sábado, 23 de diciembre de 2017

La misión del último hablante chaná




Cómo se recuperó una lengua originaria de América gracias al encuentro entre un jubilado y un lingüista.


Blas Wilfredo Omar Jaime nació en El Pueblito, cerca de la ciudad de Nogoyá, Entre Ríos, en 1934. Cuando tenía 12 años su mamá le empezó a enseñar la lengua de sus antepasados: el chaná. Aunque no terminó la escuela primaria, Blas estudió el idioma rigurosamente hasta los 25 años. A fines de 2004, ya jubilado y con 70 años, quiso dar con otros hablantes del chaná en Entre Ríos pero se dio cuenta de que él era el último. Unos meses más tarde, el investigador de Conicet y lingüista Pedro Viegas Barros recibió cintas con las grabaciones de la voz de Blas. En cuanto pudo, viajó a visitarlo y corroboró que Blas, efectivamente, hablaba el chaná, una lengua que se consideraba extinta desde hacía 200 años.

En diálogo con PáginaI12, don Blas y Viegas Barros recordaron cómo salvaron el chaná, una de las 15 lenguas nativas que aún se hablan en Argentina, y que en 2013 fue plasmada en el libro y diccionario, “La lengua chaná, patrimonio cultural de Entre Ríos”, publicado por el Ministerio de Cultura y Comunicación de la provincia. La historia de don Blas, además, derivó en la realización de “Lantéc chaná”, un documental de Marina Zeising, estrenado el año pasado en Paraná y en agosto de este año en el porteño cine Gaumont.

“Yo no tenía la menor idea de cuántos hablantes de chaná había, pero pensaba que éramos muchos, por eso cuando me jubilé empecé a buscarlos. Busqué un tiempo y no encontré a nadie. Después fui a la radio de un amigo para que difundiera la búsqueda. Siguió sin aparecer nadie”, contó don Blas. “Sentí una gran decepción y tristeza. Me sentí muy solo; me arrepentí de haber callado tanto tiempo”. Como último hablante, Blas tenía un tesoro ancestral, y, sin embargo, se enfrentó a un dilema de la tradición chaná: en esa cultura las mujeres son las únicas que pueden transmitir la lengua; pero si él no quebraba la regla, el chaná desaparecería.

“Mis maestras fueron mi madre, mi abuela y mi bisabuela; ellas me enseñaron la lengua chaná. Mi mamá se decidió a enseñarme porque no tenía hijas mujeres. Desde los 12 años hasta cerca de los 25 me dio clases. Las tomé con gusto y era muy estudioso, a pesar de que no terminé la escuela. Éste era otro tipo de conocimiento; un conocimiento más puro, más directo, de siglos de transmisión oral”, aseguró Blas.

Otras cosas de la cultura, consideradas parte de la vida de los hombres, se las enseñó, recuerda, “un indio en el monte”. “Yo vivía en la ciudad, pero desde joven empecé a ir al monte. Este hombre era un viejo que nunca se había calzado. Me enseñó a preparar trampas, como por ejemplo atar víboras atrás de la canoa. Y me enseñó también a escuchar el silencio, los sonidos del monte; la cultura chaná era una cultura del silencio”, recordó.

Pedro Viegas Barros, lingüista especializado en lenguas originarias de América Latina, se enteró de la búsqueda de don Blas mediante una nota publicada por un diario entrerriano. Inmediatamente después de leerla se comunicó con el diario para contactar al redactor. “Cuando me atendió el periodista me dijo: ‘yo hace más de 20 años que soy periodista; hablé con muchos políticos, empresarios, sindicalistas, me doy cuenta cuando una persona me quiere engañar. En el caso de este señor me parece absolutamente verídico lo que dice’. Tuvo la gentileza, además, de mandarme las cintas grabadas de la entrevista con Blas. En la primera oportunidad que tuve lo fui a visitar a Paraná”, contó Viegas Barros.

La tarea del lingüista, cara a cara con Blas, era corroborar si realmente se trataba de una lengua originaria y no un dialecto, una deformación de otro idioma, o sencillamente un invento. “Las cuestiones que se presentan con las lenguas obsolescentes es cómo validar el material. En este caso, es un caso único en Sudamérica y no se si en el mundo, de una lengua que se mantuvo en secreto durante dos siglos”, explicó Viegas Barros. Desde el primer encuentro, según el investigador de Conicet, para un experto queda claro si en verdad se trata de una lengua: “Los lingüistas en media hora se dan cuenta si la persona lo está engañando porque el que inventa algo, por las razones que fuera, comienza con mucha seguridad y después empieza a trastabillar; no recuerda lo que dijo hace 15 minutos y ya a la media hora es incapaz de seguir”.

