miércoles, 25 de mayo de 2016

El Mayo de nuestros paisanos los indios


Escribe: Carlos Martinez Sarasola

Más allá de las reflexiones que podamos hacer sobre la “Revolución de Mayo” es indudable que ese crucial momento histórico también tuvo muchas implicancias para nuestros pueblos originarios

Lo que nuestra historiografía ha dado en llamar la Revolución de Mayo, fue el momento previo a la Independencia definitiva de la Corona española. El modelo de país no estaba aún resuelto, a al menos aquel modelo que casi un siglo después se impondría, con la “generación del ochenta” como ideóloga, sellando entre otras cuestiones la suerte de las comunidades indígenas de las llanuras que aún permanecían libres.

Fue un momento de transición en que todo pudo ser posible. Tal vez por eso acaecieron una serie de sucesos en donde los indígenas fueron activos protagonistas. Es que la Revolución no ocurrió exclusivamente en aquellas jornadas de 1810. Antes y especialmente después de esa fecha la ola de transformaciones continuó: los últimos enfrentamientos contra el español; la culminación del proceso independentista en estas tierras y el resto del continente; las luchas intestinas. La Revolución fue también el proceso de una sociedad colonial que se desprendió de su antiguo dominador, comenzando a construir su nueva y definitiva identidad.

También es la época de la irrupción en la escena social de otros grupos étnicos marginados como los afrodescendientes y los gauchos, que pugnan en el primer caso, por su liberación como personas y en el segundo, por el sostenimiento de sus valores y formas de vida tradicionales, aprovechando cierto espacio abierto después de su histórico sometimiento. En otras palabras: el movimiento de Mayo tuvo consecuencias para los pueblos indígenas y algunos de los hechos que en aquella etapa sucedieron sugieren la posibilidad de un camino diferente al que más tarde finalmente sucedió.

Los "pampas" contra "los colorados": un acontecimiento en las vísperas
Cuatro años antes de 1810, el imperio inglés intentó hacer pie en esta parte del mundo. Mil quinientos soldados desembarcaron en Quilmes y emprendieron la marcha hacia Buenos Aires con el objetivo de tomarla. No sabían que estaban siendo vigilados por decenas de escrutadores ojos. Grupos de tehuelches y "pampas" debidamente ocultos vigilaron los movimientos de los recién desembarcados y los siguieron a distancia, hasta que pudieron confirmar sus intenciones. Las casacas de los invasores brillaban al sol. Fue así que los llamaron "los Colorados".

Los ingleses tomaron rápidamente a Buenos Aires, pero no lograron consolidar la posición y tan solo dos meses después la población local desalojó a los atacantes. El Cabildo, convertido en el nuevo centro del poder desde la huida del virrey, sesionaba continuamente. Y fue esta institución la que mantuvo durante todo el período de la ocupación inglesa una singular relación con los indios de la actual provincia de Buenos Aires, que ofrecieron su apoyo a la gente de la ciudad. Las Actas de esos años asi lo atestiguan.

Poco después sobrevino un segundo y más poderoso desembarco inglés, que también fue rechazado, siempre con el ofrecimiento de los indígenas de aliarse a los defensores de la ciudad. Las comunidades originarias intentaron participar en la batalla contra los invasores, aunque los temores, la distancia cultural, la desconfianza y quizás el desprecio por los hijos de la tierra pudieron más. Es probable que incluso la idea misma de tener a centenares de guerreros indígenas dando vueltas a caballo por Buenos Aires, hizo optar a los cabildantes por la no aceptación de los ofrecimientos.

Lo cierto es que la posibilidad de contar con ese apoyo existió. No tantos años después, esta situación hubiera sido impensable, enfrascado el país naciente en una guerra abierta contra los pueblos de las llanuras e incapaz de pensar en las posibles vías de integración con ellos. Este instante de las vísperas dejó asi un mensaje: indios, criollos y afrodescendientes estuvieron juntos frente a un agresor común. Una ráfaga de la historia los encontraba del mismo lado.

