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sábado, 3 de agosto de 2019

Quién es Greta Thunberg y por qué es la cara visible del cambio climático


La semana pasada, la activista adolescente Greta Thunberg fue invitada a la Asamblea Nacional de Francia y volvieron a arreciar sobre ella discursos que la menosprecian por su género, por su autismo, por su insoluble niñez que ella nombra en plural para clamar contra el calentamiento del planeta. Sin embargo, entre detractores y usufructos de su militancia, es una voz de niña la que ha llamado a una huelga transnacional de una generación revuelta que le dice Basta a la crueldad.



Greta Thunberg, la joven sueca de 16 años que ha hecho de la lucha contra el calentamiento global el motivo de su vida, adquirió en pocos meses una vertiginosa celebridad que genera controversias sin duda reveladoras de un malestar generalizado ante una crisis planetaria irreversible.
El contenido del discurso de Greta es, desde todo punto de vista, indiscutible. Señala la ingente tarea de dirigirnos hacia una gestión ambiental sostenible desde la era del Antropoceno, las responsabilidades que los seres humanos tienen ahora para con la naturaleza y las generaciones futuras, y el cambio de comportamiento individual, colectivo, económico y político que ello implica.

Sin embargo, muchxs consideran que la que se presenta como activista ecológica es en realidad, a pesar de ella, un producto marketing del capitalismo verde. Su seriedad, el síndrome de Asperger que le diagnosticaron hace unos años, su edad, el tono de su discurso en el que reivindica el pánico como motor de cambio, sus sponsors, sus padres, también le valieron muchas críticas.

En un primer nivel de reticencia, la razón de la adultez la invita a volver al colegio en vez de usurpar una autoridad política reservada a la pericia de lxs mayores, ya que, para dedicarse de lleno a su activismo, Greta Thunberg decidió tomarse un año sabático.

Al cambio climático lo descubrió a la edad de 8 años, al ver documentales sobre el derretimiento de los glaciares, el destino de los osos polares y de los animales marinos. Desde entonces, ha estado aprendiendo constantemente sobre el tema: conoce de memoria los elementos de la tabla periódica, revisa los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), lee la curva de Keeling y sabe explicar qué son los gases de efecto invernadero y cuál es su impacto sobre el clima.

A los once años, después de un episodio depresivo de ocho meses en el que habría perdido casi 10 kilos, se le diagnosticó síndrome de Asperger. A diferencia de otrxs niñes, según un retrato que le dedica el New York Times, ella no ha podido olvidar esas imágenes de osos polares hambrientos o de océanos llenos de plástico.

A los 12 tomó sus primeras decisiones militantes: se hizo vegana y convirtió a su familia a su nueva forma de vida, a tal punto que su madre, mezzosoprano sueca, interrumpió su carrera para dejar de viajar en avión –por la emisión de carbono que provocan esas naves.

En mayo de 2018, ganó un concurso de ensayos sobre el medio ambiente organizado por un periódico sueco, que publicó su artículo. Al poco tiempo, el 20 de agosto, después de las olas de calor y los incendios forestales que tuvieron lugar en Suecia durante el verano, lanzó la primera “huelga estudiantil por el clima”.

Decidió dejar de ir a la escuela hasta las elecciones parlamentarias suecas del 9 de septiembre e hizo un llamamiento al Gobierno de ese país para que, en conformidad con el Acuerdo de París, redujera las emisiones de carbono. Todos los días, durante el horario escolar, se sentó frente al Riksdag con el cartel: “Kolstrejk för klimatet” (huelga estudiantil por el clima).

Ahora esa huelga, también conocida como “Fridays for future ”, se convirtió en un movimiento internacional de adolescentes, estudiantes, artistas, activistas y científicxs, que participan, cada viernes, en manifestaciones en apoyo a la acción climática, algunas con incipiente impronta ecofeminista.

