Un espacio destinado a fomentar la investigación, la valoración, el conocimiento y la difusión de la cultura e historia de la milenaria Nación Guaraní y de los Pueblos Originarios.

Nuestras culturas originarias guardan una gran sabiduría. Ellos saben del vivir en armonía con la naturaleza y han aprendido a conocer sus secretos y utilizarlos en beneficio de todos. Algunos los ven como si fueran pasado sin comprender que sin ellos es imposible el futuro.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Las mujeres somos…


Las mujeres somos Tejedoras, nos tejemos con hombres, niñ@s, y unas con otras para proteger la tela de la vida.

Las mujeres somos Creadoras, damos a luz a nuestros niños y a los hijos de nuestros sueños.

Las mujeres somos Sanadoras conocemos los secretos del cuerpo, de la sangre y del espíritu porque son uno y el mismo.

Las mujeres somos Amantes, nos abrazamos con gozo unas a otras, a los hombres, a los niños, a los animales y árboles escuchando con nuestros corazones sus triunfos y penas. 

Las mujeres somos Alquimistas, desenterramos las raíces de la violencia, de la destrucción y la profanación de lo femenino y transformamos las heridas culturales.

Las mujeres somos las Protectoras del Alma de la Tierra, sacamos la oscuridad de su escondite y honramos los reinos invisibles.

Las mujeres somos Buceadoras, nos sumergimos en los misterios, donde nos encontramos seguras, maravilladas y plenas de nueva vida.

Las mujeres somos Cantantes, Bailarinas, Profetas y Poetas, recordamos quienes somos mientras viajamos por la vida.

Maureen Murdock


Amar - Chamalú




Atacamas – El Renacimiento


¿Quiénes eran los atacamas antes de la conquista española? ¿Cuáles eran sus particularidades y sus hábitos culturales? ¿Qué cambió en 2001, con la creación del Consejo de Pueblos Atacamas? Observamos el papel de la educación y de la música en el renacimiento de este pueblo.



Fuente: Canal Encuentro (Argentina) - Ciclo Pueblos Originarios.

Leyenda del Cerro Chaltén – Tehuelches/Aónikenk


Chaltén es el nombre con que los tehuelches denominan al también llamado Cerro Fitz Roy. En la lengua aonikenk, quiere decir montaña que echa humo, ya que los habitantes originarios, al igual que muchos de los primeros exploradores, lo suponían un volcán.

El Cerro El Chaltén “simboliza lo más preciado de las tradiciones aónikenk del pueblo Chónek.”

Creados por Kóoch (Dios), vivían en estado salvaje, luchando mano a mano con las fieras, para procurarse el sustento y abrigándose en grutas. Un niño excepcional llamado Elal, que no era de su raza, es salvado de las garras de un gigante merced a la oportuna intervención del cisne (Kóokn) quien, en vuelo sin etapas, lo traslada de la isla donde había nacido a las yermas tierras patagónicas, depositándolo en la cima de la más hermosa e imponente cumbre patagónica: Chaltén. Pasa allí tres días, alimentado y protegido solícitamente por las aves que lo habían acompañado.

Librado luego a sus propios medios, tiene que luchar con tres enemigos que le acechaban para quitarle la vida: el frío, la nieve y el viento. Se defiende del primero golpeando unos pedernales y produciendo el fuego; del segundo, fabricando el toldo (kau) con pieles de guanaco, y del tercero, utilizando la capa (kai). Inventos que transmiten a sus amigos los aónikenk, junto con el arco y la flecha para defenderse de las fieras.  El mismo protagonista, después de haber vivido mucho tiempo entre sus amigos, dándoles sabias normas de vida y de moral, fue a buscar a la hija del Sol, el lucero matinal (Kawó), conducido en forma de pajarillo por su propia madre, que se había transformado en un espléndido cisne de poderosas alas. Después de vencer tres sutiles ardides tendidos astutamente por el Sol, logró la mano de la doncella al colocarle el anillo misterioso que estaba oculto en lo más recóndito de una profunda caverna.

