lunes, 24 de mayo de 2021

El mate: El rito que sobrevive intacto desde 1816



El mate era más pequeño que el que usamos ahora y podía ser de plata, peltre, labrado o con patas.

Mientras en una megalópolis como Buenos Aires la vida cotidiana se desenvuelve a un ritmo condicionado por un medio frecuentemente hostil, en las ciudades y pueblos del interior se conservan con mucha nitidez ciertos rasgos de hace doscientos años. Se duerme la siesta, se realizan reuniones familiares prolongadas, se participa en las procesiones religiosas.
Sin embargo, hay un rito que proviene desde varios siglos atrás y sobrevive intacto en todo el territorio argentino: el mate.

El mate, elemento de construcción de identidad

En 1816 había un contexto de comarcas aisladas, con fortísimos regionalismos y el mate era uno de los pocos elementos transversales, como el poncho. Era un elemento de construcción de identidad común. Por ello, debe haber tenido un rol muy importante en esa fecha, algo bueno para investigar profundamente ya que ninguna crónica o ilustración muestra a los congresales tomando mate en las sesiones.

Presente en todas las clases sociales

Mediante los relatos de extranjeros que visitaban estas tierras se pudo reconstruir ciertos datos, como la singularidad de alcanzar a toda la sociedad (ricos, pobres blancos, negros, esclavos, aborígenes, españoles, hombres, mujeres jóvenes y viejos) y que se compartiera entre esclavo y patrón, o soldado raso y General.

El mate siempre tuvo esa cualidad de atravesar fronteras y estratos sociales. Y por supuesto que la clase alta tomaba mate, y de la forma más refinada que se haya tomado: no solamente era yerba y agua, sino lo consumían con leche, crema, canela o clavo de olor. Ellos llevaron al mate a un desarrollo gastronómico mayor que el que tiene ahora.

La familias ricas mandaban a labrar sus mates a Potosí, con la plata de ahí. Cuanto más ostentoso, elaborado y barroco fuera, más refinado se lo consideraba. También tenían la figura de la cebadora, que se ubicaba en las salas de las casas. En aquel entonces el mate se ofrecía como hoy se ofrece un té o un café.

Utensillos para el mate y las visitas

Había utensilios para mate dulce y otros para mate amargo, y como no había pava se usaba un caldero o una jarra de fabricación extranjera; mientras que en las salvillas (bandejita ubicada en el pie del mate) se acostumbraba poner una flor si llegaba de visita una mujer distinguida o un bizcocho para un hombre.

Unos años después, Tomás Hoog, escribiría en sus cartas a Inglaterra, sus peculiares impresiones acerca del uso del mate. Afirmaba que: «Una curiosidad propia de este país, es el té paraguayo que se bebe chupándolo por medio de un cañito de metal, de unas ocho pulgadas de largo: el líquido se pone en tazas de madera o en unas calabazas ahuecadas abiertas, de un diámetro no mucho mayor de una libra. La gente pudiente considera elegante adornar estas tazas con plata y oro, y, colocarles tres pies del mismo metal, he visto unas muy bonitas y artísticas. Es costumbre tomar esta bebida caliente, como el té, cuatro veces diarias: a la mañana, al mediodía, por la tarde y a la noche; pero la mayoría de las clases altas, solo toman chocolate por la mañana. Un solo recipiente se utiliza para todos los contertulios, es decir, es chupado por todas las bocas, inclusive la de los esclavos que se encargan de hacerlo. En muchas casas toman ese té, el cual se ha convertido en un vicio, como el de fumar, y al que se le atribuye tender a la obesidad.»

Tantos años, tanta historia… y el mate siempre presente. 

Fuente: yerbamateargentina

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