Así, Greta Thunberg devino en una figura cuya notoriedad la ha llevado hasta la COP 24 –la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2018- donde pronunció un discurso de alerta ante un peligro inminente, desde un “nosotres” que generó reacciones epidérmicas: les niñes.

Con sus marchas por el clima, estxs niñes vienen clamando cada viernes, en países de todos los continentes e incluso en el Antártico, que se consideran la generación capaz de prevenir una catástrofe climática. El pasado 15 de marzo fue un día histórico en el que más de 1,4 millones de jóvenes manifestaron en 125 países y 2083 ciudades.

Una movilización juvenil universal en favor de un cambio climático que no tiene precedentes en la historia reciente. En Francia, lxs jóvenes dedicaron la llamada “Marcha del siglo” a la convergencia entre la justicia social y ecología.

En esas marchas, se destaca la estrecha relación entre feminismo y ecología, ya que las chicas tienen muy claro que la opresión de género y la destrucción de la naturaleza son dos procesos que tienen su origen en las mismas estructuras de dominación, patriarcales y capitalistas.

En lxs distintos comunicados de estas adolescentes, se expresa claramente el carácter ecofeminista de sus demandas, entre las cuales el cese de la financiación pública de armamento (incluida la producción y venta de armas) y, en particular, la abolición de las armas nucleares.

Esto es, también la conciencia de que la dominación de la naturaleza corresponde a la prerrogativa de una virilidad tóxica que estamos condicionadxs a valorar desde nuestra infancia.

La capacidad de movilización de lxs jóvenes asusta. Basta con ver el seísmo provocado en los medios franceses, cuando se dio a conocer la invitación del colectivo transpartidario “Aceleremos la transición ecológica y solidaria” para que pronunciara un discurso en la Asamblea Nacional, el martes 23 de julio.

Varixs parlamentarixs se opusieron a su llegada y anunciaron que boicotearían el evento. En su mayoría diputados de los partidos de derecha y de extrema derecha LR (Les Républicains) y RN (Rassemblement National), pero también del partido de turno LREM (La République en Marche), expresaron su categórica negativa a legitimar la presencia de Greta Thunberg en la Asamblea.

En refuerzo de esa negativa, cierto discurso médico apunta al “extenso historial psiquiátrico” de Greta, “escudo humano inexpugnable”, según el cirujano urólogo y cofundador del portal francés Doctissimo, Laurent Alexandre, para “predicadores apocalípticos que encontraron así la musa perfecta: sin distancia, sin espíritu crítico, sin sonrisa, sin humor, sin capacidad de resistencia a la manipulación y con un discurso ingenuo, repetitivo e hipnótico.”

Desde sectores de militancia anarco-ecologista, se critica la estrategia de una colaboración con empresarios, políticos e instituciones multimillonarias y científicas que buscan absorber la posibilidad de pensar alternativas disidentes, radicales, de anti-consumo, de desobediencia civil y ecológica a la ley del mercado.

Algunxs han resaltado una supuesta proximidad de la familia Thunberg con Ingmar Rentzhog, creador de la start-up We Don’t Have Time (no tenemos tiempo), presidente y director ejecutivo del grupo de expertos Global Utmaning, cuya fundadora es Kristina Persson, hija del multimillonario y ex ministro socialdemócrata de Desarrollo Estratégico y Cooperación Nórdica entre 2014 y 2016.

El concepto de “transición ecológica”, característico de cierto green business, es puesto en tela de juicio por economistas, como transición del capitalismo “tradicional” hacia un capitalismo “verde” orientado a la conquista de mercados de masas con productos o energías supuestamente limpios. Un financiamiento de innovaciones a través de fondos de capital de riesgo en los que ciertos multimillonarios en el Silicon Valley no han dudado en invertir su fortuna personal.

