jueves, 16 de abril de 2015

Los Guacamayos difrazados – Leyenda Cañaris


Las ancianas cañaris cuentan de qué manera dos hermanos se salvaron de ahogarse durante un gran diluvio. 

Por estas tierras cañaris hay un altísimo cerro llamado Fasayñan que cuando las lluvias causan inundaciones, sus cumbres se elevan dando estirones hacia el cielo, de manera que parece una isla que nunca se sumerge.  Cuando el gran diluvio desbordó los mares y ríos, no quedaron más que dos supervivientes, dos hermanos, varones. Sus nombres se olvidaron, pero podemos llamarlos Chonta y Pila. 

Cuando vieron que el mar comenzaba a cubrir la tierra, Chonta el hermano mayor tomó de la mano a Pila y corrieron hacia la cumbre salvadora que los libró de ahogarse. Toda la montaña temblaba con cada estirón  y los hermanos tuvieron que quedarse agarrados a las raíces y a las rocas para no rodar hasta los abismos. 

Al cabo de unos días, las lluvias cesaron, Chonta y Pila se asomaron a mirar los valles y vieron que todo estaba cubierto de agua. No podían bajar al lugar donde estuvo su cabaña; recorrieron la cumbre y encontraron una caverna en la que se refugiaron. Salieron a buscar algo que comer, pero sólo hallaron unas hierbas duras y raíces. 

-¡Ay! -lloró Pila-, ¡me duelen las tripas de hambre!.

-A mí me gustaría tener una cabeza de plátanos y un ananá jugoso -suspiró Chonta. 

Corrían entre las rocas levantando piedras para hallar algún bicho, pero en la noche estaban tan hambrientos como al alba. 

Una tarde, al caer el sol, llegaron a la caverna sin aliento ya para seguir viviendo. 

Entonces vieron sobre la piedra donde machacaban las raíces un mantel de hojas frescas y sobre ellas, frutas, carnes, mazorcas de maíz y todo lo que habían soñado comer durante tantos días. 

— ¡Mira!, ¿quién habrá traído esta  comida? -gritó Pila. 

— No lo sé -contestó Chonta. Y se abalanzó sobre los manjares sin hacer preguntas. 


Pila hizo lo mismo y cuando estuvieron satisfechos se pusieron a dormir. 

En sueños oyeron gritos y risas de los guacamayos, esos grandes loros que habitan en las oscuras selvas de los valles. 

Los misteriosos seres continuaron llevándoles comida día a día. Nunca alcanzaban a verlos; acudían sólo cuando los hermanos dormían o se alejaban de la caverna. 

Sintieron una gran curiosidad de saber quiénes eran los que con tanta generosidad los alimentaban; la curiosidad fue creciendo.

— Escondámonos cerca, entre las rocas -sugirió Chonta. 

— Así sabremos quiénes son -dijo Pila. 

Antes del amanecer ambos se escondieron junto a la caverna. Estaban nerviosos e impacientes. Pasaron las horas, de pronto, algo que sobresaltó a Pila y a Chonta tembló en el aire como un arco iris. Al poco rato oyeron un fuerte aleteo y sonoros gritos. Se asomaron con cuidado y vieron unos grandes guacamayos los mismos que habitaban en las selvas, cerca de su antigua cabaña. 

Sin embargo, su aspecto era diferente, sus plumas de radiantes colores no relucían. 

Entonces descubrieron con asombro que eran dos hermosísimas guacamayas con rostro de mujer.

A las guacamayas no les gustó tampoco haber sido descubiertas. Con las plumas erizadas y los ojos chispeantes volaron lejos, llevándose la comida. 

Al ver que las guacamayas no regresaban y que luego pasaron los días sin que les trajeran alimentos, comprendieron su imprudencia y su ingratitud. 

Al cabo de un tiempo las guacamayas volvieron a la rutina habitual y trajeron nuevamente comida a los hermanos.

Todas las tardes se asomaban a los abismos para ver si el agua bajaba en los valles; y así comprobaron que lentamente volvían a formarse los ríos, las lagunas y los mares; la tierra se secaba y surgían las selvas.  
Un día Pila y Chonta decidieron regresar al lugar donde estuvo su cabaña, pero no querían perder a los loros, no sólo porque los habían alimentado, sino porque eran unos pájaros muy bellos. 

— Guardemos uno para nosotros -resolvió Pila, convertido ya en un muchacho.

Cuando los guacamayos vinieron como siempre, con los alimentos, entre los dos hermanos apresaron a uno de ellos y le recortaron las alas para que no pudiera volar. 

— Perdónanos por hacerte esto, amigo, pero no queremos perderte al bajar al valle -le explicaron. 
Lo llevaron consigo montaña abajo, amarrado de una pata. 
Pero estas aves nunca abandonan a uno de los suyos, así que toda la bandada siguió a los muchachos hasta el sitio donde antes vivieran. 
En el valle los guacamayos se transformaron en seres humanos, en muchachas y muchachos alegres y hermosos: sus ojos brillaban y sus cabelleras tenían reflejos multicolores. 

Pasó el tiempo. Pila y Chonta se casaron con aquellos seres de extraña belleza, llenos de buena voluntad. Según la leyenda, este es el origen de una raza indígena ecuatoriana. 

Las abuelas de las tribus concluyen así la historia: 
 «Aquellos loros misteriosos fueron dioses de las antiguas selvas y sus virtudes y poderes benéficos se transmitieron a sus descendientes». 

Fuente: Blog de Pachamama

Los Cañaris (en kichwa: Kañari) eran los antiguos pobladores del territorio de las provincias de Azuay y de Cañar en el territorio del Ecuador, aunque también se han encontrado pruebas de la presencia de esta etnia en otras provincias como Chimborazo, El Oro, Loja y Morona Santiago.
Por la presencia de la cerámica se puede afirmar que durante el período de Desarrollo Regional (500 a. C.-500) las migraciones o intercambios étnicos continúan, antecedentes de Tacalshapa cañari, mientras en el norte del Ecuador florecía la cultura Tuncahuán. En el último período de la Prehistoria ecuatoriana, el de Integración (500-1534) con sus dos fases conocidas como Cashaloma y Tacalshapa, los movimientos migratorios entre norte y sur se reducen y los Cañaris ingresan en una intensa actividad comercial especialmente con la costa, aunque también sus diferentes pueblos se enfrascan en continúas guerras por la búsqueda de un poder hegemónico.


Fuente: Wikipedia, la enciclopedia libre.

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