Allá arriba, al lado del Sol, espera a sus amigos, los aónikenk, y les ofrece caza abundante en los mundos del espacio. Como prueba de su buena voluntad, dejó impreso en el cielo el rastro del choique, choiols, la constelación Cruz del Sur, para indicarles el camino que habían de seguir. Por eso el patagónico mira con gusto el cielo estrellado. Allá están sus compañeros divirtiéndose con perpetuas cacerías, como lo demuestran esas nubes blancuzcas, las nubes de Magallanes, que es el polvo que levantan las manadas de guanacos al disparar. Y lo dice también ese gran callejón blanquecino, la Vía Láctea, por donde pasan a la carrera los cazadores, sembrándolo con las plumas de los choiques que han cazado.


Fuente: Nueva Generación del Folklore 

Encontrar tu lugar en el Circulo de la Vida


- ¿Qué necesito para estar bien? - preguntó el joven al anciano -.

- Sólo requieres encontrar tu lugar, tu centro en el Cosmos; pues cuando ello ocurre, un manantial de bienestar brotará en tu interior.

- ¿Cómo puedo lograrlo?

- Es nuestra condición natural poder hacerlo, como el nadar en el agua lo es para el pez; sólo requieres convertirte en flor, montaña, estrella, Madre Tierra. El Silencio es la metodología. La Humildad es el requisito.

Autor Desconocido.
Fuente: Mujer Nagual

Fotografia: Vietnam © Trần Thành Quyết

Resurrección


Hubo un momento
en que perdió las huellas.
Perdió todo lo que llevaba
anclado a su espalda,
los viejos paradigmas,
las formas,
las máscaras,
la vergüenza,
la culpa,
los disfraces
y la gramática.


Perdió las horas y el reloj,
el calendario y las esperas,
los anhelos y las certezas.
Perdió todo aquello que fue,
todo lo que inútilmente esperó,
todo lo que anheló y caminó
y todo lo que se quedó en el arcén.


Y así, perdiéndolo todo,
también perdió el miedo,
el miedo a los juicios
y a los feroces autojuicios,
el miedo a la muerte
y el miedo a la vida,
el miedo a perderse,
el miedo a perder...


Y desnuda de todo,
desprendida de su vieja piel,
encontró un corazón
sucediéndose a sí mismo,
retumbando cada poro de su ser,
un tambor profundo
de barro, estrellas y raíces
resonando desde dentro
con voz de anciana-niña,
que la recordaba
latido a latido,
que estaba viva,
eternamente viva,
y que era libre,
valientemente libre.


Ada Luz Márquez  (Hermana Águila)

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Enseñanzas de la Tierra



¡Sentada en silencio
al amanecer de una nueva vida
dejando atrás arcaicas estructuras
la Tierra Viva susurra sus enseñanzas!



Warani Caracciolo


La lección de Calfucurá


Por Alejandro Fontela (*)

Los archivos del cacicazgo de Salinas Grandes, el agrupamiento aborigen más importante de la región central del actual territorio argentino, fueron encontrados en forma casual por Estanislao Zeballos en 1879. Recorriendo los montes y médanos ya sin vestigios de las abandonadas tolderías de Calfucurá, Zeballos divisa una hoja de papel que sobresale de la arena. Excavando, encuentra allí un verdadero manantial de revelaciones históricas, políticas y etnográficas. Dicho en síntesis, la documentación completa, desde el punto de vista aborigen, del período histórico que va de 1830 a 1875; sin duda, el espejo que le falta a la historia oficial. Las cartas de Juan Calfucurá permitieron conocer, además de sus reclamos políticos, aspectos valiosos de su idiosincrasia: su conocimiento detallado de todas las tribus de un vasto territorio a ambos lados de la cordillera, su sentido de los vínculos familiares, sus concepciones religiosas y mágicas, y en general su cosmogonía. AL MAESTRO Espigando ese material y parte de la bibliografía que generó, me conmovió en particular un episodio.