No obstante, el discurso de Greta se acerca más a una propuesta de desaceleración, de descrecimiento, que a una transición económica hacia un capitalismo “limpio”. Por otra parte, dijo claramente en la COP24 que “Nuestra biosfera es sacrificada para que los ricos de países como el [suyo] puedan vivir en el lujo. El sufrimiento de la mayoría paga el lujo de algunos”. Estaba frente a 20 jefes de Estado.

De todos modos, cada nuevo paso que da, levanta nuevos interrogantes. Invitada el 23 de septiembre a la Cumbre Mundial sobre el Clima de la ONU, Greta Thunberg anunció que irá en velero desde Inglaterra. Se trata del Malizia II, que pertenece al equipo del mismo nombre fundado por el vicepresidente del Yacht-Club de Mónaco, Pierre Casiraghi y que forma parte del proyecto “My Ocean Challenge”, para “promover la protección de los océanos”.

A sus detractores, que la acusan de contar con el apoyo de dudosos lobbys, responde: “El equipo de Malizia tiene patrocinadores. Pero para este viaje conmigo a Nueva York, no hay patrocinador comercial. Me ofrecieron un viaje gratis porque apoyan mi causa”.

Para sectores de activismo anticapitalista como “Extension rébellion”, aunque la cobertura mediática de la joven puede tener efectos positivos, sus intervenciones carecen de una crítica profunda a la globalización.

Pero según el astrofísico y militante de izquierda francés Aurélien Barrau, investigador del CNRS de Grenoble, la ciencia está del lado de Greta: “Los que nos dirigen no han entendido en absoluto la magnitud del problema. Están totalmente fuera de lugar. Piensan que los pequeños ajustes, las pequeñas acciones, las pequeñas cosas, pueden resolver el problema cuando nos enfrentamos a una gran crisis existencial. Los pocos diputados rebeldes deberían entender que la ciencia, la seriedad y la razón están precisamente del lado de Greta. Sabemos desde hace 40 años que estamos en una situación crítica. 15.000 científicos han advertido de la gravedad de la situación y no se ha hecho nada. ¿Y ahora están indignados de que una mujer joven venga a transmitir este mensaje? Seamos claros: La ciencia está del lado de Greta”.

Precisamente, la alocución de Greta Thunberg en la Asamblea Nacional remitía al último informe del IPCC publicado en octubre de 2018, que alerta sobre el estado del actual presupuesto de emisiones de CO2, a punto de agotarse.

Lxs mismxs disputadxs que aplaudieron el discurso de Greta Thunberg, votaron el mismo día, unas horas más tarde, a favor del tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá, el Ceta (Comprehensive economic and trade agreement), que viene a completar el del Mercosur y que inhabilita a los poderes políticos para llevar a cabo políticas sociales y ecológicas.

La ratificación fue aprobada por 266 votos a favor y 213 en contra. Mientras la derecha e incluso la mayoría estaban dividas, la izquierda se opuso unánimemente. Ahora le toca al Senado ser consultado, en una fecha que aún no ha sido definida. Estas votaciones nacionales continúan en toda Europa, se espera que voten un total de 38 asambleas nacionales o regionales.

El Ceta es el primer acuerdo de este tipo en el que participa toda la Unión Europea. Varias ONG advierten que los mecanismos del tratado permiten a los inversores privados impugnar una decisión pública que les resulte desfavorable: en su origen, era un dispositivo concebido como parte de la descolonización para proteger las inversiones de las potencias europeas en sus antiguas colonias.

Desde entonces, se ha ido extendiendo gradualmente y ahora se utilizan ampliamente estos acuerdos que corrompen la capacidad de las autoridades públicas para llevar a cabo una política ecológica y social, en beneficio de las empresas multinacionales y de su dominio sobre la industria agroalimentaria a nivel planetario.