La fiebre indigenista
En los años inmediatamente posteriores a la Revolución de 1810, se sucedieron un conjunto de decretos, leyes, oficios y disposiciones varias dirigidas a tratar de reparar la situación integral de las comunidades indígenas. Se procuraba borrar la imagen dejada por la conquista hispánica y atraer al mismo tiempo a esos pueblos a la causa revolucionaria.

Los antecedentes de la participación indígena durante las invasiones inglesas; el "servicio militar" que cumplían algunos indios de la ciudad en los cuerpos de "pardos y mulatos" y la proximidad efectiva y pacífica de muchos grupos aborígenes en la periferia de la ciudad alentaron la idea de un interés común entre ambas partes, más aun teniendo en cuenta la nueva situación creada de una virtual independencia del poder español.

En la petición del 25 de Mayo que llevaba más de cien firmas y por la cual se constituyó el Primer Gobierno Patrio figuran dos caciques. Poco después, el 8 de junio la Junta convocó a los oficiales indígenas que estaban desde hacía tiempo incorporados a los cuerpos de pardos y mulatos. Reunidos ante el secretario Mariano Moreno escucharon la Orden del Día, que disponía su igualdad jurídica, sumándolos a los regimientos de criollos, sin diferencia alguna y con igual opción a los ascensos. Esta disposición se hizo extensiva después al resto de las provincias.

Moreno fue un personaje clave en estos primeros momentos del proceso revolucionario. Había obtenido su doctorado en Chuquisaca, con una tesis sobre el servicio personal de los indios en el que hacía una vigorosa denuncia de los maltratos de que eran objeto las poblaciones originarias. Seguía los pasos del fiscal de la Audiencia de Charcas, Victorián de Villava, un defensor de los derechos de los pueblos indígenas, y se encontraba influenciado también por las ideologías emancipadoras, como la rebelión de Tupac Amaru, una insurrección que poco antes había marcado a fuego la historia de la resistencia indígena en América.


Otro personaje trascendente de esta etapa fue Manuel Belgrano quién tuvo la tarea de legislar para las comunidades guaraníes que pertenecían al régimen jesuita, estableciendo que sus habitantes eran libres e iguales "a los que hemos tenido la gloria de nacer en el suelo de América", al mismo tiempo que los habilitaba para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos. En 1811 una nueva orden de la Primera Junta dispone que cada intendencia designe representantes indígenas.

Conmemorando el primer aniversario de la Revolución, Juan José Castelli, quién participaba junto a Moreno y Belgrano de un pensamiento político de avanzada, tributa un homenaje a los incas en el centro sagrado de Tiwanaku, Bolivia, proclamando la unión fraternal con los indios.

Por esos días, Feliciano Chiclana, presidente del Triunvirato recibió al cacique general tehuelche Quintelau y a sus numerosos acompañantes. En la oportunidad Chiclana pronunció un discurso en el que puso de manifiesto la unidad con los indígenas, elogiándolos y considerándolos "amigos, compatriotas y hermanos", aludiendo a la necesidad de constituir con ellos una solo familia.

Una medida fundamental de esa época fue la supresión del tributo, "signo de la Conquista" y símbolo del sometimiento indígena. Con fecha 1 de septiembre de 1811 la Junta sancionó el famoso decreto, en el que se definió a los indígenas "estos nuestros hermanos, que son ciertamente los hijos primogénitos de América" El decreto de extinción del tributo fue sancionado por la Asamblea General del año 1813 que además procede a la abolición de la mita, la encomienda, el yanaconazgo y todo servicio personal, declarando que los indígenas son hombres libres e iguales a todos los demás ciudadanos. Se ordenó además que el documento se publicara y se traduzca "al efecto fielmente en los idiomas guaraní, quechua y aymará para la común inteligencia".

Salinas Grandes y la expedición del coronel García
Hacia 1770 los virreyes habían tomado conocimiento de la existencia del rico yacimiento de Salinas Grandes (actual provincia de La Pampa) y organizaron desde entonces expediciones anuales, para lo cual debían solicitar de los caciques el permiso para ingresar a sus territorios.