En 1856 el maestro Francisco Larguía, que tenía a su cargo en Buenos Aires la educación de unos de los hijos del cacique, se encuentra en Salinas Grandes tratando de suscribir, subrepticiamente, las bases para un tratado de paz, según las instrucciones recibidas en la capital. La respuesta de Calfucurá, citada aquí en la versión del escritor Omar Lobos, es impresionante: “Maestro-responde el cacique-, explíqueme usted qué es la famosa Civilización que nos tiene que barrer de estas pampas por la angurria de unos pocos hombres que se van repartiendo en tajadas grandotas lo que nos van quitando a nosotros. Pero explíqueme también todas las muertes y todos los atropellos y piense que les están dejando a sus hijos una patria equivocada, empantanada en la injusticia y la mentira. Todos nosotros somos parientes, y vivimos en amistad sobre la misma ancha tierra, pero el huinca tiene la idea errada de que sólo él tiene derecho a vivir en ella. Por ignorancia o por pura mezquindad, está tratando de matar el alma de esta tierra, plantando aquí un mundo ajeno donde caben pocos. Quien sabe algún día vendrán las lluvias y nuestras desgracias retoñarán en algo que sea bueno para nuestros hijos”. El maestro Larguía, que dictaba sus clases en la escuela de Catedral al Norte, la más prestigiosa de Buenos Aires, fundada por Sarmiento y la primera de América del Sur destinada a la educación común, en la que luego estudiarían Ambrosetti, Ingenieros, Sáenz Peña y el poeta Almafuerte, debió escuchar en silencio las opiniones del cacique. Y sin muchos argumentos para oponer. Los salineros, como los ranqueles, los pampas, y en general todos los pueblos originarios, se sentían parte de la tierra. Desde que dejaron de ser cazadores y recolectores nómades y se apaisanaron, aprendiendo a sembrar, teniendo sus casas y sus corrales en un mismo lugar, mezclándose con esos médanos y esos montes, la vida para ellos “se hacía dulce y buena, se hacía sagrada. Nos ha tocado nacer dentro de esto que somos”, afirmaban en cada negociación.


LO QUE PUDO SER
Ahora bien, entre las actuales investigaciones sobre la documentación aborigen, se destaca la recopilación de Carlos Martínez Sarasola, “La argentina de los caciques”, publicada en 2012. El trabajo propone la visión del país que hubiera sido en caso de prevalecer las propuestas de integración, tanto de los aborígenes como de los “blancos” dispuestos a convivir con ellos. Por supuesto la historia fue otra. Pero plantear la hipótesis del “país que pudo ser” implica una mirada crítica hacia lo que en realidad ocurrió. Sin embargo el texto de Martínez Sarasola tiene un colofón polémico. Subraya la importancia de rescatar la palabra indígena, “máxime teniendo en cuenta el actual punto en que nos encontramos los argentinos como sociedad y como cultura, y en el cual, trabajosamente, todos nos encaminamos a vivir en un país más cercano a aquel por el cual lucharon no sólo los patriotas en la alborada de la Argentina, sino muchos de los caciques, quienes lo vislumbraron y percibieron en sus sueños”. Esta suposición me parece una expresión de deseos, pero no sé si se ajusta a la realidad. En mis oídos sigue resonando la advertencia del cacique al maestro Larguía: “dejarán a sus hijos una patria equivocada, empantanada en la injusticia y la mentira”. Es cierto que hay sectores del mundo académico y de la militancia social que promueven el reconocimiento cultural y la restitución de derechos de los pueblos originarios. Pero esa justa voluntad vindicativa encuentra poco eco en las autoridades públicas. El punto en que nos encontramos “todos los argentinos, como sociedad y cultura”, está atravesado también por la indiferencia y la mera retórica del discurso político respecto a estos temas, producto de la vacuidad de valores y la frivolidad de la dirigencia, que privilegia otros intereses, muchas veces contrapuestos a los reclamos de los pueblos autóctonos.