El cinismo desacomplejado de lxs políticxs que se manifiesta en la simultaneidad entre los aplausos al discurso de Greta Thunberg en la Asamblea y el voto a favor de la Ceta parece confirmar lo poco que se puede esperar del diálogo con gobiernos y empresas. Cinismo o pedagogía de la crueldad, que hace eco a otra votación que tuvo lugar el 28 de mayo de 2018 en la misma asamblea.

Esa vez se impuso el voto en contra sobre el principio de establecer un dispositivo para regular el sufrimiento animal en la cadena de producción agroalimentaria, como por ejemplo la instalación de una videovigilancia en los mataderos, la prohibición de aplastar vivos a los polluelos machos o de gasear a los cerdos con dióxido de carbono.

En otro orden de crueldad, el reproche a la ausencia de sonrisa de Greta es una constante. De ahí, opera un deslizamiento hacia un complotismo misógino y psicofóbico cada vez más violento. Greta Premio Nobel del Miedo, es manejada, escribe el filósofo Michel Onfra y, por intereses ocultos. “¿Qué alma habita aquel cuerpo sin carne?” pregunta el pensador inquieto por el semblante de esta joven “cuyo rostro de cyborg ignora las emociones - ni sonrisa, ni risa, ni asombro, ni pena, ni alegría”.

Un rostro de “Alice sueca […] –continúa Onfray- que no es de mármol, sino de silicona”, ha venido a castigar la conciencia de los adultos con el látigo prepúber de la dictadura ecológica bien pensante. Aparte del climato-escepticismo por así decirlo tradicional, de una oposición a la supuesta voluntad de unos ecologistas apocalípticos de llevarnos a una Edad de Piedra vegano-bolchevique, apuntar el autismo de Greta equivale para algunos a protegerse del fantasma del Führer.

En el país de la razón de Las Luces y de la colaboración con el nazismo, el síndrome de Asperger de una activista de dieciséis años despierta el punto Godwin –ese punto en el que las discusiones terminan con la aparición de la amenaza del nazismo.

Otra Alice, de apellido Anafasenko, doctora en literatura e investigadora, miembro de la Asociación Francófona de Mujeres Autistas, respondió al desencadenamiento de odio sintetizado bajo la pluma de Onfray: “Les autistas no somos posthumanos. Desafortunadamente para nosotros, estamos en el presente, en un presente difícil y al que nos aferramos a pesar de nuestras especificidades sensoriales y neurológicas que no facilitan nuestra tarea. A pesar de la estigmatización a la que nos enfrentamos. A pesar de los prejuicios que llueven cada vez que intentamos expresarnos. Y no es porque no manifestemos nuestras emociones como ustedes, no es porque tengamos una racionalidad y afectividad diferente a la suya que no podamos pensar y pesar en los debates contemporáneos.”

Anafasenko concluye señalando que, sobre las ruinas de la French Theory, persiste un disciplinamiento conservador que siempre termina patologizando a las mujeres: “La pequeña Greta Thunberg no sólo se equivoca en ser autista, sino que también es una mujer y una adolescente, es decir, lo contrario de lo que conforma nuestro panorama político, intelectual y mediático actual. Y esto es insoportable para la mayoría de los hombres. Si tiene razón o no, no importa. Esa no es, esa ya no es, la pregunta de hoy. Porque lo que el fenómeno Greta revela básicamente es el eterno falocentrismo del pensamiento francés que las feministas ya deploraban (y Derrida con ellas) en los años setenta”.

Aquel inextirpable falocentrismo fue denunciado desde el origen del Movimiento de liberación de la mujer en mayo del 68, por su confundadora Antoinette Fouque, que teorizó “la envidia o deseo del útero” como fundamento del odio hacia las mujeres.

En la Cumbre de la Tierra organizada por las Naciones Unidas en Río de Janeiro en junio de 1992, declaró: “La primera colonización es la del útero, pero como el capitalismo se recicla constantemente, el falocentrismo busca constantemente nuevos territorios que colonizar para modernizarse y enriquecerse a la vez que sigue esclavizando y explotando el cuerpo de las mujeres.”