Blas Jaime junto al lingüista Pedro Viegas Barros.

Como siguiente paso de verificación luego de la entrevista, el lingüista buscó documentos que coincidieran con los relatos de Blas. El último registro que existía del chaná era un cuaderno del sacerdote Dámaso Antonio Larrañaga, del año 1815. “Larrañaga era bastante inteligente. Tenía curiosidad por muchos temas; desde las historia política de su época hasta las ciencias naturales, y también hizo observaciones etnológicas sobre los minuanes. En un viaje en el que José Artigas lo había mandado a Paisandú, Larrañaga pasó por Soriano y visitó la iglesia. Habló con el cura de ahí, que le presentó a tres viejos chaná y escribió dos cuadernos, uno de los cuales se perdió, que tenía las frases más comunes de la lengua”, relató Viegas Barros. De todas formas, el cuaderno que sí se conservó contenía unas 70 palabras en chaná, que le sirvieron para comparar con lo que había hablado con Blas. El lingüista quedó sorprendido de la precisión del cura jesuita para distinguir fonemas particulares, sin tener una formación específica en el tema: “distinguió sonidos que no existían en castellano ni en guaraní; distinguió dos sonidos tipo ‘k’ y uno lo escribió con un diacrítico; dos sonidos tipo ‘j’, también distintos, uno como la hache inglesa; consonantes silábicas. Él conocía el francés, el inglés, el italiano, el latín, el griego. Era una especie de renacentista. Además le escribía los discursos a Artigas y fue el primer director de la Biblioteca Nacional de Montevideo”.

Los otros métodos que utilizó Viegas Barros para la validación fueron la comparación con “las lenguas emparentadas, que son el charrúa y el genoa, pequeños vocabularios de 40 palabras cada uno”, y “el análisis interno de los datos”. “Una lengua que tiene morfología difícilmente pueda ser algo inventado por alguien que no tiene la menor idea de las estructuras lingüísticas. El estudio de los préstamos del guaraní y del castellano, que siguen pautas de correspondencia fonológicas regulares y la coherencia, con lo esperable en un estado de obsolescencia”, apuntó el lingüista.

Las enseñanzas de don Blas
En base al trabajo que hicieron en conjunto, Blas y Viegas Barros escribieron el libro “La Lengua Chaná, patrimonio cultural de Entre Ríos”, que cuenta la historia y las características de la cultura chaná. El libro explica el criterio de validación de la lengua, incluye un diccionario chaná-español, describe la fonología, la escritura y la gramática de la lengua, y contiene textos, cantos, oraciones y leyendas chanás en ambos idiomas.

Desde que se descubrió que era el último hablante, don Blas se encarga de enseñar su cultura a quienes estén interesados en aprenderla, y hace unos años la provincia lo contrata para dar un curso de lengua y cultura chaná en el Museo Antonio Serrano de Paraná. “Si le quiero transmitir la cultura chaná a alguien, lo primero que les digo es que las mujeres deben ser las encargadas de enseñar la lengua. Lo mio es una excepción porque sino la lengua moría”, remarcó don Blas. Para que la costumbre vuelva a su cauce, le enseña la lengua a su hija: “ella es la nueva adá oyé nden (mujer encargada de transmitir la lengua y la cultura chaná o “guarda-memoria”). Yo fui el primer hombre ‘guarda-memoria’; tenía una misión que cumplir y ahora todo tiene que volver a la normalidad”.

Viegas Barros aseguró que no conoce otro caso de una cultura en la que las mujeres sean las encargadas de transmitir la lengua. Lo que sí ocurre usualmente, según el lingüista, es que en muchas oportunidades “las mujeres hablan mejor las lenguas indígenas porque por lo general se quedan más tiempo en la casa, si los hombres son los que salen a trabajar”.

“Como es un estigma muchas veces ser indio, mantener la lengua también lo es, al igual que tener una pronunciación que lo delate. Por eso los varones intentan ocultarla desde chicos, mientras que las mujeres que no están tan expuestas a eso mantienen mejor la lengua”, explicó luego.

Blas se encontró con una resistencia similar a la que describió Viegas Barros cuando intentó por primera vez enseñarle el chaná a su hija: “Ella de chica no quería ser india porque antes los indios eran víctimas de burla. Ahora todo cambió y hay mucha gente que quiere ser indio; les enseño, por ejemplo, a unos hombres que viven en Tigre, sobre el río, y en Santa Fe hay gente que también está aprendiendo”.

Por Juan Funes para Página/12

Publicado el 3 de Octubre de 2.017



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