El gobierno revolucionario de 1810 no desconoció la importancia de las Salinas y con el fin de incentivar su explotación, encomendó al coronel Pedro García la preparación de una expedición de reconocimiento. También tenía como objetivo el buscar aliados entre los indígenas que permitieran al nuevo gobierno tranquilizar la frontera y fomentar su poblamiento. García no imaginaba por entonces que con esa misión iniciaría un camino personal sembrado por numerosos encuentros con las comunidades indígenas, que lo llevaría a convertirse para muchos caciques en uno de los pocos interlocutores válidos entre los "cristianos". Era español de nacimiento, pero se había formado en América luchando contra los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807 para luego continuar actuando en las filas de la Revolución.

La expedición de García abrió el camino a las posteriores medidas del gobierno vinculadas con la exportación de carnes saladas, y también introdujo en el territorio indígena una profunda cuña de penetración, sustentada en ese entonces por algunos de sus protagonistas en el diálogo, pero utilizada más tarde por otros para la guerra contra los pueblos de las pampas.

La construcción de una sociedad “con” los pueblos indígenas
La tendencia de aquellos momentos históricos fue más que interesante, más allá de que toda esta "fiebre indigenista" constituyó no pocas veces una "declaración de principios". Muchos de los ideólogos de la Revolución señalaron un camino, una posibilidad cierta de construir una sociedad en la cual las diferencias fueran respetadas.

Si bien es cierto que estas políticas estaban dirigidas fundamentalmente hacia aquellas comunidades ya incorporadas y/o sometidas, o hacia las que como las del Alto Perú, todavía prestaban servicios a los españoles, los patriotas nunca descartaron intensificar el vínculo amistoso con los “rebeldes” tehuelches, mapuches, ranküllche y guaikurúes. Estos no encajaban del todo en los planes del proceso revolucionario, y hacían que las fronteras de Chaco, Pampa y Patagonia siguieran inestables y peligrosas con la inquietante presencia de los "territorios libres indígenas" en Tierra Adentro.

Varias experiencias de la época nos hablan de esos intentos de acercamiento. Fue lo que sucedió con San Martin en Cuyo mientras preparaba el Ejército de los Andes. Su política y hechos concretos dejaron bien en claro sus aspiraciones de construir un país que incluyera a los indígenas, de los que se sintió un hermano cuando los llamó con su ya célebre “nuestros paisanos los indios". Muchos de aquellos patriotas impulsaron en 1816 los principales contenidos de las proclamas de la Independencia y a instancias de algunos las Actas fueron traducidas a las lenguas quichua, aymará y guaraní, para ser posteriormente distribuidas en las comunidades indígenas.

En esta línea de acción podríamos sumar los nombres de Dorrego, Artigas, Güemes o al mismo Rosas de la mayor parte de su actuación política, por mencionar sólo algunos de los revolucionarios que insistimos, pensaron una Argentina con los pueblos originarios.

Este singular tiempo y espacio del "Mayo indígena" fue el que confluyó con otro tiempo y espacio: el de la frontera, que por entonces desvelaba a unos y otros: los dos ámbitos fueron de transición, abiertos a distintas posibilidades; con varios caminos posibles por delante. Y esas arenas de las confluencias fueron desandadas no solo por aquellos patriotas sino también por los propios pueblos originarios, que sin renunciar a sus identidades y sus tradiciones, casi siempre apostaron a participar de la nueva sociedad en gestación. Una sociedad que imaginaron juntos, cuando la Argentina aún no era un país.

Por: ElOrejiverde

Fuentes:
 -Martínez Sarasola, Carlos. 2013 [1992] Nuestros Paisanos los Indios. Vida, historia y destino de las comunidades indígenas en la Argentina. Del Nuevo Extremo, Bs As


-2006. El Mayo Indígena. En: ¡Libertad, Muera el Tirano !. El camino a la independencia en América.; pp 51-69. Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Bs As
Publicado el 23 de Mayo de 2.016

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