Si la ciencia está del lado de Greta, varios colectivos feministas también lo están. Es el caso de Femen, que ha decidido incluir la lucha contra el cambio climático en su activismo y apoya firmemente a Greta.

Jenny Wenhammar, fundadora de Femen Suecia y ex miembro del Partido Verde de su país, explica las correlaciones entre las lógicas de deslegitimación de las acciones de Femen y las de Greta: “Las declaraciones que pretenden que es usada por otros, incluyendo sus propios padres, se asemejan a la teoría de la conspiración en base a la cual Femen fue fundada y dirigida por un hombre. Porque piensan que las niñas y las mujeres no pueden tener la capacidad de hacer lo que hacen por sí mismas. Los adultos han abusado, violado y jodido a la Tierra. Lxs activistas que luchan por salvar lo que queda son asesinadxs cada semana. La Generación-Greta está aquí para cambiar este paradigma. Lxs niñxs y Greta, que salen de la cajita en la que se espera que se queden, asustan literalmente a los adultos que pretenden luchar contra el cambio climático a través de la negación.”

A medida que se refuerza su voluntad de despertar conciencias, y su prestigio, crece la construcción discursiva de la monstruosidad de un mundo secuestrado por niñes. Esto parece tener relación con el punto Godwin francés que ha despertado la figura de Greta en el ya citado Michel Onfray, entre otros: el miedo a que un “nosotres, les niñes”, adquiera en boca de la joven la potencia de un “Nosotros, los hijos de Eichmann” de Günter Anders.

El apresuramiento de algunos en sugerir que las trenzas nórdicas de Greta reeditan el bigotito germánico no es sino una anticipación y una forma de evitar pensar la destrucción del planeta como la continuidad de una lógica de producción de muerte en masa, que no empieza ni termina con Auschwitz : “Tan pronto como se nos da un empleo para que ejecutemos una de las innumerables actividades aisladas de las que se compone el proceso de producción, perdemos no sólo el interés por el mecanismo en tanto que totalidad y por sus efectos últimos, sino que, además, se nos arrebata la capacidad de crearnos una representación de todo ello. Una vez sobrepasado cierto grado máximo de mediación —y esto es la norma en la forma actual del trabajo industrial, comercial y administrativo—, renunciamos, o mejor dicho, ya no sabemos siquiera que renunciamos a lo que sería nuestra tarea: contar con una representación de lo que hacemos.” (G.A)

Ya que el poder de producción del ser humano excede completamente su capacidad de representación, de percepción de la constante repetición de una catástrofe, nos dijirimos hacia a la obsolescencia (programada) de la vida humana, animal, vegetal.

En condiciones de impunidad ilimitada, la evacuación de toda noción de responsabilidad para con la destrucción de las especies y del planeta impide que se pueda tomar una decisión entre continuidad o ruptura.

A muchxs resulta inaceptable leer entre líneas, en el discurso de una niña con Asperger, que están siendo los dignos herederos de Eichmann. Una niña que, no pudiendo renunciar a una tarea que considera como la inversión de un proceso de muerte, se destaque como capaz de percibir, y dar otra representación del mundo.

Mas allá de la posibilidad o no de una manipulación capitalista de la hiper-conciencia de Greta Thunberg, en el miedo de lxs adultxs a que “se le otorgue a la juventud la representación política que se merece”, parafraseando las palabras de Ofelia Fernández, resiste el mismo viejo negacionismo a partir del cual se sigue programando la liquidación de nuestros recursos vitales.

Sabemos que la ecología no es soluble en el capitalismo, habrá que hacerse a la idea de que la ruptura y las alternativas disidentes, quizás, también puedan surgir desde subjetividades neurodiversas que tampoco son solubles en una percepción normativa de la legitimidad política. 

Fuente: Página 12 - 2 de Agosto de 2019

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