RECLAMO VIVO
Pese a un contexto cultural dominado por la banalidad y la desmemoria, los pueblos originarios del actual territorio argentino no se extinguieron con la “conquista del desierto”. Tras un siglo y medio de desarraigo y penurias, sus sobrevivientes existen, y pugnan por hacer cada vez más visibles reclamos. No sé si nos encaminamos a ese país por el que lucharon “los caciques y los patriotas en la alborada de la Argentina”, como afirma Martínez Sarasola. Si pienso en los valores que aquellos sostenían en cuanto al respeto a los congéneres, la comunión con la naturaleza y la sacralidad de la vida, creo que nos alejamos cada vez más. En 1873 moría Calfucurá, el venerado y temido Piedra Azul, a los 104 años, después de dominar durante más de tres décadas el mundo pampa y de haber agrupado en torno suyo la confederación aborigen más poderosa en defensa de sus tierras. Un año atrás, en marzo de l872, había tenido lugar la batalla de San Carlos, en las afueras de la actual Bolívar, el combate en que la moderna artillería y los rémington sellaron el fin de la resistencia indígena. Presintiendo una derrota irrevocable, Calfucurá dejaba una nación de veinte mil almas, tres mil guerreros y tres hijos dispuestos a sucederle. Desde entonces el despojo y el éxodo fueron el destino de esa progenie, de esos pueblos. Y el ruego del viejo cacique, pidiendo un tiempo de bonanza para sus hijos, hasta ahora ninguna lluvia lo pudo traer.

(*) Escritor. Profesor en Letras (UNLP) 
Leer más en http://www.eldia.com.ar/edis/20141213/La-leccion-Calfucura-opinion1.htm

Fuente> Diario El Dia (La Plata-Argentina) 15 de Diciembre de 2.014

LOS QUE HEMOS PISADO LA TIERRA - JASY PORA


LOS QUE HEMOS PISADO LA TIERRA,
SABEMOS COMO SE SIENTE,
ESA CONEXIÓN ENTRE LA TIERRA Y SU GENTE.
LOS QUE HEMOS PISADO LA TIERRA,
JAMAS OLVIDAMOS DE DONDE VENIMOS Y HACIA DONDE VAMOS...

Artesana en Jasy Porã

martes, 23 de diciembre de 2014

Pismanta. Lágrimas de un cacique. Leyenda Huarpe.

Se cuenta que Pismanta, el cacique más recordado por su bondad, nunca pudo aceptar la llegada al Valle de Tulum de los conquistadores. No tenía espíritu guerrero, pasaba largas horas a la orilla del río pescando para alimentar a los suyos o simplemente mirando la grandeza de la montaña, alabando a la Pachamama.

Un día los dioses le anunciaron lo que ocurriría en ésta su tierra. Sintió que esos extranjeros se quedarían para siempre y que terminarían con su raza. Su dolor fue incalculable y el valiente dio libertad a sus instintos bravíos pues no podía soportar la idea de ver su tierra y su raza pisoteada por el español.

Una y otra vez se enfrentó a los soldados castellanos cuyos pechos parecían reflejar el sol cuando venían en frente de batalla. Pero también una y otra vez vio diezmadas sus tropas y muertos a sus propios amigos.

Huarpes jugando pallana - Acrilico lienzo de Carlos Andres Isola
Luego, esos mismos soldados contra quienes luchaba, no sólo se apoderaron de la tierra sino que también lograron conquistar algunos de los suyos. Para ese entonces el cacique Angaco, se les había unido. En ese momento, Pismanta tomó la decisión que daría origen a la leyenda.

Para no seguir siendo humillado por los conquistadores, para que los usurpadores no osaran rozar su figura de Señor Huarpe y verdadero dueño de las tierras y mucho menos que menoscabaran su condición de cacique, se retiró hasta un lugar llamado Angualasto. Allí, en una cueva que casi nadie conocía, se encerró con toda su familia a esperar la muerte.

Dicen, los antiguos del lugar, que luego de unos días se escuchó un fuerte temblor acompañado de un estruendo. Una gran grieta se abrió en la roca que sellaba la caverna y por ella comenzó a fluir un hilo de agua caliente.


Narran algunos, que esas aguas que brotan son las lágrimas del cacique. Calientes porque brotan del corazón mismo de la tierra (la Pachamama) que acogió en su seno a tan ardiente defensor de su raza. Además son continuas como una queja silenciosa y constante que nos recuerda que allí quedó un valiente que prefirió dar la vida antes que traicionar a sus ideales.