento sueco y allí se quedó, decidida a exigir que el gobierno de su país hiciera lo necesario para reducir las emisiones de carbono. Sus padres -una cantante de ópera y un actor- intentaron disuadirla, sus compañeros de clase no la acompañaron. Pero ella insistió con la protesta, firme con su cartel hasta que se realizaron las elecciones, y luego cada viernes, mientras avanzaba el calendario escolar.

Comenzó a estar menos sola. Se le acercaron curiosos, otros estudiantes, activistas. La huelga ya no tan solitaria de Greta tenía un antecedente: el movimiento contra la tenencia de armas iniciado por estudiantes secundarios de una escuela de Parkland, en los Estados Unidos. Como aquellos chicos a principios de 2018, Greta y quienes comenzaban a nuclearse a su alrededor apuntaban los dardos a un mundo adulto incapaz de brindar protección a las nuevas generaciones.

Pocos meses después de aquella primera sentada frente a la Legislatura, Greta fue invitada a participar en la manifestación Rise for Climate, en Bruselas. Luego, la convocaron a una charla TEDx en Estocolmo. Llegó la noticia de que múltiples organizaciones estudiantiles en Australia, Canadá, los Países Bajos, Finlandia, Estados Unidos, Reino Unido y Japón tomaban la llama de la protesta de los viernes y organizaban sus propias huelgas contra el calentamiento global, amparados en el hashtag #FridaysForFuture. La ONG Climate Justice Now llevó a Greta a la Cumbre del Clima en Polonia; poco después, la adolescente viajó a Davos y, con su habitual estilo intenso pero no exaltado, les lanzó a los asistentes al Foro Económico Mundial: "Los adultos dicen: tenemos que dar esperanzas a la próxima generación. Pero no quiero su esperanza. Quiero que entren en pánico, que sientan el miedo que yo siento todos los días, y luego quiero que actúen".

Con un sentido común que de tan ingenuo resulta sabio, Greta no entiende cómo la humanidad no pasa, de una vez por todas, a la acción. Su tesis es sencilla: sabemos que las temperaturas suben, que los hielos se derriten, que la biodiversidad retrocede, que nuestra propia existencia está en riego. Sabemos también que la principal medida, ya no para revertir sino para detener el proceso, es la reducción de emisiones de CO2. Entonces, ¿qué demonios estamos esperando? "Si las emisiones tienen que parar, que paren", sostiene la adolescente. "Si todos sabemos que los combustibles fósiles son nocivos, dejémoslos bajo tierra", insiste.

En su propia historia, optar por la acción tuvo que ver con renunciar a una quietud mortífera.

Tenía unos ochos años cuando, en la escuela, asistió a la proyección de un documental sobre el cambio climático. Al finalizar la película, sintió como nunca el aguijón del pánico. También descubrió algo que de allí en más la torturaría. Sus compañeros, conmovidos como ella mientras miraban el documental, poco tardaron en olvidarlo, tan tranquilos y apenas atentos al timbre del recreo. ¿Cómo podían volver a la rutina después de lo que habían visto y escuchado?

A los 11 años, la pequeña Greta se derrumbó y cayó en una depresión profunda. Meses sin comer, un oscuro pozo emocional, kilos y kilos de peso perdidos. Le diagnosticaron síndrome de Asperger, TOC, mutismo selectivo. "De todas maneras, creo que nosotros, los que tenemos el síndrome, somos los normales y el resto de la gente es bastante extraña -dijo en una charla TED que cuenta con más de 16.000 reproducciones en la Web-. Porque todo el mundo dice que la crisis ambiental es muy grave pero sigue su vida como si nada".

Para quienes tienen Asperger -explica Greta en esa misma charla- las definiciones son siempre en blanco y negro; son personas incapaces de mentir, que no disfrutan del juego social. "Por eso solo hablo cuando lo creo realmente necesario", ilustra la adolescente. Por eso, también, en ese universo blanco y negro que por momentos podría parecer algo rígido, no hay espacio para las medias tintas.

"Lo que hagan o no hagan los adultos hoy, mi generación no lo podrá deshacer después". Greta sabe. Se proyecta en el tiempo, bastante más allá del escaso futuro que, asegura, el egoísmo de las dirigencias actuales permite atisbar. Ella se imagina con 70 años, quizás con hijos y nietos, rodeados de un mundo moribundo o ya muerto. Y no quiere que esa visión se haga realidad.

En una reciente manifestación en Amberes, impulsada por estudiantes belgas para exigir medidas contra el cambio climático, distintos activistas juveniles se suceden en un palco. Entusiastas, decididos, festivos. Hacia el final del acto, ceden la palabra a la invitada de honor. Entre aplausos aparece Greta, sus trenzas, bajita entre la plana mayor de la convocatoria. "Nosotros vamos al paro estudiantil porque hacemos nuestro trabajo. Ellos no hacen el suyo", dictamina, en referencia a las elites globales. Estallido de aplausos, risas, coreo de consignas. Greta sonríe apenas, con calma. Dijo lo que debía decir. Ya está. Se retira del podio con gesto satisfecho, deja a los otros la fiesta; se sabe: lo de ella no pasa por la adrenalina del juego social.

Blanco o negro. En su universo sin matices, se habla cuando es necesario hacerlo y se asume lo que se dice. Por eso hace años que es vegana, dejó de viajar en avión y logró que sus padres también renunciaran a ese medio de transporte. Todo sea por reducir la huella de carbono.


Quienes la atacan, sostienen que está siendo manipulada por organizaciones ambientalistas. O que su rostro, que ya comenzó a aparecer en pancartas y remeras, pronto será presa del consumo frívolo. Ella se defiende: no está afiliada a ninguna organización y asegura que cada uno de sus desplazamientos (en tren) ha sido solventado por su familia.

"Dado que nuestros líderes se están comportando como niños, deberemos asumir la responsabilidad", sentencia ante quien quiera oírla. En enero cumplió 16 años. Quizás esto esté apenas comenzando.

Por: Diana Fernández Irusta para el Diario La Nación (Buenos Aires) -17 de Marzo de 2.019

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